viernes, septiembre 30, 2005

petrolero hacia el desguace

He huido rápidamente de la casa de Viki porque sé que cuando despierte se va poner a llorar. Me he vestido con premura y he salido a la calle sin decir ni media. Antes de dejarla en la cama la he mirado. Duerme plácidamente. Tiene cara de un ángel que duerme. Pero ya la conozco: está loca, y al despertar comenzará a llorar y le dará la depre, y entonces empezará a contarme sus problemas y yo no estoy para esas historias. Hace sólo unas horas, era una loba en celo gimiendo sobre mí. Ahora es un ángel que duerme bajo las aguas azules de un lago. Dentro de un rato será una loca despeinada con los ojos nublados. Así que me retiro antes de que estalle la tormenta. Me han caído muchos de esos chaparrones en ese dormitorio. Ni uno más, tía. Ni uno más.
Hace sol y estoy derrotado. La vomitiva paz dominical llena con su manto de asco este rincón de la ciudad. Pasan pocos coches. Los comercios están cerrados.
Son las cuatro de la tarde. Es domingo.
El peor momento de la semana para estar tan lejos de mi casa.

....


Tengo en el móvil una llamada perdida del Negro. Lo llamo y me cita dentro de un rato en una cervecería del centro. Pensaba ir al piso, ajustar cuentas con el Gafas, porque el casero debe estar ya que trina, dormir esta noche en mi cama, ducharme en mi ducha, vivir en mi vida. Pero, por supuesto, no le digo nada de esto al Negro. De hecho le digo rápidamente que nos vemos, que voy para allá. Quiere que hablemos de negocios. No hay mejor plan para una tarde resacosa de domingo que tomar unas cervezas con el Negro y hablar de trapis. No, señor.

Como es domingo, los autobuses pasan con menos frecuencia, así que tengo que estar un buen rato sentado en la parada, solo y hambriento, mientras la media tarde se arrastra con la lentitud polvorienta de un petrolero hacia el desguace.

bandera blanca

Pues que no decaiga la fieta. ¿Quién da más?

Mister Tamburino yo no quiero bromear,

pongámonos la camiseta, los tiempos cambiarán.
Somos hijos de la estrella
y biznietos de su majestad el dinero.
Por fortuna, mi racismo no me deja ver
los programas demenciales con tribuna electoral.
Aunque llevéis perfumes y desodorantes
sois arenas movedizas, siempre hacia abajo.
Hay quien se pone unas gafas de sol,
por tener más carisma y sintomático misterio.
Qué difícil es seguir, padre, cuando el hijo crece
y las madres envejecen.
Cuánta escuálida figura que atraviesa el país
y qué mísera es la vida con abusos de poder.
En el puerto ondea la bandera blanca,
en el puerto ondea la bandera blanca.
Sul ponte sventola bandiera bianca
sul ponte sventola bandiera bianca
Yo prefiero la ensalada a Beethoven y Sinatra, a Vivaldi,
uvas pasas que me dan más calorías.
Qué difícil es quedarse quieto, indiferente,
mientras todo entorno hace ruido.
En esta época de locos nos faltaban
los idiotas del horror.
He oído los disparos en una vía del centro.
Cuánta estúpida gallina, se pelean para nada.
Mínima inmoralia, mínima inmoralia.
Sumergidos sobre todo en basuras musicales.
En el puerto ondea la bandera blanca
en el puerto ondea la bandera blanca.
Sul ponte sventola bandiera bianca
sul ponte sventola bandiera bianca.

de Franco Battiato

el mundo roto (7)

miércoles, septiembre 28, 2005

carta al gobernador de libia

Pues otra más de regalo:

En una casa antigua y noble

llena de fotos de Reinas y Banderas
esperábamos al Cónsul Italiano.
El final del verano fue veloz
nubes en el cielo y hojas en la tierra
cargado de lujuria se presentó el otoño en Bengasi
Sabes que es deseo de la mano
el impulso de tocarla
ya le he escrito una carta al Gobernador de Libia
Los traficantes de armas
con los ministros pasan las fronteras
ir a hacer la guerra en Trípoli
Por el cielo van los coros de soldados
contra Al Mukhtar y Lawrance de Arabia
con canciones populares de tabernas
Sabes que el idiota de Graziani
seguro que acaba mal
ya le he escrito una carta al Gobernador de Libia

de Franco Battiato

cartón

La ciudad desfila a nuestro alrededor. Agarro a Viki por la cintura mientras la pequeña moto ronronea entre nuestras piernas. Apoyo mi mejilla contra la dureza de su casco. Hace un frío delirante. Debe estar a punto de amanecer. La avenida está casi desierta. Los semáforos hablan solos. A esta extraña hora de la madrugada, cuando el cielo parece hecho de metales pesados, la ciudad es una caracola de cristal negro. La ciudad es un reptil que hiberna. La ciudad es un pez viscoso a punto de salir de la charca.
Intenta amanecer.
Somos de cartón.

el mundo roto (6)

martes, septiembre 27, 2005

la estación de los amores

La estación de los amores, viene y va,
y los deseos no envejecen, a pesar de la edad.
Si pienso en cómo he malgastado yo mi tiempo,
que no volverá, no regresará, más.
La estación de los amores, viene y va,
y llegará sin avisar, ya verás, te sorprenderá.
Tuvimos tantas ocasiones, perdiéndolas.
No las llores más, no las llores hoy, más.
Le queda un nuevo entusiasmo, por latir, al corazón.
y otra posibilidad de conocerse.
Los horizontes perdidos no regresan jamás.
La estación de los amores,
volverá con el temor y las apuestas,
y esta vez cuanto durará.
Si pienso en cómo he malgastado yo mi tiempo,
que no volverá, no regresará, más.
Tuvimos tantas ocasiones, perdiéndolas.
No las llores más, no las llores hoy, más.
La estación de los amores, viene y va,
y los deseos no envejecen, a pesar de la edad.
Si pienso cómo he malgastado yo mi tiempo,
que no volverá, no regresará, más.

