lunes, octubre 08, 2007

alguien voló sobre el nido de batman (2)


Todas las tardes, Batman visitaba a Conan. Atado a la cama, el viejo bárbaro lloraba dolorosamente su perdida vitalidad, su espíritu aventurero, aquellos días gloriosos de victorias y andanzas, de ser pobre y de ser rey, de ser pirata y vagabundo, mercenario y capitán. Sentado junto a la cama, oyendo tartamudear tristemente a su amigo mientras le contaba batallitas, Batman miraba cómo la tarde se iba consumiendo al otro lado del cristal, donde la ciudad cenicienta y fría parecía llamarle sin palabras. Cuando iba acabando la hora, Batman agarraba la mano temblorosa de Conan y le prometía que algún día huirían de allí, que planearía una fuga y que lo sacaría de aquella oscura habitación, lejos de aquella tétrica residencia, de aquella cama, de aquellas cuerdas y de aquellas hormigas. Conan sollozaba y se bebía sus propias lágrimas. Entonces llegaba la Dueña, gorda y gris, y gritaba que ya está bien de tanto charlar, que bastante amable soy ya por dejar a este bárbaro cabrón recibir visita, y que te vayas ya a tu cuarto, viejo de mierda.



A escondidas, Batman metió su capa en la lavadora una helada mañana de diciembre en que la Dueña había salido a hacer la compra y el Dueño había ido al banco o a algún sitio así. La puerta estaba cerrada con llave y era imposible abrirla desde dentro. Estaban solos y encerrados. Como siempre. Batman esperó a que la máquina acabase su enloquecido centrifugado mirando cómo su capa daba vueltas y vueltas hacia un lado y hacia otro. Estaba nervioso. No sólo porque si los Dueños llegaban en ese momento y lo descubrían podían castigarle severamente, sino porque lavar aquella ropa era la prueba evidente de que, por fin, había comenzado a hacer lo que tanto tiempo llevaba soñando. En cierta medida, podría decirse que la gran fuga de Batman comenzó con una vieja lavadora que centrifugaba ruidosamente un triste martes por la mañana. Estaba sacando la ropa y metiéndola en una bolsa de plástico cuando de repente, oyó el ruido metálico de la puerta. Su débil corazón se aceleró peligrosamente. Los Dueños llegaban. No había tiempo. Tenía que huir. Con las manos temblorosas y acobardado como nunca antes lo había estado, Batman salió de la cocina. En el salón se cruzó con el Dueño.

- ¡Qué haces, viejo de mierda! –le gritó- Os tengo prohibido que entréis en la cocina y hurguéis en la nevera. Nada de picar a deshoras, cabrones, que parecéis putos niños chicos. ¡Esto no es una guardería, piltrafa! Anda, cabrón, sube a tu cuarto ¡Ya!.

Y le dio a Batman un tremendo puntapié en el culo que le hizo crujir varios huesos. El antaño defensor de la ley y el orden corrió escaleras arriba con las piernas blandas mientras se bebía sus propias lágrimas. Lágrimas de alegría. Abrazando la bolsa de plástico se consideró el viejo más afortunado del mundo: ¡el Dueño no había descubierto su plan! Llegó a su cuarto y, ansioso y asustado, sacó la ropa de la bolsa. Estaba empapada. Amarró un pequeño cordel deshilachado desde la lámpara a la reja de la ventana y con amorosa pulcritud tendió su uniforme cuidando de que no cogiera ni una sola arruga. Luego se echó en la cama y, mirando aquella capa negra goteando sobre los periódicos que había extendido por el suelo, comenzó a convencerse a sí mismo de que, efectivamente, sus días allí estaban contados.

2 Comentarios:

Blogger Sonicya dice...

mas mas

8:41 p. m.  
Anonymous Anónimo dice...

Creo que no solo batman vuelve de sus cenizas...
Veo que tu renaces de las tuyas.Me alegra verte de nuevo.Besisimos.
Y sigo siendo voluntaria para planchar lo que haga falta.¡¡¡

12:29 p. m.  

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