lunes, julio 23, 2007

la noche en que el padre bueno habló palabras suaves

Aunque fuera llovían demonios, dentro de la panadería el ambiente era tan cálido que incluso algunos se permitían trabajar en mangas cortas. Había esa noche gran actividad. Los mozos cargaban los rígidos sacos de papel parloteando ruidosamente. El atronador vaivén de la máquina de amasar apagaba el rugido de la tormenta quelos demonios desgranaban sobre el techo . Los hornos trabajaban a todo gas, escupiendo peligrosas lenguas de fuego que serpenteaban como culebras buscando un cuerpo que achicharrar. Era muy peligroso estar al cuidado de los hornos. Cada noche solía morir un mozo de pala: de la redonda boca salía una llama, alargada y nerviosa, que agarraba a la víctima y la arrastraba hasta tragársela. Los gritos del desgraciado se perdían entre el fiero rumor de las llamas, y todos en la panadería quedaban unos minutos en silencio, notando en todos los rincones el manso olor de la carne quemada. En esa noche, mientras el cielo vomitaba relampagueantes demonios sobre la panadería, nadie había sido devorado por los hornos. Todavía.
El Panadero Supremo, arrogante y solemne, sentado en el centro, sobre su trono ampuloso, vigilaba el trabajo con mirada de sabio sin memoria. El Padre Bueno, como le llamaban los más cobardes, no solía mostrar descontento ante el trabajo de los mozos, y así, pasaba noches y noches enteras sin abrir su sagrada boca amarilla, sentado en silencio, mirando con sus ojos de amnésica divinidad un punto perdido en el aire. Pero cuando se levantaba y comenzaba a gritar, su voz de caverna sin fondo atronaba por encima de la charla de los mozos y hacía incluso callar de terror a la máquina de amasar. Entonces todos sabían que alguno había incumplido La Ley y no había resistido la tentación de pellizcar una pieza de pan recién hecho. El Padre, entonces, gritaba como un oso herido y castigaba a varios mozos, culpables o no, arrojándolos con ira a los hornos para que fuesen devorados. Luego se volvía, despacioso y cabizbajo, a su trono de alegorías doradas y el trabajo se reanudaba poco a poco. Esa noche en que los demonios negros bailaban con las nubes, el Panadero Supremo no hablaba y reposaba misterioso sin mirar más allá de sus ojos. De momento.
En la mesa número 14.904/6U, donde un mozo gordo apilaba las bandejas, un grupo de panecillos crudos se rebeló violentamente. Enseguida fueron introducidos en un horno donde se retorcieron y gritaron hasta cocerse. Últimamente era cada vez más frecuente que los panes se resistiesen agresivamente a ser introducidos en el fuego. Los mozos estaban comenzando a tener miedo, pero ninguno se había atrevido aún a comunicar el problema al Padre Bueno, que parecía no darse cuenta de las cada vez más insistentes y virulentas revueltas de pan crudo.
En esa demoníaca noche de tormenta, uno de los mozos, quizás el más valiente, o quizás el más asustado, decidió hablar al Padre y, con los ojos hundidos en el suelo, se acercó lentamente al trono. Todos los demás dejaron su trabajo y fijaron la vista en él. Tartamudeando, como enfermo de terror, el mozo explicó el problema de los panes rebeldes, y el Panadero Supremo, sin apartar su mirada de vigilia eterna de aquel punto invisible que parecía tenerle hipnotizado, habló suavemente, dejando caer en cada sílaba exquisitas gotitas de dulzura:
— Perdonadlos. No saben lo que hacen.
Los mozos no entendieron muy bien tan enigmáticas palabras pero, convencidos de que, fuese lo que fuese, lo que el Padre Bueno había dicho era La Verdad, volvieron al trabajo. Esa fue la única noche de todos los tiempos en que los mozos oyeron hablar al Panadero Supremo sin que gritase o arrojase al fuego a los desobedientes. Aquello se recordó en la panadería durante muchas y muchas generaciones como "La Noche En Que El Padre Bueno Habló Palabras Suaves", mientras fuera se oía un extraño llanto de enconados demonios.

2 Comentarios:

Blogger ana dice...

Qué gusto que da leerle, don Miguel!!
Besosos

11:59 p. m.  
Blogger garcía argüez dice...

besos grandes, ana!!!

12:31 p. m.  

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