de Franco Battiato

el mundo roto (5)

lunes, septiembre 26, 2005

el triciclo del payaso krusty

Entonces veo aparecer a la Viki de entre la gente.
Viene hacia mí sonriendo con su eterna cara de lolita.
Para esta tía parece que no pasa el tiempo.
- Hola, Guaqui, qué tiempo sin verte.
Me da dos besos y al hacerlo me toca suavemente la cintura con sus dedos. Yo quisiera hacer lo mismo, pero tengo las dos manos ocupadas por los vasos llenos. Por poco se me derraman al inclinarme a besarla.
- Hola tía, sí que hacía tiempo que no te veía
- Es que he estado fuera una temporada...
- Ah ¿y dónde?
- Por ahí, viajando...
- Ah, qué bien... oye ¿tú has visto al Negro?
- Sí, se ha ido con la Jessica.
- ¿Con la Jessica?
- Sí.
- Entonces no va a volver.
- No –se ríe– Me temo que no.
- Joder, pues he venido en su coche. Me ha dejado tirado. Además, acabo de pedirle esta copa.
- Pues trae, para mí ­–me dice mientras me quita el vaso de la mano.
Nos reímos y damos a la vez dos tragos largos. No cerramos los ojos y nos miramos frente a frente mientras bebemos.
- Bueno –le digo– Cuéntame algo. ¿Dónde has estado?
- En Ámsterdam. Acabo de llegar hace dos días.
- Joder, qué flipada, Ámsterdam.
- Sí, tío, no imaginas. Ha sido un pasote. Mira, aún tengo aquí el folleto del hostal donde me quedé.
Y saca un papel de publicidad, en inglés, y me lo da.
- ¿Y para qué quiero yo esto?
- Por si te animas a darte una escapada. Guárdalo.
Agarro el papel y sin mirarlo me lo guardo en el bolsillo de la cazadora.
- No creo que vaya próximamente a Holanda. Y menos aún si tú ya no estás allí...
- Jejeje.
Me acerco un poco y le digo casi al oído:
- Si me hubieras avisado no me hubiera importado irme contigo...
- Pero qué zalamero. Nunca cambias, Guaqui... –me dice riéndose.
Cuando ríe se le forman unos graciosos hoyuelitos en las mejillas. Siempre me volvieron locos. A pesar de la escasa luz, noto que con su risa se arrugan levemente las comisuras de los párpados, demostrando que su aspecto adolescente no deja de ser una trampa mortal. De repente me ha parecido que su risueña carita de niña esconde debajo el rostro de una mujer sola y desdichada. - - ¿Cuánto hace que no follamos, Viki?
- Eso me mismo me he preguntado yo cuando te he visto pasar...
- ¿Sigues viviendo en Loredo?
- Sí, claro ¡qué preguntas tienes!
- ¿Puedo dormir en tu casa?
- Venía a invitarte, guapito...
- Cojonudo.
- Oye ¿y tú no tendrás farla, no?
Mi cabeza es una red de cables eléctricos que serpentean. Extraños calambres recorren mi espalda. Miro a Viki y no puedo sino imaginarla en bolas. Su cuerpecito de niña, delgado y pequeño, me pone a mil. Un calor, dulce y ácido a la vez, me transita del cuello hasta la nuca.
- No, pero si quieres un tiro de speed, algo me queda. Vente al servicio y nos metemos un rayote.
- De puta madre.
- Nos acabamos la copa y nos vamos. A ver si pillamos un taxi, joder, a esta hora no va ser sencillo.
- No hace falta, tengo la moto en la puerta...
De tan sólo imaginarme que tendré que montarme de paquete en la pequeña moto de Viki mientras ella conduce con ese enorme casco que siempre lleva casi se me baja el globo. Pero Viki ya me arrastra de la mano hacia los servicios. Miro su culito redondo y pequeño, embutido en esos pantalones. Dios. Por ese culo soy capaz de ir a su casa montado en el triciclo del payaso Krusty. Caminando entre la multitud paso frente a la barra. David ya no está. No sé si se ha largado o definitivamente lo han echado del after y ahora está ahí fuera tirado sobre la acera.
Todo vuelve a parecer que se mueve a cámara lenta. La gente baila fotograma a fotograma. La música resuena como en una caverna. Las luces retuercen sus cuerpos sin cuerpo. Sombras extrañas sobre la pared. Viki vuelve la cara y me sonríe mientras tira de mí. Yo le devuelvo la sonrisa. Dios mío, qué subidón me está dando el último trozo de pasti. Tengo las arterias calientes y espesas. El corazón me late con ternura. Por mis venas fluye caramelo derretido.

el mundo roto (4)

domingo, septiembre 25, 2005

otro de esos deliciosos picos

Y me voy. Al otro lado de la barra. No quiero saber nada de él cuando está tan borracho. Lleva muy mala carrera últimamente. Eso de que la Ana lo dejara para regresar con su novio de toda la vida no le ha hecho ningún bien. Ahora que parecía que estaba enmendándose. Cada vez que lo veo está tarumba. Eso me hace recordar que debe de hacer como dos semanas que no voy por el piso. ¿Dos semanas? Joder. En estos últimos días he dormido en sitios que nunca había visto antes. He conocido a la gente más extraña de mi vida. A penas he comido y por supuesto, de aparecer por el piso nada de nada. De hecho, salvo los zapatos, creo que ninguna de la ropa que llevo puesta ahora mismo es mía. Debería acercarme a la casa, dar señales de vida, pillar alguna ropa. Además, el Gafas debe estar como loco conmigo porque este mes aún no he pagado mi parte del alquiler. Joder. Se me ha olvidado. Pues ahora que tengo pasta, igual debería darle las pelas al David y que él las lleve a casa. Un nuevo vistazo al David, apoyado ridículamente en la barra mientras la camarera le llena un chupito con cara de no estar convencida del todo, me hace desistir. ¡Cualquiera se acerca ahora a ese y le da unos billetes y le explica que es para que se los dé al Gafas para que le pague al casero! Será mejor, definitivamente, que me acerque por el piso yo mismo antes de que el casero le eche la bronca al Gafas y el pobre Gafas se mosquee conmigo, si no está ya mosqueado. Así que pido otro vodka para mí y un ron para el Negro y dejo allí al Davilito, tambaleante, farfullando algo a la camarera que al verme salir me mira como pidiéndome ayuda con sus bonitos ojos marrones. Paso de ti y paso del David. Y paso del Gafas y paso del casero. Me está dando otro subidón. Otro de esos deliciosos picos. Tengo la cabeza rellena de alambres tensos que rugen.
Me interno en la muchedumbre sudorosa y, entre los cuerpos y la penumbra surreal de las luces locas, busco al Negro pero no lo encuentro.

