lunes, octubre 31, 2005

camino del purgatorio

Vistas desde aquí, las luces cadavéricas y amarillas de las grúas de Astilleros tiritan en las aguas negras de la bahía y allí, al fondo, relucen los faros de los coches atravesando el puente en mitad de la noche. Me gusta venir aquí a estas horas. Estos viejos solares abandonados en otros tiempos fueron un hervidero de máquinas y una encendida colmena de trasiego obrero. Hoy, el abandono se extiende como una gangrena sobre los terrenos de la moribunda industria naval de esta ciudad.
El Pitu y yo atravesamos las vallas metálicas llenas de alambres y agujeros, desfilamos bajo rotas farolas sin luz ni cristales, pasamos por entre estos contenedores oxidados donde crían las ratas, pisamos sobre el hormigón ajado por cuyas grietas estiran sus pescuezos hierbajos alargados y resecos. Aquí, a esta horas de la noche, desde esta vieja grúa, puede verse una visión espectral de este mar, negro e invisible, pero cercano y oloroso. Ahí debajo vienen a morir espesas olas lentas. Mientras el Pitu se lía el porro de antes de irnos a dormir, yo lanzo trozos de cristales rotos hacia el mar negro que gime ahí debajo. La negrura se traga el cristal y luego suena un plop acuoso y siniestro. Sin que me lo espere, el Pitu me pregunta a bocajarro:
− Oye, Guaqui ¿tú eres feliz?
− Pero ¿qué carajo de pregunta es esa, tío?
− Venga ya dime ¿eres feliz o no?
− Yo qué sé… feliz… supongo que sí o a lo mejor no, no sé…
− ¿Qué es para ti la felicidad, Guaqui?
− Tío, pero ¿Qué coño te pasa esta noche? ¿Qué preguntas son esas?
− Venga dime ¿qué es para ti ser feliz?
− Yo qué sé, tener billetes, yo qué sé, follar mucho, no sé… mira, no me comas la olla con esas paranoias…
− Es que creo que yo he descubierto qué es para mí la felicidad…
Está claro que el Pitu necesita decirme algo, pero yo no tengo ganas de mantener aquella estúpida conversación. Me quedo callado un rato mientras sigo tirando guijarros al abismo sin fondo de la negrura. Las olas mantienen extrañas conversaciones con las arenas de la orilla. La bahía resuella adormilada y a lo lejos las luces de los coches que se alejan por la autovía parecen almas en pena camino del purgatorio. Entonces siento un poco de lástima por aquel niñato y me levanto a mear y mientras lo hago de espaldas sobre aquellas vallas retorcidas y oxidadas, noto un viento largo que presagia lluvia. Entonces pregunto al Pitu sin mirarle:
− Bueno, señor filósofo, y qué coño es para ti la felicidad.
Y oigo como me dice:
− Para mí la felicidad es que mi madre se muera.


La narración continúa aquí

el mundo roto (10)

viernes, octubre 28, 2005

dobermans


Hay algo que estos días me ha llamado mucho la atención en mis paseos por las calles céntricas de Linares: la asombrosa cantidad de policía. Y no me refiero a municipales regulando el tráfico, sino a esos siniestros esbirros con botas negras, mono azul y furgón oscuro. Vas tan tranquilo por la calle y, de pronto, tres o cuatro furgones cruzan seguidos delante de uno. No recuerdo haber visto tantas perreras móviles juntas desde la contracumbre en Sevilla, cuando la ciudad fue literalmente tomada por las llamadas fuerzas de orden público. Juana, la señora que regenta la pensión donde me hospedo, me lo explicó: al parecer se están celebrando aquí unos cursos nacionales o algo así, con maderos de todo el país reunidos, por lo que esta espeluznante concentración de trolls no es, afortunadamente, habitual.
De todas formas, lo que quiero contaros es que hoy, en la pensión, al salir de la ducha he descubierto que el tipo que está alojado en la habitación contigua es uno de ellos. Sobre la mesita de la entrada he visto un taco de fotocopias y, movido por mi insana curiosidad hacia todo lo que sea letra escrita, no he podido evitar ojearlas. Se trataba de un tema del temario de unas oposiciones para la U.I.P (que no significa United International Pictures sino Unidad de Intervención Policial). Son esa siniestra infantería a la que tantas veces he visto reprimir con saña las manifestaciones de los obreros de Astilleros, disparando bolas y botes de humo o que ha cercado como dobermans adiestrados, por ejemplo, las concentraciones contra la guerra.
He ido mirando página a página aquellos apuntes y me he deshecho. En ese tema se explicaban detalladamente y sin rubor (y con fotos incluidas) implacables tácticas para acorralar al "enemigo", maniobras para disolver a una muchedumbre, cómo usar el escudo en defensa y en ataque, diversas posiciones de enfrentamiento, cómo utilizar eficazmente las armas "disuasorias" (escopetas, porras, gases...), hasta cómo esconder las armas para que el "enemigo"crea que no estás armado y pillarlo desprevenido. Yo pasaba las fotocopias y, en mi inocente ingenuidad, no daba crédito a lo que veía.
Luego he salido a la calle. El cielo estaba gris y llovía. He mirado a la gente caminar refugiada en sus paraguas y de pronto me he puesto muy triste.

