martes, diciembre 27, 2005

duda existencial

Tengo una terrible duda que me inquieta y me reconcome desde hace años. A ver si vosotros me ayudáis a resolverla:
¿qué disco de Barón Rojo es mejor "Volumen brutal" o "Metalmorfosis"?
Argumenten y ayúdenme, por favor, que vivo sin vivir en mí...

lunes, diciembre 26, 2005

apartad vuestras sucias manos de diembre

Al caer la tarde y cernirnos la noche, así tan temprano en estas fechas del invierno abisal, el centro de la ciudad parece que se hace de confeti helado. Luces navideñas guiñan al mundo. Los comercios abren sus escaparates luminosos como los reclamos terribles de una planta carnívora. La calle se puebla de gente encerrada en armaduras de lana. Las bufandas cercan las gargantas. Y los guantes los dedos. Y los abrigos más espesos y maternales nuestros cuerpos frágiles.
El aliento mineral de diciembre, la música helada de las esferas, el frío del espacio exterior, llueve sobre nosotros. Las aceras y las narices de los encogidos transeúntes están frías. Los escáners de los códigos de barras y las tarjetas de los cajeros automáticos, calientes. Nubecillas sin forma aletean frente a las bocas de la gente. Guirnaldas de luz con formas estrambóticas y ñoñas coronan las fachadas. Resplandecen árboles en las avenidas como una bandada de luciérnagas sincronizadas y absurdas. Pasan coches y por todos sitios suenan ridículas cancioncillas . En las grandes superficies comerciales, guirnaldas de colores hacen felices a los niños, Papa Noel bebe Red-bull y el espíritu de las pascuas, la cara verdadera del monstruo, sonríe con complacencia. Hay un alma en pena gimiendo en cada arbolito de navidad. Portales de Belén crujen bajo lunas de papel de plata. Esta noche, la Estrella de Oriente se encuentra fuera de cobertura.
Pero algún día llegará una carne caliente y verdadera que fundirá toda la nieve artificial en los cristales, derretirá el hielo de nuestras narices tristes, cortocircuitará las guirnaldas de colores y sus guiños de sirena, nos hará olvidar los precios de las cosas y el número secreto de nuestra tarjeta.
Algún día, los mercachifles del papel de regalo y del espíritu navideño desparecerán y entonces veremos que si estas fechas son real y verdaderamente hermosas es porque estamos en el pozo más hondo y telúrico de diciembre. Invierno químicamente puro. El sol frío y la noche helada. Fuego, casa, compañía y calcetines de algodón. Hibernar con los ojos abiertos. Eso es diciembre.
Eso y no estas fiestas falsas y extrañas.
Que no nos engañen más.

jueves, diciembre 22, 2005

y otra más...

Atención: El jueves 'la palabra itinerante' intervendrá en el mercadillo del jueves en la c/ feria (sevilla). participaremos en el marco del encuentro artístico "intervenciones en jueves", en el que concurren un buen puñado de creadores.
como sabeis muchos, el mercadillo es una antiquísima institución informal del encuentro entre las gentes y una fuente de sabiduría cultural, sociológica y etnográfica. nuestra "obra" para la ocasión será intentar que esa mañana una inmobiliaria se convierta en una zona temporalmente autónoma , en un espacio ocupado por la poesía. los poemas que se expondrán en esta galería por un día tratarán del concepto de hogar, habitabilidad, propiedad... y procurarán, en lo que alcance su vuelo, ofrecer discursos cuestionadores y en resistencia.

martes, diciembre 20, 2005

y otra cita más...

M A R T E S 2 0 D E D I C I E M B R E
POESÍA DE VIVA VOZ en LA CARBONERÍA (Sevilla)
Pedro del Pozo, José María Gómez Valero y Miguel Ángel García Argüez
presentarán, el martes 20 de diciembre, a las 20.30 horas,
sus últimos libros publicados:
“Todas las puertas abiertas” (Libros de la Herida, Sevilla, 2005),
“Travesía encendida” (Vitruvio, Madrid, 2005)
“Cambio de agujas” (Diputación de Cádiz, 2005)
Intervendrá de inicio el escritor y periodista Juan Antonio Bermúdez.
Martes 20 de diciembre, 20.30 horas.
La Carbonería (c/ Levíes 18, Sevilla).

la aventura más alucinante del mundo

En el pequeño despacho de la entrada, una pequeña oficina con unas mesas y un ordenador, está precisamente el tipo que me ha traído en el coche. No el parlanchín, sino el otro. El jovencito. Me ve entrar y me dice:

− Hombre, el despistado de la mochila. ¿Vienes a buscarla, no?
− Sí, se me olvidó, hay que ver, tengo la cabeza a las cuatro de la tarde, jejeje –río nervisamente.
− Estaba a punto de mirar por si había una cartera o un carnet o algo para localizarte.
− Pues no hay nada, sólo ropa sucia – nada más decir eso me arrepiento.

