sábado, febrero 07, 2015

comentario de texto (10)

Continuamos con los "Comentarios de texto" en torno a Los Borregos, esta vez sobre el repertorio que trajimos en la fase de cuartos. Desde entonces a hoy he estado pensando un buen rato sobre las letras que presentamos, especialmente sobre los dos pasodobles que, supongo, habrán oído. En ambos casos, la fría (¿gélida?) recepción que el público hizo de las letras es, creo, interesante materia de reflexión. Porque esa frialdad no fue sólo achacable a la hora o la larguísima sesión (que un poco también), ni a cómo cantó el grupo, que lo hizo mucho mejor que en el estreno, sino principalmente al error de cálculo mío que ahora me apetece compartirles por si para algún aprendizaje a alguien (además de a servidor) pueda servir.
Este año, en general, la manera en que he afrontado la escritura de los pasodobles ha tenido como premisa alejarme en todo lo posible de la forma en que estaban escritos los pasodobles de Los gallitos (que no sé si se ha logrado) es decir, apostar más que por el lenguaje directo, contundente y hasta descarnado, por tratar de ser igual de comprometido y crítico pero con un tono más complejo, indirecto, satírico o alegórico. En este sentido, los dos pasodobles de cuartos parten de una misma intención: eran dos temas que yo suponía que iban a ser muy cantados en el concurso (jajaja ¿se puede ser más ingenuo?) y por tanto me propuse el reto de plantearlos desde ópticas más diferentes, originales, sorprendentes y que llamaran la atención por el riesgo de su enfoque o de su construcción. Y en ese sentido, estaba (y estoy aún) muy orgulloso con ambas letras, aunque al respetable, y supongo que con toda la razón, les haya resbalado en ambos casos.
El primer tema era el de la sucesión borbónica, un trascendental acontecimiento histórico al que pensaba yo que las coplas no iban a permenecer indiferentes en el COAC, y más en los tiempos que corren. Así que, buscando una manera diferente de plantear el asunto, se me ocurrió estructurar el pasodoble en torno a un juego de cartas para finalmente reivindicar el derecho a que un país decida por referendum y no por sucesión dinástica su Jefatura del Estado. Andaba yo entusiasmado con el resultado de la letra y me pareció no sólo un estupendo pasodoble comprometido y original en su planteamiento, sino además una buena carta (nunca mejor dicho) de concurso, incluso con ciertos"recursos de teatro", como el hecho de que se cantara con una baraja en las manos de los comparsistas. En fin, que el pasodoble me encanta... pero que un mojón así de grande pa mí.
El segundo pasodoble  ha sido un caso aún más llamativo. Otro tema que pensé yo que iba a estar en el ranking de los más cantandos: la preocupante ola de islamofobia que ha recorrido Francia (y Europa de paso) a raíz de los oscuros atentados "yihadistas" en París. Sentí casi una responsabilidad cívica escribir sobre ello. Pero ¿cómo lo haces, Migué? ¿Cómo hablas de eso sin caer en lo amarillista, lo morboso o lo panfletario? Y de nuevo en mi afán por aportar maneras más sorprendentes de abordar los temas, se me ocurrió construir una escena de costumbrismo teenager gaditano: una parejita de adolescentes pelando la pava en una plazita de barrio nocturno, con su moto, su barata cenita grasienta y su amor ingenuo y enternecedor. El amor entre Charito y Mohamed, el luminoso triunfo del deseo y el entendimiento sobre la intolerancia y el odio racial. ¡Sí! ¡Lo encontré! Me puse entusiasmado a escribirlo y las letras fluyeron solas. ¡Más contento que estaba yo con esa letra y más contentos se pusieron los borreguitos cuando se la llevé al ensayo! ¡Con cuánta ilusión la llevamos al teatro! y en fin... otro mojón pa nosotros.
Por eso decía al principio que la experiencia me ha dado que pensar: si con Los gallitos (tras muchos años de intentar proponer con nuestra comparsa un tipo de escritura novedosa, pero casi marginal para el gran público) tuve la sensacion  de que el respetable comenzaba a prestar atención (y hasta a celebrar) cierta manera distinta de plantear las letras de carnaval, el pase de cuartos de Los borregos ha venido a poner las cosas en su sitio. Estamos viendo que la originalidad, la sorpresa o la complejidad de las letras no están siendo, precisamente, lo más celebrado este año por el público. Así que, definitivaente, me he equivocado de juego. Y conste que no es, por favor, un reproche que esté haciendo a nadie (ni menos al público) ni que estoy tratando de justificarme en nada: la responsabilidad de que las letras no llegaran es mía y sólo mía, por no saber calibrar, y para nada es culpa de un público que, mal que nos pese, siempre ha de llevar razón (al menos una razón intuitiva, pero definitiva e inapelable) a la hora de aceptar o rechazar una letra, así que lo que aquí les cuento es un mero autoanálisis, una autocrítica y, de paso, una asunción de responsabilidades. Unas veces se acierta y otra no. Hay que aceptar eso con deportividad por más que nos desilusione o nos descoloque. Ese es, precisamente, el apasionante misterio de esta competición.
En otro orden de cosas: me ha encantado cómo ha quedado la cuarteta del segundo personaje alegórico al que sacamos en el popurrí: el pastor-político. Y esa, en esta ocasión, va a ser la letra que aquí les deje. ¿Quién iba a decirme a mí hace tan sólo un mes, en la ilusionante euforia previa al inicio del concurso, que tal día como hoy iba yo a encontrarme en el trance de desear, con los dedos cruzados, que ojalá pudiera sonar en el teatro el tercer personaje que retramos en esa cuarteta? ¡Lo que son las cosas de este juego! Sea como sea, amigas y amigos, ¡que viva este huracán de emociones intensas y contradictorias que es nuestro amado concurso de coplas!

Ahí viene el nuevo pastor, el político de moda
que sale en televisón con su sonrisa de mona.
Sus asesores de imagen hacen un trabajo bueno
para que no se vea al lobo bajo esa piel de cordero.
Cuando yo lo escucho hablando me pongo a considerar:
este hombre es buena gente, parece mu buen chaval,
él nos protege y nos cuida, busca nuestro bienestar
pero en el fondo sabemos que eso es otro engaño más.
Él no manda en el rebaño, ni siquiera él es el dueño
porque es un subordinado, solo es otro perro a sueldo.
Escucha, que no somos tontos aunque seamos borregos
¡No trates como a un rebaño a tu pueblo!