jueves, octubre 27, 2005

una cita de memoria

Siempre estoy subido en un árbol.
Todo el mundo pasa debajo.
Dicen: Hey, qué tal te va?
todo bien, todo va
y aunque a veces me va mal
todo bien
todo va...

de El hombre burbuja

martes, octubre 25, 2005

on the road again

Querida gente:
Como ya adelanté en algún comentario anterior, esta semana estaré en la pequeña y bonita ciudad de Linares, en Jaén, enfrascado en un taller de narrativa en la biblioteca.
Esta ciudad es un lugar animoso y vivo. Estoy en una pequeña pensión de este casco antiguo donde aún resuenan con claridad los ecos de un pasado nobiliario por entre fachadas y edificios. El pequeño centro urbano, con sus calles peatonales y sus anchas aceras, es un agradable sitio por el que deambular sin rumbo.


Para colmo, el gran David Eloy, que estuvo por aquí hace cosa de un año impartiendo un curso de poesía, ha dejado un rastro de cariñitos y complicidades que ahora yo me encuentro a cada paso. Así que será una buena semana.
Eso sí (y para eso este post): ya os adelanto que hasta que no regrese a casa la semana que viene no podré adelantar nada de "Los gatos". De todas formas, esta vez tengo el acceso a la red más fácil que cuando estuvimos en La Puebla de Guzmán (¿recordáis?) así que estaré atento a la familia bloguera e iré dejando alguna constancia de este periplo linarense.
Besos para to el mundo.

viernes, octubre 21, 2005

nadie puede pedirme ahora que no eche a volar

Cuando regresa el Gafas de ajustar las cuentas con el portero, yo estoy mirando la tele y paladeando este plácido porro hogareño. Le pregunto por qué no está en clase. — Los estudiantes están de huelga.

— ¿Y eso?
— ¡Qué se yo! Ni idea. Sólo sé que han cortado las clases y que hoy iban a manifestarse frente al Rectorado.
— ¿Y no sabes por qué ni qué piden?
— Pues no sé.

Mira que es tonto este tipo. Doy una calada profunda y le digo:

— Joder, Gafas, ¿pero qué clase de estudiante eres que no sabes ni por qué están de huelga en tu puta facultad?
— Pues no lo sé. Ni me importa. He aprovechado lo de la huelga para venirme a estudiar.
— Qué fatiga de tío, vaya un empollón de mierda…

Sé que le duele que le hable así, pero no protesta. Sólo me mira, luego baja la cabeza y se mete en su cuarto. Antes de que cierre la puerta le digo:

— ¿Dónde está el David?
— No sé, salió esta mañana.
— ¿Temprano?
— Sí, temprano.
— ¿A currar?
— No, creo que se ha quedado parado.
— Joder, lo que le faltaba.
— Sí.