el mundo roto (3)

jueves, septiembre 22, 2005

una cita

Todo está a un sueño de distancia

de George Harrison

un tipo borracho tratando de pedirle una copa a la camarera

La noche ha sido larga y corta. Hemos estado cerrando bares de un sitio a otro. Hemos acabado en una nave donde celebraban una rave. Un sitio desangelado y oscuro pero donde los corazones hierven con la química y la música atronadora que sale de los bafles. He ido a la barra a tomar la penúltima y me encontrado a un tipo borracho tratando de pedirle una copa a la camarera. Apenas puede tenerse en pie, tiene el pelo largo y despeinado. Esos vaqueros ajustados. Ese abrigo horrible. Esas botas. Esa forma de farfullar. Inconfundible. Ese tío no tiene remedio. ­

- Hola, Davilito... – le digo.

Él vuelve la cabeza hacia mí. Le brillan los ojos justo en medio de esa cara de borracho perpetuo que tiene últimamente. Tarda unos cuatro segundos en reconocerme. Entonces se ríe y me abraza balbuceando:

- Tío... Guaqui... tus muertos... ¿qué coño haces aquí?

Entonces se vuelve hacia la niña de la barra y le habla con torpeza.

- Mira... tía... este colega... es mi amigo... ¿qué digo amigo?... mira, tía... yo es que vivo con... este tío... es mi compañero de piso... es como mi hermano… así que si no te crees que tengo dinero... el Guaqui responde... joder...


- ¿Qué es lo que pasa? – le pregunto a la chica.
- Que tu amigo lleva toda la noche bebiendo y no ha pagado nada.
- Tranquila, tía... ya te he dicho que... al final te lo pago todo... que te juro… que tengo pelas, tía... joder... – la voz de David es un muelle oxidado.
- Pues paga y te sigo sirviendo.
- Joder, tía… qué pasa… ¿no te fías de mí?... si te digo que tengo es que…

El David está a punto de derrumbarse de la trompa. Lo agarro de un brazo y le digo:

- Estás demasiado borracho, David. Deberías irte a casa.
- Vete al... carajo, Guaqui... venga... te invito... ¿qué... quieres?
- Pero primero que pague –dice ella– Aquí tiene ya un cuentón, hasta que no pague no le pongo ni una más.
- Tú déjamelo a mí –le digo a la chica­­– Oye, David ¿tienes dinero o no?
- Claro que sí... joder.... claro... –y saca del bolsillo del abrigo un manojo de billetes arrugados
- Venga... qué quieres... te invito...

Le echo cariñosamente el brazo sobre el hombro y le intento convencer para que deje de beber y se vaya al piso, que está demasiado borracho para andar por ahí. David me da un manotazo y me dice que no soy su padre, que si quiero beberme con él una copa que cojonudo pero que si no me deje de rollos y me vaya a la mierda. No entiendo como un tío como el David puede ponerse tan borde y agresivo cuando está borracho. Lo conozco bien, así que sé que es mejor no insistir. Le miro y le digo sonriendo.

- Vete a la mierda.

Y me voy.

la familia crece

He añadido aquí a la derecha unos enlaces nuevos a bitácoras que comienzan a formar parte de nuestro recorrido bloguero habitual. Por un lado la de Ángel, de cuyo blog ya hablamos creo hace no demasiado. A él añado al simpar Totito, desde Port Royal para Iberia y la Humaniad. Y desde Cádiz, Ana, se nos une también a la familia.
Lo decía no se dónde: qué curiosa complicidad se está formando entre las gentes que ya nos conocíamos y las que, aunque no conocíamos, parece ya que somos colegas de siempre.
El día en que el azar nos una a todos en el mismo sitio vamos a flipar.
Que no decaiga la fiesta.

miércoles, septiembre 21, 2005

la calma de los triunfadores

Dejamos el coche mal aparcado en la Plaza de la Constitución. Antes de bajar, el Negro ha sacado el fajo de billetes y nos ha dado a cada uno nuestra parte. Dinero fresco. Bastante dinero. El Negro nos dice que todo está bien, que al tipo le han gustado mucho las pastillas y que quizá nos vuelva a encargar más muy pronto. Otro buen encargo, como el de hoy. Negocio rápido y redondo. Estas pastillas son una mina. Aunque haya que ir a buscarlas a Los Caños. El Pitu está eufórico.

- Ya te dije que sería fácil.
- Pues antes en el coche estabas acojonado.
- Las pastis, tío, que me ponen muy sensible.