El tipo me lanza la mochila desde el otro lado de una de las mesas.

− Toma, y ten cuidado. La próxima vez puede que tengas menos suerte.

Me ha parecido notar un extraño matiz en la forma en que me ha dicho esa frase e incluso la media sonrisa que esboza me ha parecido sumamente siniestra. De todas formas, no me quedo mucho tiempo allí pensando sobre ello.
Doy las gracias, digo que estoy a punto de perder el autobús y salgo de allí por patas.

Quedan apenas tres minutos para que salga el autobús, así que con al mochila a la espalda bajo corriendo hacia la parada. Cuando llego jadeando la puerta está ya cerrándose, pero el conductor se apiada de mí y la abre. Entro de dos zancadas y, dándole las gracias, pago el billete. Camino hacia el fondo un poco asfixiado de la caminata. Incuso tengo un poco de calor. Vaya carrera he pegado para llegar a tiempo. Pero cuando me siento en el asiento y respiro con profundidad vuelvo a sentir la dicha colmando mi pecho. Ahora estoy mucho más tranquilo. Me parece estar viviendo la aventura más alucinante del mundo. Cuando cuente todo esto a los colegas nos vamos a descojonar. Tengo una historia fabulosa que quizás algún día, cuando sea viejo, contaré a mis hijos y a mis nietos.
Vaya aventura.
Lo importante es que todo está en su sitio Estoy a salvo en el autobús y tengo conmigo las pastis.
Agarro la mochila y la abro para besarlas.
Ahora sí que el corazón se me sale del pecho.
Sólo hay ropa sucia.
Nada más.

viernes, diciembre 16, 2005

como alma que lleva el diablo

Debo sentarme en la acera porque creo que estoy a punto de desmayarme. No puedo creer lo que debo creer. Nunca debí meterme en este lío. Dios. Me he dejado dos mil pastillas que no son mías en el asiento de atrás de un vehículo policial. Trato de calmarme. Que no cunda el pánico. Quizás aún estoy a tiempo. Si corro hacia el cuartel y aún no se han dado cuenta a lo mejor me la devuelvan. No hay tiempo que perder. Pregunto a una chica que pasa por dónde cae el Cuartel de la Guardia Civil y ella me lo indica. Afortunadamente está aquí cerca, subiendo esta cuesta lo veré a la derecha. Corro hacia allá como alma que lleva el diablo.
A la puerta del Cuartel siento otro ataque de pánico. A lo mejor ya han visto la mochila y quizás hayan curioseado dentro buscando mis señas y si es así fijo que han encontrado las pastillas. Me detengo por un momento. A lo mejor entro y ya no salgo de allí, a lo mejor estoy cometiendo el error más grande de mi vida volviendo a la boca del lobo. Pienso mejor en salir corriendo y no tentar la suerte. Pero ¿qué le explico al Negro? ¿Cómo voy a volver y decirle que me he dejado cuatro mil euros en pastis en el coche de los picolos? No se lo iba a creer ni muerto. La imagen de su pistola negra metida en la boca de aquel tipo y la imagen de los ojos de aquel mismo tipo atado a la silla pasan con obstinación por mi cabeza. Si pierdo la mochila las llevo claras con el Negro. Si entro y me descubren los picolos, no quiero ni pensarlo.
Tres segundos más de dudas y, tomando una bocanada nerviosa de aire, entro en el cuartel.

jueves, diciembre 15, 2005

las cabañuelas

El coche para a mi altura. Tengo el corazón a mil y parece como si la mochila me quemara en el hombro. Abre un poco la ventanilla y un picoleto me dice:

— ¿Vas para Conil, chaval?
— Sí —tartamudeo con una cortina de agua cayéndome sobree los ojos. ­
— Anda. Sube detrás….