El David en paro, sin Ana y agarrado a un vaso largo. Mal asunto. Muy mal asunto. De pronto me doy cuenta de que no quiero estar en el piso. Y es cierto que tenía ganas de volver a casa, de estar en este viejo sofá y de mirar esta vieja televisión. Pero sólo de imaginarme cómo debe estar el David con la recaída se me quitan las ganas de pasar unos días de convivencia con él. Y este tonto del Gafas no es tampoco el compañero que necesito en estos extraños momentos de mi vida. No hace mucho, David era mi mejor amigo, de hecho nunca ha dejado de serlo: mi compañero de fatigas, mi gran consejero, el tío que iba, sin él mismo saberlo, guiando mis pasos y mis decisiones. ¿Cuánto llevamos compartiendo piso? Yo desde que me fui de casa, hace ya ¿cinco, seis años? Hemos pasado muchas cosas juntos, incluso rachas de pobreza extrema, los dos sin un puto duro, robando latas en el super y pasando costo barato en los momentos más chungos. David es realmente un viejo compi de batallas. Pero ya he pasado junto a él algunas de estas terribles rachas suyas, cuando se convierte en un patán borracho, en uno de esos alcohólicos no anónimos del que acaban huyendo hasta sus más cariñosos amigos. La última vez casi tocó fondo y desde entonces creo que ha sido la presencia de Ana a su lado la que ha ido marcando sus altibajos. No sé por qué carajo la Ana no se queda con él y deja de joder la marrana con su novio pijo. Y ahora parece que estamos de nuevo en temporada de huracanes. Ana volvió a irse hace ya unos meses y ahora, para colmo, resulta que ha perdido el curro. Maldita sea. David va a estrellarse fijo. Y yo no quiero ahora estar cerca. No quiero y no puedo. Las cosas han cambiado también para mí: creo que se avecinan tiempos nuevos. Haber conocido al Negro va a cambiarlo todo. A pesar de la zozobra, creo que estoy viviendo momentos de cambio. No puedo ahora estar al lado de un borracho autodestructivo como el David, y aún menos cuando las cosas le van como le van. No puedo. Nadie puede pedirme ahora que no eche a volar. Creo que no estaría mal irme planteando dejar de una vez este piso.
En cosas así voy enredándome el pensamiento cuando el Gafas me dice:

− ¿Te quedas esta semana por aquí o sólo vienes de paso?
− ¿Y a ti qué te importa? – no puedo evitar ser despiadado con un pobre diablo como el Gafas. Se queda callado, le ha jodido mi respuesta, incluso unos chispazos de remordimiento me pinchan el pecho por tratarlo así, pero es que es tan tonto que se lo merece. Me levanto para meterme en la ducha y le respondo sin mirarlo.

− No. Vengo recoger algo de ropa. Dormiré fuera estos días. Estoy muy liado.
− ¿Liado? No me lo puedo creer ¿Estás trabajando?

Y cerrando la puerta del baño le digo:

− ¿Y a ti qué te importa?

martes, octubre 18, 2005

el mundo roto (9)

el efecto de la casa verde

No lo esperaba pero, al abrir la puerta, el Gafas está en casa y no en clase. No es normal verlo a aquí un lunes por la mañana. Supongo que estará estudiando y aun así me extraña que un puto empollón como él falte a clase. De todas formas, no sé quién se sorprende más al vernos.
El piso…
¿Cuánto hace exactamente que no duermo aquí? Un vistazo rápido basta para descubrir que todo sigue igual. El Gafas, nada más verme, empieza a decirme que dónde he estado, que el portero le está agobiando, que hace una semana que teníamos que haber pagado, que siempre es él el que se lleva las broncas del portero y que patatín y que patatán. Nada ha cambiado. Bueno, casi nada. De detrás del sofá sale un pequeño gatito que se acerca a curiosearme.

— ¿Y este gato? –digo mientras lo acaricio.
— David lo encontró en la calle, frente al portal, debajo de un coche y lo subió. Estamos pensando si quedárnoslo o no. Bueno, no sé si David está pensándolo o no, pero de momento aquí sigue. Podría dormir en tu cama, total, como tú nunca estás aquí.
— Que duerma en la tuya, capullo, a ver si así duermes acompañado alguna vez.

Sé que esos comentarios le duelen.

