jueves, marzo 30, 2006

tan cerca de los surtidores

Me he detenido un momento en la gasolinera porque la moto tiene encendido el pilotito rojo de la gasofa. Ahora sí que estoy perdido. No sé que hacer. No sé a dónde ir. Es allí, con la manguera del surtidor en la mano, cuando decido llamar al Pitu. Quizás él pueda darme algún norte. Alguna pista. Alguna idea. Él debe saber ya lo que está pasando, porque seguro que ya media ciudad debe chismorrear que el Guaqui le ha dado un palo al Negro.
El tipo de la gasolinera me dice por el altavoz que está prohibido usar el teléfono móvil tan cerca de los surtidores, así que tengo que irme a un lado de la estación y llamar desde allí. Mejor, no es buena idea quedarme ahí delante de tantos coches y tantos ojos. El Pitu contesta del tirón:

—…
—Sí, sí, estoy bien, Pitu, estoy bien… bien jodido, claro.
—… —No, no han dado conmigo aún pero tengo que salir, no sé dónde esconderme
—…
—He estado en el piso, pero no están ni David ni el Gafas, es muy raro todo esto, tío… tienes que ayudarme…

Y entonces el Pitu me cuenta que él también está jodido, que a su madre le ha dado una embolia y que lleva dos días en la U.C.I., que los médicos no saben si va a salir de ésta y que él acaba de llegar a su casa, que ha pasado toda el día en el hospital y que ahora está allí su hermana. Una idea peregrina cruza fugazmente por mi cabeza:

—Oye, Pitu, ¿el David no estará allí en el hospital con Ana, no?

Y me dice que no. Que no sabe dónde estará el David pero que con su hermana seguro que no. Yo le digo que siento mucho lo de su madre y todo eso, pero que tiene que ayudarme, y le pido por favor que me deje pasar la noche en su casa y él del tirón me dice que sí, que sólo estará él, pero que mañana a primera hora tiene que volver al hospital y que Ana llegará a casa y que cuando ella llegue yo ya tendré que haberme ido porque no quiere meter en líos a su familia y menos en este momento tan jodido, con la madre muriéndose rodeada de tubos.

—Claro, tío, lo entiendo, será sólo esta noche, ya pensaré algo mañana… Voy para allá.

lunes, marzo 27, 2006

por fin ya sé lo que se siente (2)

lunes, marzo 20, 2006

por fin ya sé lo que se siente

jueves, marzo 16, 2006

la noche me sitia

La moto rueda con suavidad mientras la noche me sitia. En cada semáforo, en cada esquina, noto el oscuro escalofrío del que se siente vigilado. Llevo el casco calado hasta las orejas, en esta ciudad hay miles de motos y miles de gentes con casco, no es nada probable que alguien me reconozca, pero aun así me resulta imposible evitar sentir un miedo alucinante que me tiene la boca seca y los músculos agarrotados.
Cuando llego al piso entro por la calle de atrás. Echo el candado a la moto y, con el casco aún puesto, camino hacia la esquina. Miro disimulando. No hay nadie. Algunos niños corretean por la plaza y unos turistas sacan sus equipajes de un taxi para entrar en el hotel de enfrente. Me quito el casco y camino muy rápido hacia el portal mirando al suelo. Cruzo por delante de la portería en el momento justo en que el portero asoma la cabeza porque le ha parecido ver pasar a alguien, pero no me ve porque yo ya estoy metido en el ascensor. Mientras llego al piso cierro los ojos con fuerza deseando que el David esté en casa. Es mi única salvación. Así que cuando el ascensor cruje y abre su puerta mecánica, ya estoy con las llaves en la mano.
El piso está vacío. David no está pero lo que más me inquieta es que tampoco está el Gafas. A esta hora siempre está en casa. Siempre. La puerta de su cuarto está abierta, lo cual es más raro todavía. Pero todo el piso está vacío. Nadie. Cero. Sólo el gatito, que se me acerca a los pies con la cola erguida maullando lastimeramente. Aparta, minino. Dejo el casco sobre el sofá y trato de pensar. Todo esto es muy raro sobre todo porque todas las luces están encendidas. Es como si hubiesen salido corriendo de repente. Eso me asusta aún más.
No me doy tiempo a reflexionar mucho sobre ello porque algo me dice que salga rápidamente de aquí. Al pasar como una flecha por delante de la portería, el portero, que ahora ha estado más atento, me llama dando una voz. Pero yo me hago el sordo y salgo como una rayo a la calle. No es el momento de ponernos a hablar del alquiler. El tipo sale hasta la acera detrás de mí y me grita desde el portal.