Dejamos el coche mal aparcado a un lado de la plaza. Antes de bajar, el Negro ha sacado del bolsillo una papela y nos ha preparado en un santiamén una raya de polvorón para cada uno. Anfetamina loca para una noche loca. El Negro dice que es de un poco que le quedaba y nos acerca la cartera. Esnifamos con la calma de los triunfadores. Tenemos el bolsillo lleno de billetes, un turulo en la nariz y aún nos quedan unas cuantas pastis para terminar la noche. No se puede pedir más a la vida.
Salimos del coche buscando el bar. Los bancos de la plaza están llenos de gente que habla alto, y espléndidas muchachas que ríen a gritos, y música en los coches de puertas abiertas, y humo de cigarros, y lumbre de mecheros, y bolsas de plástico en el suelo, y botellas a medio vaciar. Gatos nocturnos se esconden tras los arriates. Atravesamos el jolgorio de la fiesta callados y con las manos en los bolsillos.
Sábado noche. Júbilo en la calle. Rumor de corazones borrachos.

el mundo roto (2)

martes, septiembre 20, 2005

que sólo estén de paso

Todos los polígonos industriales del mundo son iguales. De día pero sobre todo de noche. Hay farolas blanquecinas. Naves enormes cerradas. Las máquinas descansan. El dinero dormita. Detenemos el coche frente a un taller desvencijado. Por debajo de la puerta de hierro amarillea una luz. El Negro se baja y nos dice que esperemos.

- Dame la mochila.

Se la doy y cierra la portezuela con un golpe seco. Un reguero de hormigas eléctricas me sube y me baja por la espina dorsal. Estas pastillas están muy buenas. Ya lo creo. Se aproxima el Negro a la entrada del taller y la golpea con la palma de la mano abierta. Las llamadas resuenan amplificadas por el enorme techo de chapa de la noche. Se abre una pequeña puerta lateral y el Negro entra. El Pitu y yo nos quedamos callados esperando.

- Pon la radio, Guaqui... y enciende la luz, que voy a hacerme un porro.
- La radio vale, tío, pero de encender la luz nanai...
- Joder, ¿no querrás que me haga el porro a oscuras? No veo un carajo...
- Es un cantazo encender la luz aquí en medio, tío ¿no te das cuenta?
- Joder, ¿quién va a estar a estas horas por...?

Nos callamos en seco. Un coche con unas luces azules acaba de aparecer allí al fondo, en la rotonda. Casi contenemos la respiración. Joder, los picoletos. El corazón se nos acelera en el pecho. Empezamos instantáneamente a sudar.

- Tío, nos han pillado, esto es una encerrona.
- No, tranquilo, no hagas movimientos bruscos, disimula...
- Mierda. Nos estaban esperando, es una encerrona, nos van a pillar...
- Tranquilo, joder, no te pongas histérico, igual están de ronda y pasan de largo...
- ¿De ronda? Sí, justo por aquí y ahora ¡no te jode! Vienen a por nosotros.
- Calla, tío, ni te muevas.

El vehículo se queda un momento quieto en el cruce. Deben estar mirando nuestro coche, aparcado sospechosamente en la oscuridad. Joder. Por favor, que no vengan a por nosotros. Que sólo estén de paso. Que piensen que somos una pareja pelando la pava, por favor, ahora no, que no vengan... Unos segundos que parecen helarnos por dentro y, de repente, el coche se pone en marcha y desaparece hacia la izquierda.

- ¿Ves? Te lo dije, tío, están patrullando y han pasado de nosotros.
- Lo que sea, tío, pero el Negro debería terminar ya.
- Eso sí que es verdad. Venga, Negro, tío, acaba ya...

La cosa ha sido rápida, apenas cinco minutos pero aquí dentro del coche, con el fantasma de la benemérita aún rondando nuestros ojos, nos han parecido eternos. Se nos ha bajado hasta el colocón. Ni la radio ni el porro ni nada. Hay un silencio de nervios estirados. Calla cada uno para sus adentros, con sensaciones extrañas, químicas y contradictorias, transitando por nuestros pechos. Y es entonces cuando respiramos un alivio espeso al ver que el Negro sale de la puerta y monta en el coche.

- Vámonos de aquí, tío, rápido, hay un coche de los picolos rondando por ahí.

Y hasta que no salimos del polígono y entramos por las luminosas venas hinchadas de la avenida no respiramos del todo tranquilos.

el mundo roto (1)

lunes, septiembre 19, 2005

creo que veo en blanco y negro

Vamos por la autovía a 190 y un cielo estrellado, deforme y fugaz, corre al otro lado del cristal. El coche es un cofre de mercurio.

.........

Aquí dentro todos nos mecemos en el nirvana tóxico del éxtasis. Creo que veo en blanco y negro. Vamos los tres callados y con los ojos entreabiertos. Las luces de fuera nos acarician la cara. Casi podemos sentirlo. Algunos conductores golpean el claxon protestando por la forma en que los adelantamos. Todo parece irreal. Es como si estuviésemos dentro de un videojuego. Miro al Negro y noto que flota. Su mirada está perdida en el parabrisas. Creo que no ve más allá. El morro del coche traga líneas discontinuas con urgencia y avidez. La bahía es ahí afuera un animal dormido, una enorme bestia negra que respira con hondura prehistórica en la calma de la luna nueva.
Esta noche es la noche un piano sin teclas.

domingo, septiembre 18, 2005

comencemos por el principio


Cuando yo era joven los gatos venían hacia mí desde el horizonte.
Ahora los gatos salen de mí, los mismos.

de Carlos E. de Ory

querida gente:

Como ya bien habéis notado, he tenido que dejar la bitácora desatendida unos días, lo siento, de veras. Mil perdones. Pero ya estamos de regreso.

Tengo que explicar que los fragmentos de la novela que hasta ahora he ido colgando han sido mostrados de forma más o menos desordenada y que, en muchos casos, sólo rozan el cuerpo argumental básico de la trama. Por eso, y si vuestras mercedes lo tienen a bien y en señal de agradecimiento porque sigáis apareciendo por aquí (y aprovechando que la novela sigue en fase de correcciones), lo mejor va a ser que durante estos próximos días o semanas os vaya mostrando la narración ya en su orden más o menos definitivo (prometo linkear los nuevos fragmentos con los pasados para que podamos reconstruir la historia -o las historias-).

Así que, damas y caballeros, vamos a comenzar por el principio.

Gracias.

sábado, septiembre 10, 2005

respiro agitadamente.