— Bueno, déjate de historias y dame ya el dinero que vamos muy atrasados, y ahora mismo bajo corriendo a pagar el mes.
— No lo tengo. No puedo pagar.
— ¡¡Cómoooo!!
— Tranqui, loco, que es una broma, toma, aquí tienes.

Le tiro unos billetes enrollados que él trata ridículamente de coger al vuelo y, claro, se le caen. Los cuenta, entra en su cuarto a pillar el resto de las pelas y sale a buscar al portero. Pobre Gafas. Por un lado siento hacia él una lástima terrible, tan tímido, tan inseguro, tan solo. Por otro lado no puedo evitar ser cruel con él y me divierte enormemente darle caña. El Gafas está un poco chalado. Se pasa todo el día o en clase o estudiando, jamás ha traído a nadie al piso y no le he vista hablar con una piba ni cuando le hemos llenado el piso de gente. Y no quiero ni acordarme cuando sus padres vinieron de Córdoba a verlo en su exilio estudiantil. Qué cabrón, si hasta me dijo que me fuera esa tarde y no apareciera por casa para que sus padres no supieran con quién compartía piso su hijito. Además, va misa todos los domingos. No sé cómo un muchacho como él ha acabado compartiendo piso con unos tipejos como el David y yo. Debe odiarnos. O quizás no.
Pensando cosas así, me he sentado en el sofá. Pongo los pies sobre la mesita y me rebusco en los bolsillos buscando un papel para liarme un porro. Encuentro un pequeño folleto de colores doblado. No sé qué cojones es. Lo abro y leo:

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Vaya, el folleto publicitario que la Viki se trajo del hostal en Ámsterdam. Lo dejo sobre la mesa, saco el libro de papel.
¿Qué carajo habrá hecho esta loca sola en Ámsterdam?

sábado, octubre 15, 2005

el sol del invierno hierve

He tenido sueños inquietos. Es media mañana, estoy aún en la cama y la Viki ya se ha ido al curro. El piso está vacío y las persianas están todavía echadas. No sé porqué anoche finalmente decidí venir de nuevo aquí, a pasar la noche con ella. Aunque quizá sí que lo sé. Creo que cada vez que me siento un poco asustado o perdido o simplemente aburrido, prefiero tener a la Viki cerca. Es una tía tan cobarde, tan débil y tan necesitada de cariño que a su lado no dejo nunca de sentirme un tipo fuerte, por más que, como ahora, los nervios y las dudas me estén despellejando el estómago. Viki y yo somos conscientes de que nos usamos impunemente desde que nos conocimos hace años. Hemos pasado épocas en que hemos dormido juntos casi a diario, casi siempre aquí en su piso. Luego, sin motivo, hemos pasado meses sin vernos ni saber el uno del otro. Nos atraemos y nos repelemos sin motivos. Nunca se me ocurriría tener como pareja a alguien como Viki. Está loca. Es una jodida paranoica, pero saber que ella y su piso están ahí como una madriguera caliente y sosegada me hace sentirme bien. Nunca hemos hablado de ello, pero creo que a ella le ocurre algo parecido conmigo. A veces las personas somos animales extraños.
Mientras me visto los recuerdos de la tarde anterior vuelven a mi cabeza. Aún siento el nerviosismo de la escena en la playa: la cara de aquel tipo farfullando con el cañón en la boca, y la mandíbula cuadrada y feroz del Negro agarrando la pipa con los ojos encendidos de furia, siguen pegadas en el revés de mi frente como una calcomanía. Nunca antes había visto una pistola y jamás imaginé que el Negro llevara una encima. Ni que fuera capaz de hacer con ella lo que le vi hacer. Siento de pronto ganas de echarme atrás, como si el miedo estuviera atándome los pies. No sé si todo esto me viene grande. No sé exactamente dónde me estoy metiendo. No sé exactamente para qué hago todo esto. No sé si intento demostrarme algo a mí mismo. O quizás demostrárselo a alguien. Luego trato de justificarme diciéndome que lo hago por las pelas, que en este mundo cada uno debe valerse por sí mismo y que, tal y como están las cosas, no voy a encontrar una manera mejor de ganarme los billetes. Ni mejor ni más rápida. Salgo a la calle y el sol del invierno hierve en mitad de un cielo sarnoso y azul.
Lunes. Media mañana.
Creo que es el momento de dejarme ver por el piso.

jueves, octubre 13, 2005

un chorro de aceite requemado

Yo no sé muy bien qué hacer. Mierda. No quiero estar aquí. Esto no va conmigo.

