martes, diciembre 11, 2007

aquaplaning (3)

La mujer me dijo que se llamaba Mari Chopped. Se presentó dándome un beso en la mejilla y me pidió que, por favor, la tuteara. Dijo ser la esposa de Jafet, uno de los tres hijos de Noé y, sin dejar de sonreír, me explicó que toda la familia estaba implicada en la misión que Dios había encomendado al patriarca. Habían sido momentos duros, especialmente porque todo el mundo en la zona tomaba a Noé por un loco visionario, trastornado de dolor y soledad tras haber enviudado. Me contó que incluso sus hijos, Cam, Sem y Jafet, no acababan de fiarse de que todo eso del diluvio que se avecinaba fuese cierto y, por momentos, se sentían bastante ridículos allí, construyendo esa enorme nave en medio de un mar de arena donde hacía años que apenas caía un chaparrón.

Pero lo peor, me decía Mari Chopped, había pasado ya. Ahora que el Arca estaba prácticamente terminada, todo estaba siendo más fácil y, aunque nada parecía confirmar sus palabras, Noé andaba de muy buen humor diciendo que las grandes lluvias no tardarían en llegar para limpiar de malicia la faz de la Tierra. Y en ese ambiente de optimismo, los hijos, aunque seguían sin ver claro que en breve fuese a llover, se iban dejando contagiar en gran medida por la excitación y el nerviosismo del gran abuelo.

Todo esto me lo contó mientras caminábamos juntos hacia el Arca. Qué majestuosa presencia la de aquella gran nave de madera recién alquitranada. Qué poderoso olor a tablones lijados, a denso betún y a resina, a brea y a viruta. Qué solemne figura marinera, impresionante y mayestática, recortando su surrealista silueta en el incendio azul del mediodía.

Cuando nos vieron venir, todos pararon su trabajo y extendieron un mantel a la sombra de la nave. Mari Chopped repartió el almuerzo, los olorosos peces ahumados y el pan calentito, los dátiles frescos, la dulce calabaza y la leche de cabra recién ordeñada. Y entonces, con lentitud y altivez, vi acercarse a Noé. Era un hombre muy mayor, posiblemente, el más viejo que había visto en mi vida, de luengas melenas canísimas y barba de profeta antediluviano. Cojeaba un poco pero, a pesar de su aspecto vetusto y senil, podía vérsele lleno de vitalidad y lucidez. Todos se movieron para hacerle un sitio en el picnic. Noé se sentó sin decir una palabra. Cerró los ojos y bendijo la mesa. Luego todos comenzaron a comer con verdadera avidez. La escena me recordó a una vieja película de John Houston.


La familia charlaba distendidamente, sentados todos alrededor del mantel. Ponme más leche en el cuenco. Pásame el pan. A mí este pescado no me entra sin ketchup. Uno de los hijos, creo que era Cam, comentó a Noé que el hombre del tiempo seguía sin dar noticias sobre la llegada de las lluvias.

— ¿Estás seguro, papá, de que pronto va a diluviar?
— Mira, hijo, si Yavé me dice que va a caer una gorda es porque va a caer una gorda. No deberías tener estas dudas, ya, a estas alturas...
— Sí, pero es que este calor, por lo visto hay un anticiclón que...
— Además, desde hace dos noches, me duele la rodilla. Un dolor de tres pares. Así que, hijo mío, no tengas dudas: el tiempo va a cambiar muy pronto...

1 Comentarios:

Blogger pasmao dice...

Hola, soy el pasmao. Feliz Navidad.

4:46 p. m.  

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