—Oye, chaval, espera…

Pero yo ya he doblado la esquina. Entonces recuerdo que me he dejado el casco en el piso. A la mierda. No voy a volverme.
Le quito el candado a la moto y ya estoy yo rodando de nuevo por la avenida.

lunes, marzo 13, 2006

dos citas ineludibles

Atención, atención, mucha atención:

La Fundación Fernando Quiñones organiza para este martes y miércoles, en Cádiz y Chiclana respectivamente, el recital de música y poesía del grupo granadino Subdesarsur. La duración del espectáculo ronda aproximadamente los 50 minutos. La entrada será libre y gratuita hasta completar el aforo.
Subdesarsur lo componen Esteban Jusid –a la guitarra, pedalera y texturas sonoras- y Luis Melgarejo -textos, asfixia, silbato y pezuñas-.

Esteban Jusid ha sido arreglista y guitarrista en grupos de rock, tango y folklore americano a ambos lados del Atlántico. Actualmente imparte clases de guitarra española y talleres de conjunto instrumental y forma parte de Tángana Tango Trío y del grupo poético-musical La Pícara Compaña.
Luis Melgarejo obtuvo en el 2000 el XV Premio de Poesía Hiperión con el poemario titulado Libro del cepo y más recientemente, en 2005, ha sido ganador del II Premio Zaidín Javier Egea de poesía con Los poemas del bloqueo. En la actualidad imparte talleres de creación literaria y animación a la lectura y coordina actividades culturales para el área de Cultura del Ayuntamiento de la La Zubia.


“A diferencia de tanto otro tinglado en apariencia similar”, afirman los componentes del grupo, “Subdesarsur no busca desplegar un tenderete de música y poesía en ese erial de sobras conocido que el horizonte hegemónico reserva a los rituales de poesía recitativa, solemne, respetable y esencial graciosamente y qué bien amenizada por acompañamientos instrumentales que al rato acaban sonando igual que el hilo musical de las salas de espera mientras el menda de turno no deja de largar palabras y palabras y palabras hasta el aburrimiento. Con palabras como golpes, palabras compañeras, Subdesarsur propone la exploración constante de los textos desde la inmediatez ineludible de las texturas sonoras y el intercambio de saberes en ese cruce de caminos polvoriento y con ahorcados del día a día”. Subdesarsur busca asimismo “el desnorte, la conmoción, las historias calladas de las tierras presentes, el latido y la síncopa de la sangre que bulle e imantar, en definitiva, los relojes y las brújulas del corazón humano para que sienes y estómagos se embarquen hacia el sur de todos los destinos, hacia ese duro, eterno subsur solar / siempre curioseado, pisoteado / y algo así como vagamente amado por / los señores del Nor, como nos dejó dicho don Fernando de Cádiz y Quiñones, a quien Subdesarsur sisamos sin trampa y con enorme cariño”.

MUCHA ATENCiÓN

Día: Martes, 14 de marzo de 2006
Hora: 20.30
Lugar: Sala Central Lechera, de Cádiz

Día: Miércoles, 15 de marzo de 2006
Hora: 21.00
Lugar: Teatro Moderno, de Chiclana

Que nadie falte.

se acabó lo que se daba

El gran Mel. Viñetista lúcido, cuplés güenos hechos chistes gráficos. cadi. cadi... Lo sigo desde hace muchos años (¿aquel suplemento universitario del Diario de Cádiz?) cuando él sólo era un estudiante de, creo, ¿química?.
Hoy día sus trazos orondos y su ácida y tierna visión del mundo aparecen publicados en cada vez más sitios. A este señor no habrá quien lo pare. Visitar su blog con regularidad es un sanísimo ejercicio para la mente y el corazón.
A Mel corresponde, pues, poner aquí con su arte el punto y final a lo que exactamente hoy (dominguito jartible) se acaba..
Ah, y... ¡feliz carnaval 2007 a todo el mundo!


viernes, marzo 10, 2006

el beso del miedo

El resto de la semana pasa con lentitud y sin ninguna novedad.
Siento tentaciones de conectar el teléfono, quizás me llame el Pitu, extrañado de no saber nada de mí, aunque a lo peor el Negro ya ha ido a buscarlo. No quiero pensar qué pasará si esos cabrones piensan que el Pitu está conmigo en esto. No quiero ni imaginarlo.
Ahora es domingo y anochece. Tumbados en el sofá comiendo palomitas, la Viki y yo vemos una peli que me ha traído del videoclub. Entonces suena el teléfono. No es el mío. Es el de ella. Lo mira con cara de no conocer el número que marca la pantallita. Tras unos segundos de duda, responde:

—¿Sí?
— …
—¿Cómo? ¿El Guaqui? ¿Aquí? no… pero ¿quién eres?
Viki me mira con los ojos muy abiertos. Yo doy un respingo en el sofá.
—Pues no, aquí no está… ¿Cómo tienes este número?… Pues no: hace mucho que no sé nada de él.
—…
—Pues no sé, hija, no puedo ayudarte, lo siento…
— …
—Adiós.

La Viki se queda helada. Ha sido la voz de una tía.