− Mira, Kiko, a mí déjame de historias que yo también tengo mis problemas. Quedamos en que tenías dos semanas, cabrón, me pediste dos putas semanas para darme el dinero y ya llevas casi un mes. Te busco y no te encuentro. Me estás dando esquinazo, cabrón, y eso no te lo voy a consentir porque no me sale de los cojones. ¿Comprendes lo que te digo? PORQUE NO ME SALE DE LOS PUTOS COJONES.

El Negro grita cada vez más. El Kiko retrocede y tropieza con la bolsa de sus aparejos. Entonces el Negro lo agarra por el cuello.

− No, Negro, por favor, por tus muertos, te juro que…

Y entonces el Negro, de no sé dónde, saca una pistola y se la mete en la boca a aquel tipo. Mi corazón da un vuelco. Joder. Una pistola negra. Es la primera vez que veo una pipa de cerca. Es como si todo aquello fuera irreal. Aquel tipo tiene los ojos abiertos como ruedas de camión. El Negro aprieta el cañón dentro de su boca. Lo he visto en mil películas, pero nunca en la realidad. Estoy casi temblando del acojone.

− Ahora vas a ser un buen chaval y le vas a decir al Negro cuándo vas a darle el dinero.
− Neggrog, pogggg fagggogg, pogggtugmuergtoggg…
− Dime que el lunes me vas a dar todo ¿me escuchas? Todos los billetitos, uno detrás de otro ¿verdad? dímelo, cabrón…
− Neggroggg, pogggg…
− ¡Dímelo, cabrón!
− Egg lunegg tevyadagg eldineroggg, egroggg…
− Todo el dinero, nada de una parte, todo.
− Togdog, ziggg…
− No estoy para cachondeo, Kiko, no juegues conmigo que sabes que si me tocan los cojones no me ando con tonterías.
− Noggg, pogggfavoggg…

El Kiko está llorando y las lágrimas resbalan por su cara estirada y negra como un chorro de aceite requemado que resbala de una sartén. Es sólo entonces cuando el Negro afloja el brazo y saca la pistola de su boca. El tipo cae de rodillas al suelo tosiendo de miedo.

− El lunes, y a sabes dónde encontrarme.

Y entonces se vuelve a guardar la pipa, se da la vuelta hacia mí, me pide el porro y me dice que nos vayamos. Camino a su lado nervioso, con el paso acelerado. No cruzamos una palabra hasta que salimos del espigón y volvemos a la calle. Nos detenemos ante un semáforo. El Negro tira la chicharra al suelo y retuerce su pie sobre ella. Exhala el humo lentamente y es entonces cuando, esperando a que se ponga verde, me dice sin mirarme:

− ¿Sabes por qué te he pedido que me acompañaras?
− ¿Por qué?
− Para que sepas que cuando yo hablo de negocios voy en serio, Guaqui. Ya te dije que no quiero nada con capullos. Tu amiguito, el Pitu ése, es un capullo. Por eso no lo quiero. Y este tipo que acabas de conocer, sin embargo, no me pareció un capullo cuando hice tratos con él, pero al final lo resulta que lo es, un capullo enorme, un capullo tocapelotas de mierda ¿entiendes lo que te digo, Guaqui?
− Sí, Negro
− Los peores no son lo capullos, Guaqui, los peores, te lo juro, son los que parecen que no son capullos y luego resulta que lo son. Unos capullos de la ostia. Esos son los peores. Me joden mucho los tíos así. Mucho ¿entiendes? Con esos no hay que tener miramientos. Ya lo has visto. Para eso tengo la pipa… ¿sabes lo que te digo, Guaqui?
− Sí, Negro
− Así que me gusta asegurarme antes. Me gusta estar seguro de que la gente con la voy a trabajar no son capullos… ¿sabes lo que te digo, Guaqui?
− Sí, sé lo que me dices – tengo la garganta seca. Muy seca.
− Y tú no eres ningún capullo ¿verdad, Guaqui?

