jueves, octubre 18, 2007

alguien voló sobre el nido de batman (6)

La madrugada comenzó a insinuarse tras las persianas y, por las rendijas, las primeras luces de la mañana empezaron a pintar la pared del fondo con el color de las cebras. No quiso levantarse antes de tiempo, porque romper con algún detalle necio la inquebrantable rutina de aquella residencia podía poner en peligro todo el plan, así que hasta que no escuchó el hilo de voz de la televisión fluir por debajo de la puerta cerrada no dio por comenzada la operación. Spiderman era siempre el primero en levantarse, el más madrugador telespectador que esperaba cada mañana con verdadera complacencia a que comenzase la programación infantil. Luego iban llegando uno a uno y acababan todos en el salón y allí permanecían, sin hablar, hasta que los Dueños se levantaban y repartían con desgana el café sucio y las galletas rancias. Pero ese día, pensaba Batman, él no iba ya a estar allí. Tenía que aprovechar ese intervalo en que ya todos estaban levantados pero los dueños dormían aún para huir de allí. La puerta de salida estaba cerrada concienzudamente, pero no las ventanas. Claro. ¿Qué viejo achacoso iba a poder saltar desde una ventana de seis pisos? Los Dueños debían de pensar que aquellos decrépitos carcamales ni siquiera se atreverían a asomarse y contemplar la perspectiva simétrica del vacío. Pero Batman sabía que la altura no era obstáculo, y menos aún si durante tantos años lejanos uno había sido el hombre murciélago.

En todas estas cosas pensaba mientras se enfundaba su uniforme. Qué electrizantes sensaciones en su piel arrugada al contacto de nuevo con aquella tela elástica y oscura, ajustada como un condón negro a sus músculos hoy deformes y sin fuerza, aquella máscara cubriendo los fláccidos pellejos de sus mejillas, aquellos guantes engullendo sus manos temblorosas y sus dedos esqueléticos. La capa arrastraba un poco por el suelo y los pies le bailaban dentro de las enormes botas. Aun así, cuando Batman se comprobó totalmente uniformado sintió el chisporroteante hervor de la sangre rejuvenecida y un sabor a zumo de naranja recién exprimida le subió energéticamente por la garganta. Miró por última vez su habitación, pensando en las pequeñas cosas que dejaba atrás: ni ropa, ni papeles, ni recuerdos... sólo se iría con su uniforme. No iba a necesitar nada más en su nueva vida, allá en el mundo exterior. Luego, tratando de evitar una lágrima débil, mezcla de la tristeza y el miedo, suspiró con fuerza, abrió sin titubeo la puerta de su cuarto y salió al pasillo arrastrando la capa negra sobre el suelo sucio.

2 Comentarios:

Blogger ana dice...

y nos vas a dejar así??????

8:58 p. m.  
Anonymous Anónimo dice...

EN UN CAFÉ

He vuelto ahora
sin saber por qué
a estar triste
más triste que un tintero

Triste no soy o si lo soy no sé
la maldita razón porque no quiero

He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste
en las calles de mi raza

He vuelto a estar
más triste que un quinqué
más triste que una taza

Estoy sentado ahora en un café
y mi alma late late
de sed de no sé qué
tal vez de chocolate

No quiero esta tristeza medular
que nos da un golpe traidor
en una tarde

Pide cerveza y basta de pensar
El cerebro está oscuro
cuando arde.

Carlos Edmundo de Ory

11:46 p. m.  

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