viernes, octubre 16, 2009

para nombrar a una ciudad

Y siguen llegando noticias bonitas; en este caso, maravillosa: el grandísimo poeta David Eloy Rodríguez ha ganado el III Premio Internacional de Poesía Francisco Villaespesa con su libro "Para nombrar una ciudad", una estremecedora colección de poemas redondos, enormes y luminosos como soles, que ahora ya pronto podremos disfrutar en lo que se adivina como una bonita edición. El acta del jurado ha destacado a este autor “por su audacia en el uso del lenguaje poético, su gran capacidad de sugerencia en la metáfora y la brillantez que confiere al verso”. Asimismo, ha elogiado “la variedad formal de sus poemas, que consiguen la unidad de contenido y logran darle intensidad, al nivel de la calidad de los ganadores de las dos ediciones anteriores”. Puedes leer más aquí.
Quienes conocíamos ya el libro (y por supuesto la ya indispensable obra poética de David Eloy) estamos todos y todas efervescentes por la noticia. ¡Otro gol de la familia itinerante!

Y para celebrarlo, el poema que da título al libro.


Seis aproximaciones para nombrar una ciudad


I
Nombrar: atrapar un animal que no existe.


II
Qué es vivir, esa sigue siendo la pregunta, qué es vivir, qué ciudad fundar dentro de cada piel y en las calles y en las casas, volver o no milagro el mundo, ser o no ser pasto del olvido, carroña de los buitres de la muerte.
Cada uno muestra sus documentos de dolor, las astillas que le tocan en los huesos.

Ciudad de gente sola que aprende a vivir sin aventura.
Ciudad que respira bajo el alud violento de la falsificación.


III
¿Qué se siente en la tormenta cuando uno es el sitio en donde va a caer el rayo?

Gente en el polvo. Braceros en la tempestad.
Gente a cielo herido. Acampados en mitad de la vía.

Viven en avenidas desolladas, viven en cantinas sobre la cuerda floja, viven en la mandíbula desencajada de la ciudad.

Ellos esperan los añicos del amanecer pero no esperan nada.
Ellos esperan que todo estalle pero no esperan nada.

Un puño feroz les golpea cada día.

Yo sé a quiénes pertenecen las manos que golpean. Yo sé, y usted sabe, quiénes empuñan su muerte lenta, quiénes vierten las paladas de tierra que cubrirán sus ataúdes.
Yo sé quiénes les entregan cada día.

No hay crónicas de su desalojo.

Pero yo sé. Usted sabe.


IV
La noche sigue color de rubí, barrio de demonios y esplendores.
Hay pruebas: lugares sin techo, habitaciones, azoteas, alamedas del deseo. Hay pruebas: antídotos, insinuaciones, enfermerías. Hay pruebas: un amor, un lápiz, un cuerpo en el espejo.
Corren tiempos de redada.
Pero también de almacenes, alivios, goces, reuniones sagradas y secretas.


V
Como nos deslumbran los besos desconocidos de una boca bien conocida, así nos asalta de repente una ciudad nueva, espigas de tiempo encendido, el lugar exacto en el que ser.


VI
Hay una ciudad sin mapa, fugitiva e inasible, cierta: la compuesta de deriva e intemperie, la que cada uno escribe en su tiempo, la que se bautiza con el corazón y ya jamás pierde su nombre.