Intento tragar saliva antes de contestar, pero mi lengua es papel de lija.

− No, Negro, no lo soy.

Con las alas extendidas, unas gaviotas que parecen combatir sobre nosotros lanzan un par de esos agudos gritos de guerra que no entienden de domingos justo cuando el Negro, que ya ha notado lo nervioso que estoy, me da una palmada en el hombro, me dice:

— Eso está bien. Venga, te invito a una raya.

La tarde es un tumor que se oscurece. El sol se hunde.
Domingo profundo.

martes, octubre 11, 2005

es que mi niña se ha puesto malita

El espigón que lleva al castillo, caracoleando entre los escombros de la bajamar, está lleno de gente que pesca. Cierto es que también hay gente que pasea y gente que está sentada en el pretil charlando o esperando la puesta de sol. Pero sobre todo hay gente con largas cañas en las manos, tratando de arrancar en la bajamar peces tristes a las tristes mareas. El cielo es azul como los ojos de las palomas y huele como sólo puede oler en este sitio a esta hora. El mar chapotea dejando al descubierto unas piedras atávicas y renegridas que podrían formar algo parecido a un endrino paisaje lunar de no ser por la inmensidad verdiazul que las rodea. Y de no ser, tampoco, por la gente que a esta hora apura las últimas horas del sol dominical y helado que chorrea por este cielo abierto.

Al fondo, tras las rocas que bordean el viejo castillo, apartado de la gente dispersa que se extiende por el paseo, un tipo lanza una caña al agua. Bajamos por una vieja escalerita de madera y caminamos mientras las olas cloquetean en las pocetas huecas. El tipo nos ve acercarnos y se yergue con cierto nerviosismo. Llegamos a él. El Negro, sin mirarlo a la cara, le dice:

− Hola, Kiko, últimamente no es fácil dar contigo.

El tal Kiko es un tipo pequeño y menudo, con un chándal horrible y la barba de una semana. Tiene el pelo muy negro y un flequillo descuidado le cae sobre los ojos. Realmente está nervioso.
− Hola, Negro. Precisamente iba a buscarte.
− ¿Sí? Vaya causalidad. Llevo más de una semana intentando dar contigo y hoy precisamente ibas a buscarme.

El Negro se deja caer sobre una piedra y saca los avíos para comenzar a hacerse un porro.

− De verdad, Negro. Si no te he buscado antes es porque no he podido.
− ¿El señor tenía una agenda muy ocupada? –le dice sin mirarle.
− No, Negro, es que he tenido problemas con el dinero.
− Problemas con el dinero…
− Sí, Negro, por mis muertos, te lo juro, pero ya está todo arreglado…

Tratando de proteger la llama de la brisa, hace pantalla con la palma de la mano mientras enciende le mechero y quema la china. Yo estoy callado a su lado.

− Hace más de una semana que tenías que haberme dado los billetes, Kiko, más de un semana…
− Lo sé. Negro, lo sé, pero es que mi niña se ha puesto malita y tuve que coger el dinero, pero ya está todo arreglado…
− Tu niña, pobrecita…
− No hagas chistes, Negro, por mis muertos, nos hemos llevado un susto chungo…
− Yo me voy a follar a la puta de tu niña, Kiko…

Suelta la frase sin dar le importancia ninguna, con una naturalidad pasmosa, como el que comenta algo del tiempo mientras desmenuza el hachís. Kiko da un respingo entre humillado y dolorido.

− No digas esas cosas, Negro, por tus muertos, que mi niña sólo tiene seis meses…
− Me importa un carajo la puta de tu hija y lo mala que esté, Kiko. Tú me pediste el costo y yo te di el costo. Tú me lo tenías que pagar y no me lo has pagado. Así de sencillo.

Yo comienzo a inquietarme, porque aquella conversación no va a terminar en nada bueno. Empiezo a arrepentirme de estar allí.

