miércoles, octubre 14, 2015

de charcos y ladozales


Sí, es cierto: parece que les gusta meterse en los charcos sucios sin necesidad. Charcos estériles de los que poco puede sacarse, salvo mancharse los zapatos para ser blanco de burlas. Las barbacolas. Los cristitos. Los ninfos. Las facturas chungas. Los twits genocidas... Por ingenuidad, por narcisismo o por exceso de pasión. Por lo que sea, pero lo cierto es que les gusta meterse en charcos. Como cuando éramos peques. Aunque ya, me temo, no somos peques.
Pero eso es una cosa (lo de los charcos, digo) y otra muy distinta son las arenas movedizas. Porque por el lodazal de la putrefacción y la mala baba se arrastra otra gente más peligrosa y perversa, y hablo del Partido Popular. Los que chapotean en el barro con sarna, con odio, con inquina. Poner contra las cuerdas al alcalde para que entregue no sé qué pomposo premio a no sé qué opositor venezolano (premio que él nunca concedió) y, sobre todo, usar cicateramente al mismísimo Ministerio de Hacienda para castigar al actual equipo de gobierno por los desmanes económicos que cometió el anterior es un juego tan sucio y tan ruín que hasta sorprende en un partido por naturaleza sucio y ruín. No sé si realmente nos estamos dando cuenta de la mezquina maniobra con la que estos fariseos están arrojando a la ciudad bajo los cascos de los caballos. Purita ruindad. Purita traición. Purita infamia.
Todas la críticas que podamos hacer a las chicas y chicos del Kichi Park, todos los charcos en que su candidez, su soberbia o su torpeza puedan meternos, son insignificantes comparados con la vileza con que estos inmorales tahúres se están vengando ahora de la ciudad.