Los gritos desesperados de aquella mujer aún retumban en mi cabeza cuando vuelvo camino de la parada del autobús. Tiemblo de miedo. Todo esto es una pesadilla. Pensamientos terribles cruzan por mi mente. Pienso en llamar a Juan Carlos pero luego pienso que no. ¿Qué le explico? ¿Qué le digo? Tengo miedo. Necesito ayuda. Estoy rota. Estoy perdida. Tengo miedo.
David. La línea 1. David puede ayudarme. O al menos comprender todo lo que está pasando. Sólo a él puedo contarle esta pesadilla. David, David, David…
Cuando llego a su piso, subo el ascensor que parece tardar una eternidad en llegar al séptimo. Llamo apresurada. Tiemblo de los nervios. Me abre otra vez el tipo aquel de las gafas. Respiro agitadamente.

— ¿Está David?
— No
— ¿Dónde está? ¿Cuándo vuelve?
— No sé. Se ha ido de viaje. De pronto.
— ¿De viaje?
— Sí, ayer noche se fue a Ámsterdam.

viernes, septiembre 09, 2005

tengo que dormirme y soñar y luego despertar y que nada de esto haya pasado

Desde una cabina he llamado a Tere pero me dice que su teléfono no está operativo. Estoy confusa y asustada. Tere me metió en esto y ella conoce a Arturo. Tengo que hablar con ella. Sólo ella puede explicarme qué es todo esto. Qué está pasando. Así que decido ir a su casa a buscarla.
Camino entre gente de cartón. Al pasar por la puerta de un colegio, oigo las risas y los gritos de los niños. Tengo que dormir, dormirme y soñar y luego despertar y que nada de esto haya pasado. O quizá sin despertar. Dormir, encerrarme a oscuras en mi cuarto y dormirme. Alguna gente me mira a la cara. Debo llevar los ojos enrojecidos. La respiración agitada. El paso nervioso. Hubo un tiempo en que venía mucho a casa de Tere, incluso me quedé a dormir muchas noches. Pero ya hace algún tiempo que no aparezco por aquí. Es un patio viejo, con vigas de madera, portal oloroso a humedad y a vejez, y un puzzle de viejos contadores de la luz sobre tablas de madera. Macetas y husillos. Lozas desgastadas. Puntales aguantando la techumbre del fondo. Un gato se me cruza en la escalera. Llego a la puerta y llamo. Me abre su madre. La miro a la cara y ella me mira a mí. Esa mujer ha llorado mucho más que yo. Está despeinada y las tiene ojeras tenebrosas de quien lleva mucho sin dormir.

— Hola, Rosario ¿Está Tere?

Y entonces, de repente, ella se abraza a mí y se echa a llorar. Luego, bebiéndose sus lágrimas, me dice que ha desaparecido, que si yo sé algo de ella, que lleva desde el viernes sin aparecer, que le ha pasado algo, que si sé algo de ella… Le digo que no, que precisamente venía a buscarla. Ella me dice que salió a media mañana y que no ha vuelto. Mientras me habla y llora, la histeria la va dominando. Mi corazón se ha acelerado. Siento miedo, mucho miedo. Ahora sí que todo de repente me parece un sueño. Un mal sueño. Pero trato de aparentar serenidad ante aquella pobre mujer desesperada.

— Tranquila, Tere ya es mayorcita…
— ¿Dónde esta mi niña? ¡¡Dónde ESTÁ MI NIÑA??
— Bueno, tranquila, Rosario, no es la primera vez que Tere se va unos días
— No, no es igual Otras veces ha discutido con su padre. Pero ahora no. Ahora están los dos mejor que nunca. Algo le ha pasado a mi niña. Ay, virgencita ¡¡DÓNDE ESTÁ MI NIÑA??
— Por favor, Rosario, tranquilícese usted, que ya verá cómo aparece.
— Ni ropa ni nada, no se ha llevado nada. Alguien la llamó por teléfono, dijo que salía y no ha vuelto, hasta el ordenador ése de su cuarto lo ha dejado encendido, que ni lo he tocado en estos días. Algo le han hecho a mi niña, ¿¿qué le han hecho a mi niña?? Ay, virgen santa ¡¡DÓNDE ESTÁ MI TERESITA??

jueves, septiembre 08, 2005

ya basta de niñerías

Hay esta vez varios hombres en el piso. Arturo me da un beso y me sonríe, como siempre. Yo trato de responderle pero mi sonrisa no le debe convencer. Cierra la puerta a mi espalda y me dice:

— Mi jefe no ha podido venir. Me acaba de llamar. Dice que le perdones. Igual llega un poco más tarde. Pero me ha dicho que empecemos sin él. Oye, me gusta mucho ese yérsey que llevas.
— Gracias
— Hoy vas a ganar un poco de dinero extra. Realmente vas a ganar el doble. Haremos un número especial.
—¿Especial?
— Sí, mira, estos amigos que han venido para el rodaje...

Son seis tipos, algunos son jóvenes y un par de ellos parecen ya más talluditos. Todos me sonríen, me dicen hola.
— ¿Alguna vez has deseado estar con varios hombres a la vez, Anita?

.....


Todo iba al principio más o menos bien, a pesar de mis nervios. Seiscientos euros. Caricias sonrisas, besos. Pero no tardaron en llegar los empujones, los dientes apretados, los tirones de mi ropa. Quise zafarme pero me agarraron con más fuerza. Les dije que pararan y Arturo les dije que lo hicieran.

— Tranquila, Ana, no te sulfures, que esto es sólo una grabación, estos chicos son profesionales
— No, déjame, quiero irme
— No, mira, ahora no podemos echarnos atrás.
— Yo sí, no debí venir…
— Ahora es un poco tarde para pensar eso ¿no te parece, mona?
— Me voy
— Pero te vas a llevar seiscientos euros, Ana, piénsalo, son veinte mil duros, nadie te va a hacer daño, sólo deja que saque unos planos…

Los tíos se quedaron en el salón, y Arturo y yo discutíamos frente a la puerta mientras yo me trataba de recomponer la ropa.