—Oye, Guaqui, ¿tú le has dado mi teléfono a alguna tía?
—Claro que no.
—Pues era una tía preguntando si estabas aquí.
—Es alguna a la que el Negro le ha dicho que me llame, Viki, joder, aquí estoy en peligro.
—¿Qué me dices? —pregunta llevándose asustada una mano a la boca.
—Alguien ha debido relacionarnos, dios, tengo que irme de aquí.
—Pero ¿a dónde vas a ir?
—No sé, joder… no sé… mierda… tengo que pensar.

Me pongo muy nervioso. Mucho. Trato de pensar pero todo es confuso dentro de mi cabeza. De pronto decido que David es el único que puede ayudarme. Él conoce a una gente que vive en Chiclana, en una casa en el campo. Unos buenos colegas. Seguro que allí estaré más seguro. Pero es David quien tiene que hacer las gestiones. Mira, un colega que necesita pasar unos días en el campo, buen chaval, si le dejáis el sofá dormirá allí, no da problemas, es que tiene depre y necesita desconectar unos días, es muy buena gente, patatín patatán. Sí. No hay duda. David es quien tiene que sacarme de ésta. Él sabrá cómo ayudarme. Tengo que localizar a David urgentemente. Pero el David no tiene móvil. Claro: tengo que llamar al Gafas. Cojo mi teléfono y lo conecto. Tiene 29 llamadas perdidas. Llamo al Gafas para preguntarle si David está en el piso, pero el Gafas no responde. Es raro. Lo intento un par de veces. Suena la llamada pero nadie responde. El Gafas nunca está fuera de casa a esta hora. Es raro.
Entonces empiezo a vestirme.

—¿Dónde vas? —me pregunta la Viki.
—Voy al piso, a buscar al David. Él sabe cómo sacarme de ésta.
—Pero es muy peligroso. Pueden pillarte. Tu piso es el primer sitio al que irán a buscarte. No vayas, Guaqui, por favor. Te estarán esperando.
—Hace una semana sí, ahora ya no tanto. Sólo tengo que contactar con el David. Tengo que irme.
—Tengo miedo, Guaqui.
—Y yo también Viki, pero tengo que hacer algo, aquí corro peligro y quizás tú también.
—Mierda, mierda… La abrazo porque sé que realmente tiene mucho miedo.
—Déjame la moto.
—Ahí están las llaves. Por favor, llámame pronto, dime cómo va todo, tenme al corriente…
—Claro que sí.

Y entonces nos besamos. Es un beso extraño que me parece más dulce que nunca. El beso del miedo. El beso del condenado.

—Todo va a salir bien, Viki.

Y cerrándome la cazadora salgo del piso.

jueves, marzo 09, 2006

por si sale el sol

Me quiero asegurar
que mi sombrero está bien roto
y así los rayos pueden entrar en mi cabeza.

de Veneno

miércoles, marzo 08, 2006

decíamos ayer...

VIENTO DE AGUA

Llevo cuatro días y cuatro noches encerrado en casa de la Viki. Es el único sitio donde creo que de momento nadie vendrá a buscarme. Se lo he explicado todo a ella y ella, aunque se ha asustado, me ha permitido esconderme aquí. El domingo por la noche y el lunes durante todo el día, el Negro no ha dejado de llamarme al teléfono y no le he contestado ni una vez. Así que decidí desconectarlo. Deben de estar poniendo patas arriba toda la ciudad preguntando por mí. Ni pastis ni dinero ni nada. Pensarán que les he dado el gran palo y que me he quitado de en medio con el dinero o con las pirulas. No quiero ni imaginarme su cara.
Apenas duermo. Sólo ayer a media mañana logré pegar ojo durante dos o tres horas. La Viki, cuando viene del trabajo, trae unas pizzas o algunas bandejas del restaurante chino de la Avenida y entonces como algo. Pero la verdad es que me parece estar viviendo una pesadilla de la que jamás voy a salir. Me paso todo el día mirando la tele solo en el piso, tirado en el sofá, cambiando de canal sin ver nada y dándole vueltas a la olla. A veces miro por la ventana y, al caer la tarde, veo cómo se encienden las luces navideñas que anuncian la inminente llegada de las fiestas.
He tratado de imaginar dónde habrán ido a parar finalmente las pastillas. La misma noche en que las perdí volví desesperado a Conil en taxi tratando de recorrer paso tras paso todo lo que hice, con la estúpida esperanza de encontrarlas en la calle o en algún sitio. Mirando de lejos las luces encendidas del cuartel tuve la certeza de que aquel picoleto jovencito las descubrió y se las quedó. Era un botín goloso y fácil para un picolo corrupto. Y estos jovencitos son los peores. Contarle esto al Negro y esperar que el Negro se lo trague es una tontería. ¿Cómo explicárselo todo, si cuando recuerdo lo que me pasó hasta a mí me cuesta trabajo creer que me haya ocurrido de verdad?
Miro por la ventana y veo ahí debajo la gente pasando, y los coches, y las madres que recogen a sus niños del colegio, todos ajenos a mi pesadilla.
La ciudad crispa su piel de erizo.
Viento de agua.