domingo, marzo 15, 2015

comentario de texto (14)


Y vamos con otra reflexión más sobre el repertorio de Los Borregos, en esta ocasión sobre la letra de la cuarteta inédita del cuarto personaje de la granja (tras el perro-policía, el pastor-político o el matarife-banquero) que no desfiló por el escenario durante el popurrí, en esta ocasión, en torno a la figura del veterinario-sacerdote, que decía lo siguiente:

Arrodillarse, por dios,
que viene el veterinario
con su matelín llenito
de cruces y escapularios.
Antibióticos del alma,
hormonas de crecimiento ,
y un clembuterol muy antiguo
que sabemos que es un cuento.
Él regula nuestros miedos,
Él engorda nuestra fe
y nos seda y nos vacuna
pa que obedezcamos bien.
Él nos inyecta el sedante
de otro prado celestial
cuando el camión de la muerte
nos lleva a sacrificar.
¿Tú qué sabes de nosotros,
tu qué sabes de lo nuestro?
¡Si en la vida que vivimos
no hacen falta sacramentos!
Déjame de medicinas
que mi corazón no es tierno,
porque yo ya he conocido, maldito,
¡el infierno!

Pero me gustaría que este texto nos sirva hoy, sobre todo, para plantear una reflexión sobre el compromiso social en las letras de carnaval. Bien saben ustedes que servidor gusta de las letras con contenido crítico y que afronten las cuestiones políticas y sociales que nos rodean, y ese ha sido siempre un punto innegociable para mí como autor. Es cierto que, hoy por hoy, una posición "neutral" es imposible de sostener, en el arte (incluido el carnaval) y en la vida. La no-acción (o la no-crítica) es una forma perfecta de contribuición al sostenimiento y perpetuación del orden injusto de las cosas tanto como la acción (o la crítica) lo es para la posibilidad de transformación. No tomar partido es ya una manera de tomar partido, aunque sea por que nada cambie. Así que no es posible, aunque se desee, una postura "blanca" o "inmune" a lo social. Nadie puede pasar con impunidad o neutralidad por un foro con tanta repercursión (especialmente entre la gente joven) como es el escenario del Teatro Falla y no querer decir nada (por los motivos que sean, desde el narcisismo ególatra hasta el miedo a perder puntos o a jugártela).
A mí como aficionado no me interesan mucho (o nada) los "repertorios blancos", y me suelen aburrir y desencantar, aunque a veces, lo que viene a ser casi peor, se disfracen con pseudo-crítica, que a mí esos trucos ya no me los cuelan (como ha ocurrido con algunos repertorios, por ejemplo, este año y además con un exagerado éxito de público y crítica). La responsabilidad cívica de un autor de carnaval (y máxime de una agrupación que sea seguida masivamente) escapa a su propia voluntad de neutralidad, imparcialidad o abstención. Y todo eso lo explico por no invocar directamente a la larguísima tradición contestataria que las coplas de carnaval gaditano y la propia fiesta por esencia antropológica, es decir, por su origen, sentido y vocación subversiva.
Sin embargo, he observado con preocupación a una buena parte de la afición que sólo valora y celebra una copla en la medida en que exclusivamente se compromete, realiza críticas descarnadas o plantea conflictos sociales o políticos, desechando todas las otras letras que se salgan de esa dimensión crítica, ideológica o cuestionadora. Y me temo que eso, sinceramente, es otro gran error. La finalidad principal de una copla de carnaval no es la política, sino la estética. Es cierto que algunos repertorios son tan inofensivos, tan correctitos y tan blanquitos que rayan lo vacuo, lo ridículo o, lo que es peor, lo obsceno... pero hacer que el discurso político sea la exclusiva columna vertebral de un repertorio produce a menudo un efecto desnaturalizador de las coplas que acaba siendo refractado de forma intuitiva por el público. Como siempre, en el justo equilibrio está la clave de todo.
Hablaba de esto precisamente el otro día con un gran amigo y compañero carnavalero, Miguel Brun, en torno al repertorio de nuestra chirigota ilegal, "La escopeta nacional", que como ustedes saben (o no), se caracteriza por un fuerte componente critico y satírico. Hay una linea peligrosa y resbaladiza, que, pensábamos, la chirigota equilibraba bien, separando lo crítico de lo panfletario y la copla con contenido social, del discurso puramente político. Y traspasar esa línea es siempre un paso peligroso. Ocurre en carnaval y ocurre con el arte en general. He leído estos días a Victor Lenore en su libro "Crónica de una dominación cultural (indies, hipster y gafapastas)" la siguiente cita:

"Cuando se escriben canciones, películas o novelas como instrumento político, suelen salir panfletos infumables que no son buenos ni para el arte ni para la política".

Me pregunto hoy sinceramente cuántos centímetros de más con respecto a esa línea roja ha cruzado (o no) el repertorio de Los Borregos. Y, por supuesto, hay que decirlo claro y alto: larga vida a las coplas con contenido, con crítica y con compromiso... pero larga vida también a la alegría, al costumbrismo, a la emoción o, por supuesto, al piropo. La aleación equilibrada entre todos esos factores es, lo sabemos, la que marca la solidez y la riqueza de un buen repertorio. Centrar el valor de este arte exclusivamente en el factor político, por defecto o por exceso, no es una fórmula ni justa ni eficaz.
Es algo que los autores de carnaval nunca deberíamos olvidar. No, al menos, yo.