— Puedes quedarte el dinero, Arturo, mira, yo no sirvo para esto, me voy…
— No, no puedes irte hora -dijo apoyando su mano sobre la puerta. Aquello comenzaba a ponerse feo.
— Déjame salir…
— Mira, guapa, traer a estos tíos me ha costado ya dinero ¿sabes? Ya es tarde, ahora no puedes echarte atrás…
— Déjame salir…
— No. No puedo dejarte, Ana, date la vuelta y vuelve al salón.
— Todo esto es mentira ¿no? No hay ningún trabajo para mí. Sólo quieres grabarme. A saber lo que estáis haciendo con eso. Déjame salir

Arturo se puso muy serio. No parecía Arturo. Me dio miedo. Me empezó a hablar con los dientes apretados.

— No tienes ni idea de lo que es esto. No sabes dónde te has metido, pero es tarde para eso, te he pagado todo lo que has hecho y tú has venido porque has querido, así que ya basta de niñerías. Vuelve adentro y haz lo que te yo diga y todo saldrá bien. Y además ganarás una buena pasta.
— Déjame salir. Voy a gritar.

Y entonces me cruzó la cara de una bofetada sonora. Todo fue en un segundo: alguna voz desde el salón preguntó algo. Yo me llevé la mano a la mejilla y, automáticamente, como si un resorte desconocido hubiera saltado en mi interior, di en la entrepierna de aquel tío la patada más fuerte que he dado en mi vida. Arturo se encorvó de dolor y en ese momento, sin saber de dónde saqué la agilidad, como una gata acorralada, abrí la puerta y salí al descansillo. Vuelve aquí, puta, gritaba el tío.
Todo ha sido tan rápido que me da tiempo a recordarlo con detalle mientras salto los escalones de tres en tres, abro el portal y salgo apresurada a la calle. Jadeando llego al autobús y subo de una zancada, meto nerviosa el bonobús y al sentarme miro hacia atrás segura de que aquellos tíos me vienen siguiendo. Pero no, no me siguen. El autobús arranca y se aleja. Entonces me dejo caer sobre el respaldo, me echo las manos a la cara y rompo a llorar.
Alguna gente me mira.
Otra no.

miércoles, septiembre 07, 2005

seiscientos euros

Lunes de mañana. Hay nubes que pasan de largo. El cielo es un collage blanco y azul. Un sol tímido comienza a secar los huesos del mundo. Desde el teléfono que hay en la cafetería de la Facultad, he llamado a Juan Carlos a su móvil y ha flipado. Le he dicho que le echo de menos y él ha querido verme enseguida. Le he dicho que no, que nos veremos el fin de semana. Ha insistido en que necesitaba verme antes, que hoy es lunes y que no podría aguantar esperando toda la semana. Yo le he dicho que también tengo ganas de verlo, pero que, por favor, me deje unos días. No sé si ahora mismo soy capaz de hablarle. Estoy confusa. Estoy fría. Tengo sueño. He salido de clase antes de la hora porque tenía que hacer la compra. Al regresar a casa cargada con las bolsas del ultramarino de abajo, mi hermano me dice que me ha llamado un tal Arturo. Que ha dicho que lo llame sin falta. Mi madre, desde el salón, me pregunta gritando que quién es ese Arturo y yo le digo que es un compañero de la Facultad. Y ella, volviendo la cara a la tele, farfulla que esta niña, acaba de romper con su novio y ya está con tonteando con otros tíos, si es que me ha salido una despendolada y bla, bla, bla… yo me hago como la que no la oigo y me meto en la cocina. Mi hermano entonces entra en la cocina y me dice que no vuelva a dejarlo solo todo el fin de semana como he hecho. Yo le digo que peor es lo que él me hace y él me empieza a decir que ya está harto, que no puede estar así, que necesita salir y despejarse y yo, que no tengo ganas de discutir aunque ahora mismo lo que debería hacer era gritarle todo lo que no le he dicho, me callo y le digo que está bien, que esta semana yo me hago cargo y que si él se queda aquí por las mañanas para preparar la comida, yo me quedo los fines de semana, que lo único que le pido es que me ayude a tener tiempo para ir a clase. Él no dice nada y sale. Por la ventana miro a los gatos que toman el sol sobre el pretil de la azotea de enfrente.
Después de comer llamo a Arturo y me cita para el miércoles a las once de la mañana. Tengo clase, pero aun así le digo que sí con la boca pequeña. Él me ha notado indecisa así, cuando vamos a despedirnos, me dice:

— No faltes. Tenemos seiscientos euros para ti. Es la última prueba. Mi jefe va a estar aquí. Quiere conocerte.

Me juré a mí misma que no iba a volver a aquel piso. Nunca más. Seiscientos euros. Me paso toda la tarde dándole vueltas. Seiscientos euros. Debo olvidar a David, debo volver con Juan Carlos. Seiscientos euros. No me importa sacrificar mis fines de semana mientras pueda terminar la puta carrera. Es mi única salida. Eso tiene que entenderlo mi hermano. Seiscientos euros. Yo no soy una puta. ¿Qué tendré que hacer por seiscientos euros? Ha dicho que será la última prueba. Coge el dinero y corre. Yo no soy una puta. Seiscientos euros. David. Tere. Seiscientos euros. Nunca más. Seiscientos euros. Lo juré. Seiscientos euros.
Quisiera ser un gato.