− Pero, Negro, te he dicho que ya está todo resuelto…

El Negro no dice nada. Arranca con los dientes la boquilla y la escupe. Luego enciende el porro, da una calada honda y la expulsa levantando la cara al cielo. El humo sube y se disuelve como la tarde.

− ¿Tienes el dinero o no?
− Bueno… no todo. Te doy la mitad y la semana que viene te doy lo que queda.

Ahora sí que el Negro lo mira a los ojos.

− ¿Cómo dices? ¿Puedes repetir eso?

El Kiko está muy nervioso. Mucho. Incluso tartamudea.

− En serio te lo digo, Negro, por mis muertos. No lo tengo todo, pero tengo un trapi que no va a fallarme. El martes, todo lo más el miércoles, tienes el dinero, Negro.

El Negro me pasa el porro. Yo lo cojo tratando de disimular mis nervios. Entonces se acerca a él y el Kiko retrocede asustado.

lunes, octubre 10, 2005

el mundo roto (8)

es la hora, ven conmigo

Las cervecerías decoradas al estilo de las tabernas irlandesas son los sitios más deprimentes del mundo. Esa luz mortecina y asfixiante, esas terribles paredes forradas de madera y sobre todo ese olor rancio a cereal podrido son una combinación espeluznante. En estos sitios sólo deberían entrar los infelices. Y sin embargo aquí estoy, entrando por esta horrible puerta y quitándome las gafas de sol. El Negro está sentado al fondo mirando la tele sin volumen. Nos bebemos unas cervezas y hablamos de fútbol pero, de momento, no me dice para qué demonios me hecho venir. Tengo una ligera pero molesta resaca y comienzo a sentir algo de hambre. Aún así, aguanto el tipo como puedo siguiendo una charla en la que ni él ni yo tenemos el más pequeño interés mientras bebo una de esas espesas cervezas negras que no sé muy bien por qué demonios he pedido. Ésas son las infelices decisiones que uno toma cuando está en un estúpido bar de éstos. Llevamos un buen rato charlando y aún no me ha dicho ni una sola palabra sobre el negocio que nos vamos a currar. De pronto, el Negro acaba de un trago su segunda jarra y me pregunta la hora. No tengo, así que se la pedimos a unas chicas que charlan en la mesa de al lado y ellas nos la dicen sonriendo. El Negro me mira sin hacerles el menor caso y me dice:

− Es la hora, ven conmigo.

Y se levanta dejando un billete en la mesa. Sale hacia la puerta sin esperar el dinero de vuelta y yo me levanto atropelladamente y le sigo como sigue un perrillo a su dueño.
El domingo sigue ahí fuera.
Camino sin saber a dónde me lleva.
El sol del invierno dora las balconadas de la calle.

lunes, octubre 03, 2005

aviso para navegantes

Querida gente:
durante toda esta semana, encuéntrome exiliado en un pueblito de Huelva llamado La Puebla de Guzmán, un sitio pequeño y tranquilo en la aislada comarca del Andévalo. Un lugar modestamente hermoso, rodeado de una naturaleza minimalista y agreste, donde sólo un par de autobuses al día nos conectan con el mundo exterior. Uno de esos pueblos donde los paisanos miran pasar las cosas con calma y hay olor a estiércol de vaca y ruido de cencerros al borde de las carreteras comarcales.



Estoy aquí hasta el finde, liado con uno de esos talleres itinerantes de creación poética para niños y niñas que tan ajetreados nos tienen últimamente. Os cuento todo esto porque resulta que no es nada fácil desde aquí acceder a la red: los ordenadores de la biblioteca no siempre funcionan y sólo hay un bar en el pueblo donde hay UN SOLO ordenador conectado en un rincón, donde la chavalería del pueblo aguarda su turno para chatear.
Así que no creo que me resulte fácil en esta semana mantener actualizada esta vuestra bitácora y, por supuesto, tendremos que posponer la entrega siguiente de "Los gatos" hasta regresar a casa. Aún así, trataré de acceder de alguna manera para contaros algo de lo que ocurre en este pequeño rinconcito de la Andalucía profunda (como lo ha llamado el gran Alberto) y de visitar vuestras respectiva bitácoras amigas.
Besos enormes en los que quepa el mundo.