Dios, no lo puedo creer. Estoy metido en un furgón de los Civiles con una mochila llena de pastillas en mi hombro. Ya en marcha, el que va de copiloto me pregunta:

− ¿Cómo vas por aquí, con la que está cayendo?
− Es que perdí el último autobús en los Caños y voy a Conil, a coger uno que sale más tarde.
− ¿Vives por aquí?
− No, soy de Cádiz, es que he venido a ver a mi novia que vive en los Caños.

Aquello se va a convertir en un interrogatorio. Estoy respondiendo sin pensar mucho y creo que aparento normalidad. De momento no se dan cuenta de que el corazón está a punto de salírseme por la garganta. De todas formas parecen amables, al menos el que habla conmigo. Debe tener más de cincuenta tacos, un picolo con solera, y aunque no lleva bigote, debiera llevarlo. El otro es uno de esos jovencitos que no abre la boca para nada mientras conduce. Me ha mirado la mochila de reojo pero no ha dicho nada. Me da mal rollo. Se hace un silencio tenso y el sonido del limpiaparabrisas apartando la lluvia del cristal me parece especialmente siniestro, así que decido hablar un poco:

− Menos mal que me han parado ustedes, porque la lluvia me ha pillado en mitad de ningún sitio.
− Sí, suerte has tenido de que vayamos ya para Conil. Hemos acabado el turno. Vamos para el cuartel.
− ¿Han tenido un buen servicio?
− Sí, ahora en invierno esto es tranquilito, es en verano cuando hay más jaleo, más gente y más problemas. Porque por esta zona se mueve mucha droga, pero mucha, mucha. Pero ahora en invierno la cosa está más tranquilita….

No sé si este tipo es tonto del culo o si realmente está tratando de ponerme nervioso. Rápidamente cambio el tema de la conversación y empezamos a hablar del tiempo lluvioso que estamos teniendo, que vamos atener unas navidades pasaditas por agua. El tío dice que ya sabía desde hace mucho que nos iba a llover en las pascuas y empieza a hablarme de una cosa que se llama las cabañuelas o algo así, y yo muestro interés y le pregunto qué es eso, no porque realmente me interese una mierda sino porque así me calmo un poco y trato de disimular el ataque al corazón que está a punto de darme. Así que mientras un Guardia Civil parlanchín me explica algo sobre la predicción meteorológica de un año completo partiendo del tiempo que haga en la primera mitad de agosto del año anterior, yo trato de calmar el centrifugado de ideas que se retuercen en mi cabeza. Yo hago como que todo aquello me paree asombroso y así, entre gilipollez y gilipollez, llegamos a Conil.
Me dejan donde para el autobús y yo les doy efusivamente las gracias. Cuando veo el coche alejarse camino del cuartel respiro con hondura y pienso que me voy a partir de la risa cuando le cuente esto al David o a alguien. Soy el hombre más libre del mudo y una sensación de triunfo colma mi pecho. Ha dejado de llover. Aún queda un rato para que salga el autobús.
Todo está saliendo de puta madre.
Y es entonces cuando, horrorizado, me doy cuenta de que me he dejado la mochila dentro del coche de los picolos.

domingo, diciembre 11, 2005

las luces azules

Inicio, resignado, el camino hacia las luces de Conil. Ni los árboles me parecen ya tan hermosos, ni las chumberas tan especiales. Mierda. Si pasase al menos un coche, quizás podría acercarme hasta la estación de autobuses, pero por allí no pasa nadie. La carretera está absolutamente vacía. No se oye nada salvo el viento y los grillos. Las sombras me comienzan a cercar. Me siento ridículo. De qué estúpida manera pueden torcerse las cosas.
El viento mueve las copas de los eucaliptos. Las nubes oscuras se ponen en movimiento. Por un instante, pienso en la posibilidad de que se ponga otra vez a llover. No. No creo. Sería el colmo de la mala suerte. Allí en medio de la nada, bajo una cortina de agua. Ni siquiera me he traído el chubasquero. Sé que ha sido una imprudencia, pero, en realidad ahora no puede ponerse a llover ¿verdad? sería demasiado ridículo. No es posible.
Así que, lógicamente, empieza a llover.
Lo que comienza siendo un suave aguacero no tarda en arreciar hasta ser un pequeño diluvio. Grito bajo la lluvia maldiciones sin nombre. Me irrito hasta la cólera. Luego decido calmarme. No hay nada que hacer. Las cosas han salido todo lo mal que podían salir. No hay nada que hacer. Continúo caminando. Cada vez llueve más fuerte. Cuando ya he asumido que por aquella carretera no va a pasar nadie, oigo a mi espalda el ruido de un coche.
Dios. Por fin.
Seguro que no puede pasar de largo. Esta lluvia, esta hora, este sitio. Se apiadará de mí, me digo a mí mismo en una centesimacentésima de segundo. Automáticamente, sin volverme siquiera, saco la mano en señal de autostop.
Entonces el corazón me da un vuelco porque veo las luces azules.
Cuando comprendo que estoy pidiendo ayuda a un todoterreno de la Guardia Civil es ya demasiado tarde.

