jueves, mayo 30, 2013

baratillo



Baratillo de los domingos, feria de la bagatela y el óxido. Mantas por el suelo. Paseantes curiosos. Más monedas que billetes. Libros en las aceras. Viejos cacharros inservibles. Coleccionismo de casapuerta. Olor a café templado. Baratillo de los domingos. Quién te ha visto y quién te ve. Hoy, aquí, un mercadillo mucho más triste que el de antes estira sus magras transacciones encogido frente al Parque Genovés, aterido de frío por el poniente cuando hay poniente, narcotizado por el sol de primavera cuando es primavera. Pero no es este desangelado paseo sombrío su sitio natural.
No hace tanto, los domingos de Plaza, con el baratillo de siempre bullendo de gente y ruido, tenían el olor hondo de los erizos abiertos a pie de acera, cervezas tempraneras junto al humo de los últimos churros, sol mañanero en la puerta del Merodio y gentíos ruidosos transitando por la calle Libertad, esa calle que era, como por su nombre, la ciudad. Lo cantó el poeta: Domingo. Vamos a la plaza, que hay que vivir.
En aquel mercadillo resonaban ecos del pueblo de misa pagana que fuimos: el trasiego del pícaro cantueso, la gitanita rubiales, el pimpi picarón engatusando a los guiris, el vendedor de quincalla que pregonaba con maneras de fenicio venido a menos la risueña piratería de su desventura. Y hace poco de eso: media década o poco más. Con la obras del mercado nuevo, dijeron, se traslada provisionalmente el mercadillo, pero ya jamás se regresó. Al cambiar de sitio, al desterrarlo de su espacio original, algo se ha perdido por el camino. Parece que ya nadie se acuerda. Parece que a nadie ya importa. Parece que aquella abigarrada verbena del cambalacheo dominical no casa con el nuevo mercado. Parece, al fin, que hemos perdido algo. Algo hermoso, popular y verdadero que (como todo lo hermoso, popular y verdadero) quienes toman estas decisiones jamás han sabido cuidar. O, simplemente, entender.

En El Independiente, 29-05-13