martes, septiembre 06, 2005

los gatos

Querida gente:
Quiero compartir con vosotros la para mí eufórica noticia de que, por fin, acabo de terminar “Los gatos”.
Listo el primer borrador. 160 folios que crecerán o menguarán un poco según ahora dicten las correcciones, que es lo que hoy mismito comienzo. Espero que en unas semanas ya esté listo todo para imprimir el segundo borrador, porque ya las siguientes correcciones las haremos sobre papel. Tengo muchas ganas de ver todas esas palabrotas escapando a esta pantalla y saltando al papel de mi impresora. Muchas ganas.
Durante estos meses en que os he estado adelantando algunos de los fragmentos más acabados, vuestros generosos comentarios han sido el combustible que la novelita ha necesitado para el sprint final. El extraño arrebato que tuve de colgar en la red estos retazos (idea peregrina que se me ocurrió de pronto y que llevé a cabo sin pensarlo mucho) ha resultado, finalmente, ser una buena cosa. Aunque ha sido así sobre todo, repito, por vuestra atención y vuestra amabilidad. Así que gracias.
Muchas muchas gracias.
De todas formas, prometo aún colgar algunos fragmentos más por si os apetece seguir comentando algo sobre ellos. Vuestras anotaciones (ahora menos que nunca pues estaremos en plena corrección) no caerán en saco roto.

cuidado, cuidado, señorita!!!

Estoy en un trapecio y debajo hay una piscina llena de pirañas. Pero luego las pirañas ya no son pirañas sino estrellitas que tiemblan y la piscina ya no es piscina, sino que es un agujero enorme y negro. Suena música de circo y allá que estoy yo balanceándome. No sé hacer nada sobre el trapecio, pero debo disimularlo porque todo el mundo me mira. Así que me dejo caer, porque la gente comienza a impacientarse y entonces estoy en la cama, pero aún no he despertado. De pronto estoy de pie y voy caminando por la calle, pero no hay nadie. A ambos lados hay escaparates luminosos y dentro de ellos hay gente cuyos rostros no conozco, pero cuyas voces sí, aunque no sé de quién son. Siento ganas de entrar porque hace frío y tengo hambre y también un poquito de miedo. Veo a través del cristal a la gente comer y beber y reírse y por más que miro, no veo ninguna puerta. Un gato cruza la calle y trato de seguirle, porque me ha dicho algo que, aunque no he llegado a entender, sé que era importante. Pero al doblar la esquina ya no veo al gato sino que estoy a la orilla de un lago enorme y precioso. Juan Carlos está sentado sobre la hierba de la ribera. Me acerco sonriendo y él me sonríe a la vez. Y entonces vuelven las pirañas y ya no estoy en el lago, sino de nuevo en el trapecio. Un payaso me grita desde el suelo, allá abajo. “Cuidado, cuidado, señorita”, pero yo no digo nada y cierro los ojos mientras oigo un ruido extraño que tardo en reconocer. Las pirañas chasquean sus pequeños dientes de cristal.

lunes, septiembre 05, 2005

claroscuros de la tarde

El resto del fin de semana sigue su curso lento de glacial hacia el deshielo, por eso el domingo, cuando la tarde se derrumba sobre sí misma, nos vamos, como cuando estábamos juntos en clase, a asomarnos al balcón de la Alameda.
Estamos los dos callados. David se fuma lentamente un porro y yo miro al horizonte. Hay una brisa fría que llega de la Bahía, comienzan a tiritar a lo lejos las luces de El Puerto. Allá abajo, la marea sisea contra las murallas en un beso espumoso y secreto que debe estar durando ya miles de años. El agua viene aquí morir. Y muere hirviendo. Este lugar es quizás donde puede sentirse con más claridad el latido subterráneo que mantiene viva esta extraña ciudad. Esta ciudad es un libro abierto que está escrito en lengua extraña. Esta ciudad es una casa que no tiene techos. Es una princesa desterrada de un cuento. Es una bajamar de algas muertas. Es una ballena varada en la arena de una playa desierta. Es una paloma sabia encerrada en la hondura negra de una campana. Miro al frente y confirmo que esta ciudad, definitivamente, es un catálogo de atardeceres. Y entonces, sin dejar de mirar al mar digo casi en susurros:

— Voy a volver con Juan Carlos

Ni siquiera he pensado en esa frase. Simplemente me ha salido. Todo el día pensando en cómo decírselo y al final la frase sale sola. Brutalmente sola.
David no dice nada. Ni siquiera me mira. Entonces yo le beso la mejilla y me voy. Él se queda allí, apoyado en el pretil, mirando a ningún sitio.
La sirena de un barco gime en el puerto.
Claroscuros de la tarde.

de cajón

Descubre tu presencia
y máteme tu vista y hermosura;
Mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