la agenda sigue ardiendo

Atención:
Recital de los poetas Luis Melgarejo, Pedro del Pozo, José María Gómez Valero y éste su seguro servidor Miguel Ángel García Argüez, que presentarán sus últimos libros publicados, que son, respectivamente:

Los poemas del bloqueo, (Ayuntamiento de Granada, Granada, 2005; II Premio Zaidín-Javier Egea),
Todas las puertas abiertas, (Libros de la Herida, Sevilla, 2005),
Travesía encendida, (Vitruvio, Madrid, 2005) y
Cambio de agujas, (Diputación de Cádiz, Cádiz, 2005)

Presentará el escritor David Eloy Rodríguez.

Miércoles 14 de diciembre
21.30 horas.

en Café-Libros Anaïs
c/ Buensuceso, 13
Granada



Luis Melgarejo es autor de Libro del Cepo (Hiperión, Madrid, 2000), título que le valió el XV Premio de Poesía Hiperión y Los poemas del bloqueo, libro que ahora presenta y que ha recibido en 2005 el premio Zaidín Javier Egea de poesía. Ha sido antologado en Nuevas voces de la literatura en Granada (Los Papeles de la Cuadra, Granada, 1998), Un siglo de sonetos en español (Hiperión, Madrid, 2000), 25 poetas jóvenes españoles (Hiperión, 2003) y Andalucía Poesía Joven (Plurabelle, 2004) entre otros. Junto al guitarrista Esteban Jusid saca adelante Subdesarsur, música y poesía.

Pedro del Pozo. Nacido en 1971 en Sevilla, es licenciado en química y profesor de secundaria. Todas las puertas abiertas es su primer libro y aparece en Libros de la Herida, un nuevo proyecto editorial independiente andaluz centrado en la difusión de poéticas para pensar el mundo, palabras que cuenten la herida abierta del vivir, su horror y su milagro.

José María Gómez Valero. Nacido en Sevilla en 1976, es autor también de los libros de poemas: Miénteme y El libro de los simulacros. Como poeta, su obra ha sido premiada, entre otros, en: Certamen Nacional Ciudad de Móstoles, Premio Internacional Surcos, Ciudad de Lepe, Fernando Quiñones, Andrés García Madrid y en el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Mérida "Martín Romero" con este último libro que ahora presenta: Travesía encendida. Es componente del ‘Circo de la Palabra Itinerante’, grupo que anuda en sus composiciones música y palabra poética.



Los cuatro autores y el presentador (... ¡jejeje, vaya expedición!) forman parte del colectivo ‘La Palabra Itinerante’, con el que traman y realizan diversas propuestas de creación y agitación artística y de acción social.

lunes, diciembre 05, 2005

días bajo el puente

Bandada amiga:
Estaré unos días fuera. No sé si podré acudir a nuestras citas blogueras.
Así que, queridísima gente, quizás ya no nos veamos hasta la semana que viene.
Un breve descanso... pero al volver ¡pasaremos lista!
Hasta entonces os dejo con este enternecedor sonetazo del gran Luis Felipe. Besos.

Soneto de invierno

Ahora que es el tiempo de las lluvias

y apetece tomar caldo caliente,
¿qué mejor que sentar a buena gente
en casa, alrededor de unas alubias?

Y cuando digo alubias digo callos,
como digo garbazos o lentejas;
si estamos con amigos o en pareja,
hasta -casi- da igual que sepa a rayos.

Conviene acompañar nuestro potaje
con vino, y ofrecer luego una copa
de un rico pacharán que nos relaje.

