jueves, abril 03, 2008

los números y la fiebre

Una vez de niño me dio una fiebre altísima tuve que guardar cama veía que los números se me echaban enci­ma. El número uno no me asustaba porque era pequeño, era como uno de esos caramelos que costaban en el cen­tro parroquial una lira, con un azúcar muy dulce azul. El número dos era algo más grande, lleno de aristas y con ese garfio que se retorcía sobre sí como la capucha de un monje arrodillado. El número tres era muelle, como un arco doblado dos veces, como una playa partida por los escollos. El número cuatro estaba sentado muy serio con las piernas cruzadas y pensando. El número cinco era algo tonto y se paseaba por las matemáticas con su barriga y su gorro de jugador de béisbol. El número seis era un soli­tario y un prepotente aunque también el único que co­nocía bien la vida, un filósofo que se pasaba todo el día meditando. Con el tiempo, el seis se transformaba en una mecedora. El número siete era el más enjuto de todos, alto espigado y cínico, persona triste en el fondo, que suel­ta réplicas cortantes para salir de apuros y escapar de algún modo de una vida que detesta. El número ocho me pare­cía una especie de Buda anciano, alguien que se las sabe todas y prefiere callarse. El número nueve era mi madre, siempre cansada y en tensión, buscando la perfección al volver a arreglar la casa. El diez una locomotora muy ga­llarda venida al mundo de los números y que pasaba veloz acarreando al cero. El once una pareja de gemelos que iban de mala gana al colegio y se sentaban al fondo de la clase tratando de que no se fijaran en ellos. El doce un se­ñor anciano montado en un carruaje que venía corrien­do a desbaratar los números que había primero, así sin más. El trece era el más tremendo de todos. No quería verlo y al pensar en él cerraba los ojos, era un tiburón que se acercaba a la playa y se esperaba escondido. Al ver el trece me ponía a chillar.

Entonces venía mi madre y me decía que me durmiera tranquilo, que después la fiebre se me iba.

de Aldo Nove