viernes, noviembre 25, 2011

imperio y mujer


Vivimos bajo los dominios del Imperio. La violencia forma parte de su ADN. La violencia lo sostiene y lo construye. No hay Imperio sin violencia. Ella es su combustible, su sombra y su sentido. Hemos interiorizado esto hasta que nuestros cuerpos, nuestros pensamientos y nuestras emociones se han mimetizado, se han hecho parte del gran entramado y apenas ya logramos distinguir dónde terminamos las personas y dónde comienza el Imperio. Por eso a menudo no lo vemos. Siglos de brutalidad trazan nuestros pasos. La violencia estructural que segrega el Imperio a través de sus pantallas y sus lenguajes nos impregna y nos construye: apenas logramos ya mirar la realidad que se nos inyecta a diario sin que la violencia esté, de alguna u otra forma, presente. Más naturalizada o menos bajo el abigarrado maquillaje de lo cotidiano, la violencia muestra los abalorios del terror. La quincallería oxidada de la opresión. Desde el anuncio de televisión a la lección de Historia en el Centro de Secundaria. Siempre presente. Siempre latiendo. Siempre ahí. Y aquí.
Y si una forma de violencia se ha mimetizado con eficacia, ésa es aquella que se abona en torno al aparato febril de la sumisión femenina. El cuerpo de la mujer como territorio de colonización. La artificiosa identidad “femenina”, con la que a las mujeres desde niñas se instruye en el Imperio, ha sido construida desde el poder masculino como un ámbito susceptible de servidumbre, una ciudad abierta para los roles de la dominación y la sumisión. El espacio donde el macho ejerce su poder imperial mientras llora por la madre perdida. Cuestionar esto es cuestionar la propia constitución de lo masculino (el Imperio es, orgánicamente, masculino). Las pautas de la violencia las llevamos dentro. Hombres y mujeres. Nosotros por legitimarla. Ellas por extenderla. No cesará la violencia hasta que se detengan los mecanismos de reafirmación falocrática, administrada desde la infancia en los rediles de la identidad masculina (y sacralizada por la familia, la televisión, la instrucción imperial y otros ámbitos educativos). Visibilizar el conflicto es visibilizar la herida. Y la herida de la llamada “violencia de género” no tiene más sutura que la de la visibilización y el repudio. Seguirá corriendo la sangre mientras sigan enmascaradas las estrategias subconscientes del guerrero, el macho dominante que muestra sus posesiones y su cachiporra patriarcal, el rey que se aferra a su trono, el príncipe que salva a la damisela. Barba Azul contando sus trofeos.
La llamada “violencia de género” no es un crimen contra la mujer: lo es contra la propia condición de lo humano. Lo demás ya es bien sabido: gran parte del Imperio sólo caerá cuando los hombres encontremos otra forma de ser hombres.

Columna escrita para Diario de Cádiz.