Con amigos seremos muy felices.
En pareja, quitándonos la ropa,
tomaremos un postre de perdices.

de Luis Felipe Blasco Vilches

metiendo colillas pisoteadas dentro de una botella de kronenburg

El tipo se acerca a la barra y de debajo saca una coctelera enorme. La abre y saca dos bolsas. Las pone sobre la mesa. Son pastillas. Muchas pastillas. Rosadas. Las conozco bien, pero me intento hacer el interesante:

− ¿Son las mismas de las otras veces?
− Joder, ¿pero dónde te crees que estás? ¿En la puta puerta de un instituto? Estás en mi bar, tío, soy el Chan y el Negro sabe que lo que le paso es bueno, joder…

Parece que se ha molestado. Y se llama Chan. Me está mirando a los ojos con cara de mala leche. Yo aparto la vista y miro a la niña, sentada en el suelo, metiendo colillas pisoteadas dentro de una botella de Kronenburg.

− Tranquilo, sólo quería asegurarme.
− Tú no tienes que asegurarte de nada. Tú eres un mandado. El Negro sabe que lo que le paso es bueno, joder, ¿eres pipiolo, verdad?
− ¿Cómo?
− Que es la primera vez que haces esto ¿no?

La pregunta, así directa a mi cara, me desconcierta, incuso me molesta, casi me ofende, pero es verdad y decido no mentir.

− Bueno… sí.
− Te lo he olido desde que llegué. Pues mira, deja de hacerte el chulito mejor. En estos casos lo mejor es que sueltes la pasta, pilles las bolsas y pocas palabras. El Chan pilla el sobre y cuenta los billetes.

Yo agarro las dos bolsas y cuando las estoy metiendo de la mochila, debajo de una ropa sucia que he traído para disimular, me atrevo a decirle:

− Yo no las cuento porque están todas ¿verdad? ­
− Claro. El Negro sabe que soy legal. Están todas las que hablamos. Ni una más ni una menos.

El Chan se guarda el fajo de billetes en un bolsillo y agarra a la niña de un brazo.

− Venga, Susanita, se terminó el juego. Vámonos para casa.

La pobre niñita no protesta. Se deja arrancar de su juego resignada y silenciosa. Se ve que aquella criaturita está acostumbrada a obedecer. Salimos. El tiempo está que ni llueve ni deja de amenazar lluvia. Cuando el Chan está cerrando la reja del bar le pregunto si sabe a qué hora puedo pillar un autobús de vuelta

− Chungo. A las siete fue el último. ­
− Joder. No me digas… ¿y qué coño hago yo ahora?
− Mira, yo voy para Conil. Allí creo que sale uno más tarde que igual todavía te da tiempo a cogerlo. Si quieres te acerco.

Realmente no me apetece nada meterme en el coche con este cabrón ni tener que darle charla ni que me siga chuleando de la manera en que lo está haciendo, pero si no hay autobuses ya desde aquí, creo que tengo un pequeño gran problema. Por eso, ante su ofrecimiento, le digo:

− Hostias, sería cojonudo, me echarías un cablazo.
− Pues sube.

Y allá que vamos, aquel tipo charlando y yo de copiloto sin oír nada de lo que me dice, mirando por la ventanilla el paisaje de acebuches oscuros, chumberas espinosas y eucaliptos erguidos que bordean esta estrecha carretera.
Vuelvo a pensar que es realmente un hermoso paisaje el de esta parte de la costa. La niña va detrás muy calladita y yo lo que más deseo es llegar a casa y darle esta puta mochila al Negro porque ahora soy yo quien se la juega si me pillan.
De repente le suena el móvil y sin dejar de conducir contesta. No sé con quién ha hablado, pero la conversación ha sido corta y acaba de poner cara de contrariedad. Entonces suelta le teléfono y mirando por el retrovisor me dice:

− Mira, chaval, me ha surgido un imprevisto y tengo que volver a los Caños. Así que vas a tener que bajarte aquí.
− ¿Cómo has dicho? -digo convencido de que no le he oído bien y de que no ha dicho lo que me parece que ha dicho…
− Que tengo que volver, que te quedas aquí, lo siento…

Pues sí. Sí que lo había oído bien. Y entonces detiene el coche esperando a que yo salga.

