en el Metro siempre es de noche
-¿Ahora es de noche? -preguntó, asombrado.
-Para mí, sí -le respondió el meditabundo Kan.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Mira, Artyom, está claro que procedes de una estación donde los relojes aún funcionan bien, donde se les trata con respeto, donde cada uno ajusta su propio reloj de acuerdo con las cifras rojas que aparecen sobre la entrada del túnel. Vosotros tenéis una misma hora para todo el mundo. Y sucede lo mismo con la luz. Aquí todo es diferente. Nadie se preocupa por los demás. No hace falta que nadie proporcione luz a todos los que hemos venido a parar aquí. Propónselo a la gente que vive en este sitio: pensarán que es una idea absurda. Todo el que necesite luz tiene que proveerse por sí mismo. Y lo mismo sucede con el tiempo: todo el que necesite saber qué hora es, por miedo al caos, se inventa sus propias horas. Aquí cada uno tiene las suyas, según el momento en el que se ponga a contar. Pero no hay nadie que se equivoque. Cada uno defiende sus propios horarios y establece sus ritmos de acuerdo con ellos. Para mí, ahora es de noche. Para ti, es de mañana. Bueno, ¿y qué? Las personas como tú estáis pendientes del reloj durante los viajes, igual que los hombres de las cavernas llevaban siempre una brasa ardiendo dentro de un cráneo cubierto de hollín, por si podían emplearlo para encender un fuego. Sabes muy bien que en el Metro siempre es de noche, y por ello no tiene ningún sentido atenerse a las horas con exactitud. Destroza ese reloj, y entonces verás cómo el tiempo se transforma. Es una experiencia interesantísima. Se va alterando hasta que dejas de reconocerlo. Ya no está desmenuzado, ya no está dividido en segmentos, horas, minutos, segundos. El tiempo es como el mercurio: aunque intentes dividirlo en partes más pequeñas, se reconstituye al instante, de nuevo entero y sin forma. Los hombres lo han domesticado, lo han encadenado a sus relojes y cronómetros, y fluye igual para todos los que lo han encadenado. Pero déjalo libre, y verás: fluye de manera distinta para cada uno. Para alguien será lento y moroso, y ése lo medirá en cigarrillos fumados, o en respiraciones. Para otro, en cambio, escapa al instante, y su unidad son vidas humanas ya vividas. ¿Piensas que estamos en las horas de la mañana? Existe alguna posibilidad de que tengas razón. Digamos un veinticuatro por ciento. Con todo, esa mañana no tiene ningún sentido, porque sólo está teniendo lugar en la superficie, donde ya no queda vida alguna. Vida humana, por lo menos. ¿Acaso lo que ocurra allá arriba puede significar algo para los que no han estado nunca allí? No. Por eso yo te digo «buenas noches», y tú, si quieres, puedes responderme «buenos días». Y, por lo que respecta a esta estación, no tenemos tiempo alguno, salvo de un tipo muy raro: ahora son cuatrocientos diecinueve días, y se cuentan para atrás.
Kan calló y siguió bebiendo su té.
de Dmitry Glukhovsky en Metro 2033 (El último refugio)

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