viernes, octubre 03, 2014

comentario de texto (6)


El año en que Nene, Lali y yo ideamos Los Ruinas fue para mí el año del despertar como autor, es decir, cuando me di cuenta frontalmente de que una cosa es escribir la comparsa que a uno le gustaría escuchar (que esa ha sido y es, aunque teniendo que hacer equilibrios, la gasolina que mueve el motor creativo de nuestros repertorios) y otra distinta es acertar con la comparsa que el público quiere oír. Digo despertar pero quiero decir asumir la cruda realidad: mis verdaderos gustos como aficionado a las comparsas son de otra época, como creo que ocurre a la mayoría de los aficionados que ya llevamos unos añitos en esto de amar las coplas y que echamos los dientes carnavaleros en los últimos 80 y maduramos nuestros gustos apasionados en los primeros 90. Tras el pase de Los Ruinas por el concurso, tuve que asumir (sin dolor pero con cierto resquemor) que por ahí mis letras no iban a ningún sitio más que a la anécdota y a la marginalidad. Yo estaba seguro de que la gente iba a apreciar y agradecer una comparsa así, pero un mojón pa mí.
Les explico: yo en comparsa siempre he preferido la "magia" a la "garra". Sí, vale, sé que mis últimas comparsas parecen indicar lo contrario, pero la verdad es que en el fondo de mi corazoncito de aficionado, siempre he preferido los modos de España La Nueva o de El cielo de Cádiz a la vehemencia de La mare que me parió o de Araka la Kana. No es que no me gusten las comparsas de ese corte, claro que me gustan: las sigo con interés y en algunos casos hasta con pasión (y trato de aprender de ellas lo que haya que aprender), pero uno siempre guardará en sus adentros el regusto por aquella irrepetible manera dulce de hacer las cosas. Manera que, viendo ahora lo que se hace mayormente en la modalidad y lo que el público en general aprecia, hoy se nos antoja sinceramente irrecuperable.
Les cuento todo esto porque con Los Ruinas tratamos de hacer precisamente eso: una comparsa con magia, con verdad, sin aspavientos y con mucho gaditanismo (que no chovinismo). Veníamos de El último escuadrón, un tipo tenebroso y oscuro con un repertorio agresivo y vehemente. Yo era partidario pues del volantazo, es decir, escribir desde lo alegre, lo gaditano, lo poético y lo amable (sin perder la reivindicación, evidentemente). De resultas de ello nos salió un repertorio del que me sentía (y aún me siento) orgullosísimo. Desde la presentación hasta el popurrí, toda la letra estaba por mi parte pensada hasta el milímetro para una idea que me encantaba: un arqueólogo un poco loco que amaba las ruinas que estudiaba, y que en realidad era, para bien y para mal, un sincero canto de amor a esta ciudad, a su historia y a sus gentes. Si tienen un ratito de calma y les apetece, aquí pueden oír su pase de preliminares.
El resultado, de todas formas, fue pobre en lo relativo a su repercusión: a poca gente interesó aquel lírico experimento, salvo al jurado, al parecer, que sí que nos llevó hasta las semifinales. Desde luego, nos equivocamos en cosas importates, como en el disfraz (más confuso y oscuro de lo que debiera) y el grupo, aunque sufrió bajas importantes con respecto al "dream team" del año anterior, defendió lo mejor que pudo un tipo que hubiera necesitado una interpretación quizás más risueña. Ese año se incorporaron al grupo componentes nuevos, entre los que recuerdo especialmente al gran Cuevas y a Guille de Puerto Real, dos cracks con los que ojalá volvamos un día a trabajar. Ese año entró tambien el irrepetible David Virlán, al que Nene y yo ya conocíamos de Los Perdedores, y que aún sigue fiel a nuestro lado.
Alegrías hubo bastantes, de todas formas, como tener noticias de que el pasodoble dedicado a Palestina había sido traducido y debatido por estudiantes palestinos de español en Cisjordania, por mediación del gran Enrique Alcina. Yo, qué quieren que les diga, ahora al hilo de estos comentarios que les comparto aquí he vuelto hoy a oír especialmente el popurrí de Los Ruinas y me sigo emocionando. Es más, las dos últimas cuartetas las acabo de oír hace un momento, mientras escribo esto, y me han dado cierto escalofrío de emoción (sé que está feo que yo lo diga, pero es que francamente así ha sido, jajaja).
Y para terminar este comentario, como es habitual, les dejo un par de pasodobles que no se cantaron en el teatro: la primera, que fue la letra de medida, creo que nos salió especialmente hermosa.


Acérquense, señores y pasen a ver la ruina
de una ciudad que esconde sus lágrimas por las esquinas.
Miren los vestigios que riega la Historia:
Ruinas de la libertad para que refresque el poniente.
Ruinas de la dignidad para los obreros valientes.
Ruinas de un mercado en la ruina
chorreando de caballas con la sangre plateá.
Tierra de escombros milenarios,
cómo brillan tus ruinas
esmaltadas por las lunas y enjuagadas por la mar.
Ruinas de una tierra que no es santa,
Ruina que me sube a la garganta,
gargantas para que cante el gaditano
lo que tenga que cantar.
Y hoy traigo canciones de espinas y rosas,
porque este ruina no tiene que darte, no tiene otra cosa.
Te traigo en un cofre pequeño
una copla enorme que a mí me rebosa.
Y hoy traigo, arena en los bolsillitos de mi corazón.
Yo sólo tengo un sol que está forjado
con el oro de una playa
y un diamante en las mareas
y un tesoro en las murallas.
Ay, mira si soy rico yo
que hasta tu ruina, por dios,
a mí me parece de plata.

O esta otra en la que ya en 2009, en los albores de los tiempos de desolación en que hoy nos hacen vivir, ya anunciábamos en cierto modo lo que un par de años después mucha gente empezaría afortunadamente a sentir (y a gritar) en las plazas del mayo de la insurrección, es decir, que esto "no es una crisis, es una estafa".

Crisis, ¿pero qué crisis? ¿Qué rollo nos estáis contando?
Crisis, ¿pero qué crisis? ¿A quién coño estáis engañando?
Irse pa’l carajo con vuestros negocios.
Si no consigues cuadrar las cuentas de lo robado
no vengas ahora a llorar para que te salve el Estado.
La crisis, los despidos, la codicia,
los ladrones de la bolsa que se hunde en Nueva York,
trabajadores a la calle, el festín de la avaricia,
la carroña de la usura, la ganancia y la ambición.
¡Qué negras las entrañas de un banquero!
¡Qué sucios los mercados financieros!
Los beneficios son para sus bolsillos
y sus deudas son para todos.
Ladrones que amasan su sucio dinero
con el pan chiquito y el sueldo precario de tantos obreros.
Banqueros que son como hienas
que nada más que comen dinero y dinero.
Rateros, que se han inventado una crisis para exprimirnos más.
La crisis ¿pero qué coño de crisis? ¡Todos a la guillotina!
¡Qué políticos traidores, qué empresarios de mentira!
Que me expliquen ya, por favor:
¿Qué es lo que hemos hecho, por dios,
para merecer tanta ruina?