− ¿Pero me vas a dejar aquí en medio?
− Tengo que volver con la niña. Sigue andando un poco y no tardarás en llegar. De todas formas por aquí pasan muchos coches, si haces dedo alguno te va a parar.

No puedo creerme que lo que aquel tipo me está planteando sea cierto: me va a dejar aquí, en mitad de ninguna parte, con esta mochila cargada de pastillas…

− Venga, que tengo prisa…

Así que de repente me encuentro allí, de pie en el borde de una agrietada carretera sin arcén, viendo con estupefacción cómo aquel tipo da la vuelta en un par de maniobras. Mientras oigo los guijarros crujir bajo sus ruedas, la niña me sonríe al otro lado del cristal. Luego me saca la lengua y veo cómo se aleja.
Y allí me quedo solo y desamparado mientras comienzan a lo lejos a encenderse luces. Hay grillos cantando entre las sombras. Se hace de noche muy deprisa. Está claro que tendré que caminar. Llevo la mochila en un hombro y el corazón en la suela de lo zapatos.
Dios. Estoy solo. Estoy perdido. Estoy enmarronado.
No lo puedo creer.


sábado, diciembre 03, 2005

cuatro mil euros

El tipo llega a las seis y media de la tarde. Yo ya no sabía qué hacer cuando he visto que un coche aparcaba justo frente al bar y se ha bajado de él alguien con un manojo de llaves caminando hacia el bar. El corazón se me acelera. Es él. Joder. No puedo creérmelo. Me acerco hasta él y es entonces cuando caigo en que no sé cómo se llama. El Negro no me lo dijo. Supongo que no será importante. Cuando llego a su altura veo que dentro del coche hay una niña pequeña, de unos cuatro o cinco añitos. Ella me mira con su carita de cielo desde el otro lado del cristal. Le sacó la lengua y ella me hace lo mismo. El tipo me mira de arriba abajo.
− ¿Tú eres el que viene de parte de Negro?’
− Sí
− ¿Y él?
− No ha podido venir. Me ha mandado a mí.
− ¿Lo traes todo?
− Claro –le respondo tratado de aparentar serenidad, seguridad, no sé, todo lo contrario al huracán de nervios que me agita las vísceras.
− Vamos dentro.
Saca a la niña del coche, abre las rejas de la puerta y entramos. Huele a sucio, como si la última vez que el bar estuvo funcionando no se hubiera limpiado. Hay colillas y servilletas de papel por el suelo. La barra está llena de vasos sucios y botellines vacíos.
− Venga, a jugar por ahí… - le dice a la niñita.
Ella se pone a curiosear entre las mesas mirándolo todo con esos ojos abiertos que la infancia más temprana tiene delante de cualquier cosa.
− Mira qué desorden, joder -me dice el tipo-, la vieja que limpia esto debía haber venido ayer, joder, pero por lo visto no ha aparecido. Cuando la coja se va a enterar, puta vieja de mierda…
Retira unas sillas de una mesa y me dice que me siente. La niña está sentada en el suelo y empieza a jugar con unas colillas pisadas. Él se queda de pie y entra detrás de la barra
− ¿Una cerveza?
− Sí, gracias.
− ¿Llevas mucho esperando?
− Desde esta mañana. El Negro me dijo que ibas a estar por aquí a mitad de la mañana y yo…
− El cabrón del Negro no se entera de nada. Le dije a mitad de la tarde… de la tarde… ¿Cómo voy a estar aquí por la mañana? El Negro sabe de sobra que por la mañana estoy currando. Joder. Que yo soy un hombre serio, no como él. Será capullo… -dice acercándome un botellín- Además, por la mañana, si vengo, la puta de mi mujer se mosquea ¿sabes? Ella cree que ya he dejado de pasar, me pillaron de marrón ¿sabes? Me libré por los pelos, porque mi cuñado es un buen abogado, pero mi mujer me hizo jurar que nunca mais ¿entiendes? Ahora ella está currando en el hospital y es cuando yo me quedo con la niña y puedo escaquearme un rato para hacerme los bisnes…
− ¿Es tu hija?
− Eso dice mi parienta
− ¿Qué edad tiene?
− Cinco.
− Es muy guapa.
− Sí, pues espérate a que tenga catorce… Bueno ¿traes los billetes?
− Sí.
De la mochila que traigo para la ocasión saco el sobre con los billetes.
Cuatro mil euros.
40 billetes de 100.