martes, diciembre 23, 2014

comentario de texto (7)



Aunque mucha gente piensa que el maridaje carnavalesco entre Nene y servidor comenzó con El último escuadrón (2008) lo cierto es que no fue ésa la primera comparsa en la que compartimos autoría. Pero de eso hablaremos otro día... por ahora centrémonos en El escuadrón.

Hay que hacer un poco de historia por si alguien no la conoce: Nene Cheza, desde muy joven, ha militado fielmente en la comparsa de Quiñones y Pepe Martínez (su propio tío, de hecho), desde, creo recordar, La Fábrica de tabaco (1989). Esa comparsa-familia, pues, fue su incubadora, su colegio y su casa. Allí entregó sus mejores energías como tenor o como guitarra, pero sobre todo, como músico y letrista auxiliar en la sombra (si investigan comprobarán cuánto debe el brillante palmarés de premios de esa comparsa a las composiciones de Nene, que jamás rezó en los créditos). Es comprensible que tarde o temprano saltara del nido y tratara de volar solito formando con libertad su propia comparsa. Y así, afortunadamente, ocurrió el año que nos ocupa. Con un grupo de compañeros fieles que se marcharon junto a Nene independizándose también de la comparsa-madre  (Lali, Paquito y Leo -que aún sigue a su lado en Los borregos-) se forma poco a poco un grupo que finalmente resultaría ser un verdadero dream-team de voces e instrumentación. Echen un vistazo a los videos y reconozcan voces y caras célebres: un grupazo joven y curtido a la vez, con muchos componentes que continúan todavía en la élite comparsista actual (Bubu, Jose Chiclana, Óscar y Hugo en la voces altas, Sambruno a la impresionante púa, Lali y Manolín a la segunda, el creativo Geni a la guitarra y los coros...). La dirección corría a cargo de Vicente "Lali", otro monstruo, y al bombo estará el imprescindible Alejandro Melli, que sigue aún hoy fidelísimamente al cargo de la percusión. En fin, un grupazo con el que muchos autores soñarían... y a todo esto, en mitad del trasiego de los ensayos y la expectación, pequeñito pequeñito, llego yo al proyecto.
Aún recuerdo aquel café en el que Nene me pidió que arrimara letras de pasodobles a su nueva comparsa. Era ya noviembre largo. La comparsa que yo entonces estaba escribiendo acababa de disolverse no recuerdo por qué, así que me encontraba en paro creativo. Al saber la noticia, Nene y Lali me citaron para pedirme que me sumara como letrista y ayudara a Nene a apuntalar las letras, especialmente los pasodobles y alguna cuarteta del popurrit. El repertorio estaba ya bastante avanzado, sólo tendría que completar la faena. Con el entusiasmo que le caracteriza, Nene me explicó el tipo: un grupo de guerreros fieros e imbatibles que, en mitad de la ruina y la decadencia (bien reflejada en la apocalíptica escenografía), defendían a Cádiz de sus enemigos. Me pareció una idea realmente horrible.
Sin embargo, dije que sí y acepté el reto. No me gustaba mucho el argumento del tipo pero era casi diciembre, la comparsa y el repertorio estaban ya avanzados, con todo el equipo remando acompasadamente en la misma dirección, así que entendí rápidamente que mi trabajo era ayudar y remar junto a ellos sin discutir el rumbo que ellos mismos ya habían marcado. Y así hice. Por otro lado, la oportunidad de escuchar mis letras en gargantas tan ilustres era un lujo difícil de rechazar. Y así fue como, consciente de mi situación, me sumé a la aventura.
Como yo era un insignificante letrista totalmente desconocido que debía escribir para un grupo acotumbrado a cantar las letras de los autores más grandes, decidí no correr riesgos y el primer pasodoble que llevé al ensayo (y con el que era consciente de que, en cierto modo, me la jugaba) fue una letra algo ramplona pero muy efectiva (y efectista), ideal para todos los gustos, con la que me pareció que podría afianzarme ante el grupo en mi recien estrenado puesto de autor. El tiro entró por la escuadra, no sólo en el ensayo sino también en el teatro.
La comparsa pasó limpiamente a las complicadas semifinales, pues ese año fue la primera vez en que se estrenaba el sistema de tres fases y disminuía peligrosamente el número de semifinalistas, aumentando duramente la presión competitiva. Para más inri, nos tocó cantar el primer día del concurso, y además junto a la propia comparsa de Quiñones (ese año El mercado de las maravillas) con lo que la atención morbosa a tan peculiar "duelo" estaba garantizada. Lo cierto es que el grupo sonó impresionantemente bien y estuvo peleando duramente hasta el final, aunque sigo pensando que la idea general no estaba a la altura de las circustancias y que ese grupazo, con otro tipo más sorprendente y un repertorio más arriesgado, hubiera aspirado realmente a más. Ya sabemos, de todas formas, que el concurso es, en gran medida, una carrera de fondo. No fue, desde luego, ningún mal comienzo. Y es verdad que me emociono cuando aún hoy alguien me recuerda y celebra algunas letras de aquel año, como el pasodoble de la alameda (que escribí a partir de una idea que me sugirió el gran Geni) o el del perro (que en realidad era una diatriba contra una perrera de Puerto Real, en esos días célebremente de actualidad por sus malas artes con los animales), pero también confieso que siento cierto desconcierto cuando todavía alguien dice despistadamente que esa comparsa es la mejor que hemos sacado (?).
De las letras que hice para esta comparsa, rescato hoy dos pasodobles que, aunque escribí mucho más a mi propio gusto, evidentemente, no fueron seleccionados para cantarlas en el teatro. Y es que con El último escuadrón constaté pronto que ojalá muchos comparsistas de élite tuvieran las ideas tan  claras (y afinadas) como sus gargantas.

En mi trinchera te vuelvo a escribir
desde la guerra esta carta:
Amada mía, tú eres para mí
la victoria que me falta.
De noche siento que me trae la brisa
las campanas blancas de tu risa,
y estirándome los pensamientos
me acurruco yo a dormir sin prisa.
Y sueño yo que duermo en un torreón
donde no cabe más gente
que este guerrero encendido
entre tus piernas calientes.
Y escucho el canto de las olas
que te salpican la espalda
y un rumor de caracolas
sonando bajo tu falda.
Y luego yo me vuelvo a despertar:
Miro a mi lado pero tú no estás
y vuelvo yo al combate en esta guerra fría.
Y así sin tu cuerpo me siento morir cada día.
Chiquilla, sufro tanto sin poderte tocar
que hoy te quiero jurar
que si no acaba esta guerra
deserto en la lucha y te voy a buscar.


O este otro, que aún no llego a comprender por qué no se cantó:

Podré decir que no tiene perdón
la prepotencia que muestra.
Podré decir que toda su gestión
parece de cartón piedra.
Podré decir que sobran por lo pronto
tanto cartelito y tanto bombo,
que parece al ver su demagogia
que gobierna usted pa cuatro tontos
Podré gritar: ¡Cádiz, qué limpita está!
pero el trajín de su escoba
esconde to las miserias
debajo de las alfombras.
Podré decirle, mi señora,
¿de dónde carajo salen
ese rebaño de necios
que forman sus concejales?
Pero yo nunca le voy a atacar
porque no sea usted de esta ciudad
ni porque sea mujer o se tiña usted el pelo:
Que soy un soldado además de ser un caballero.
Pero, señora mía, no me voy a callar
lo que pienso en verdad:
Retire sus escuadrones,
entregue las llaves ¡y márchese ya!