lunes, abril 07, 2014

un relato de Enrique Anderson Imbert

El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:
-¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.
-¿Zangolotino?  -pregunta Fabián azorado.
Y muere.