de San Juan de la Cruz

domingo, septiembre 04, 2005

el bidón volcado que es su morada

Nos montamos en el enorme coche de ellos y salimos a rodar por carreteras comarcales picadas de viruela y del color de las nubes de la lluvia. Cuando llegamos y bajamos del coche, la supuesta manifestación, evidentemente, ya hace mucho rato que ha partido. Una sierra verde y marrón se extiende ante nosotros. El aire está limpio y helado. El esqueleto de un perro, encerrado en un saco de pellejos sucios, nos ladra saliendo del bidón volcado que es su morada. De una casa desconchada, con parras secas y macetas cabizbajas, sale un viejo más triste quizá que su perro. Le preguntamos por la gente de la manifestación y con sus fonemas mellados nos dice que no hay pérdida y que si seguimos el camino que sube llegaremos en un rato al monasterio. Nubes negras, oxidadas, pintadas al óleo, se recortan sobre los peñascos más altos. El camino no es difícil, pero no tardamos en notar las piernas cansadas de la subida. Todo huele a séptimo día de creación, cuando dios se sentó y miró lo que había creado y vio que era bueno.
David va demasiado callado. El buen rollito del desayuno parece haberse diluido entre estas nubes de borrasca. Le están dando ya uno de esos terribles bajonazos suyos. Estoy segura de que ya está arrepentido de haberse apuntado a esta excursión. Sé que odia el campo. Sé que odia caminar. Sé que sólo está aquí por estar conmigo. Quizás no debí haber dicho que viniéramos. María José y su marido no dejan de hablar entusiasmados, de contarnos cosas sobre las ruinas del monasterio al que vamos o sobre los arbustos extraños que nos vamos encontrando por el camino. Yo trato de seguirles la corriente como buenamente puedo, pero David va callado y con cara de pocos amigos. Siempre igual. Del subidón a la bajada, de la sonrisa al mohín, de la fiesta al funeral. De la euforia a la depre. Todo de golpe. Los volantazos bruscos de su carácter me matan. Es lo que no puedo soportar. Así comienzan siempre nuestros problemas. David, el ángel de la luz y David, la culebra de las sombras. David Jekyll y David Hide. Su puta madre.
Y allá abajo, en el pequeño valle verde está el monasterio. La gente ya está almorzando. Nos unimos al grupo. Hay muy buen ambiente. Todo el mundo comparte sus viandas. David parece que va de mal en peor. Apenas come nada y no deja de fumar. Trato de hablar con él mientras miramos estas ruinas vetustas y desgastadas. Pero está claro que no tiene muchas ganas de hablar. Comienzo a estar realmente arrepentida de estar allí. Quizás de estar con él. Vuelvo a pensar en Juan Carlos. ¿Por qué las cosas han de ser siempre tan complicadas y confusas? El cielo es gris y burlón. Cuando, a media tarde, volvemos caminando en busca de los coches, me quedo rezagada con David, buscando las palabras para decirle que lo nuestro es imposible, que ya lo sabemos los dos y que no se haga ninguna ilusión, que nada ha cambiado, que aunque haya necesitado verle y estar con él para revivir los viejos tiempos, no pienso volver con él. Pero no encuentro palabras. Las palabras son como las nubes: nunca tienen la forma que deseas ver. Sólo cuando no piensas en nada y las miras sin motivo, de pronto, toman la forma exacta de las cosas que deseas.
Luego comienza tímidamente a llover y luego aprieta el chaparrón y tenemos que aligerar el paso. Finalmente empieza a diluviar con verdadera furia así que todos echamos a correr, y el campo, a nuestras espaldas, se va convirtiendo en una velada fotografía de bosque susurrante, piedras resbaladizas y desbaratados monasterios del color de la ceniza.

sábado, septiembre 03, 2005

con él sería capaz de irme a pasear por un campo de minas

En la penumbra de la alcoba, la media mañana ha instalado ya sus estandartes. No he dormido del todo bien. El cuerpo desnudo de David es como un motor en marcha que desprende calor. Pero no he dormido bien. Ha estado lloviendo y luego ha dejado de llover y luego ha vuelto a llover de nuevo. Una extraña asimetría de crujidos en el cristal de la ventana. Me siento triste porque sé que esto no lleva a ningún sitio. Ha sido una noche mágica. David es un gran tipo. Lo quiero mucho. Pero esto no va a ningún sitio. Sé que este callejón no tiene salida. Ha quedado demostrado muchas veces antes. ¿Lo sigo queriendo? Creo que sí, pero esto no va a ningún sitio. Es más, creo que David es el hombre de mi vida. No he conocido jamás a alguien como él, ni lo conoceré. Pero yo no podría vivir con él. Ni yo ni nadie. No debo engañarme. Nos conocemos bien. Esto no puede ser. Esta dicha no dura nunca. Ya lo sabemos. Los dos. Tengo que decírselo antes de que sea tarde. En el fondo se que él es un romántico empedernido y ya está haciéndose ilusiones. Pobre David. Lo abrazo y siento su cuerpo como el de un gato que ronronea. Me encanta estar con él, pero esta mañana la imagen de Juan Carlos vuelve a mi cabeza con la insistencia de la lluvia. Se despierta y nos acariciamos hasta hacer resbalar un cuerpo sobre el otro. Acaricio su espalda, lo lamo como una gatita en celo. Dios, David, cuánto te quiero, cabrón. Digo en silencio mientras gimo. Pero él no me oye. Luego me levanto, de nuevo confusa y con prisas me visto y le digo que tengo hambre y que vamos a desayunar. En la cocina ya está Maria José preparando la mesa. Su marido está en la ducha.

— ¿Qué tal habéis dormido?
— Genial

Luego desayunamos los cuatro alrededor de la mesa. Nos reímos mucho mientras comemos. Estamos de buen humor. David es el que lleva peor la resaca. El muy cabrón se emborrachó mucho más que nosotros. Creo que él solito debió de beber más que nosotros tres juntos. Bromeamos y hacemos chistes sobre su mala cara. Reímos. Algo oscuro y neblinoso, sin embargo, no deja de crecer dentro de mí. María José nos pregunta si tenemos algún plan para hoy:

— No sé. No sabemos. ¿Alguna propuesta?

Al parecer, tienen pensado ir de excursión a las ruinas de un monasterio medieval que hay en mitad de una finca enorme. Un grupo de ecologistas ha organizado para esa misma mañana un paseo hasta allí para protestar por no sé qué de un coto privado o algo así. Ya deben estar allí, pero si nos damos un poco de prisa, aún podemos alcanzarles para almorzar juntos en el campo. Aquel lugar debe estar precioso con este tiempo lluvioso. Miro a David. ¿Vamos? Me dice que sí.
David sería hoy capaz de venirse de la mano conmigo a pasear por un campo de minas.

ahora sí que sí

Ya se puede desvelar porque ya está todo en su sitio: la bitácotra del gran Juan Antonio Bermúdez. La última, hasta el momento, aportación a las arenas del circo bitacorero de La Palabra Itinerante. El gran amigo, maestro, hermano, compinche Bermúdez y su lúcida visión de las cosas, su calma generosidad y su inteligentísima pachorra, además de, esperemos, sus deslumbrantes versos ahora disponibles en su red amiga.
Amigas y amigos, con todos nosotros, Contrabandos. Una cita regular a la que seguro no faltaremos.

Como reclamo, un fragmento de uno de sus post:

Katrina revela sin embargo la impotencia de un estado esquilmado por la tacañería ultraliberal justo en el corazón de un imperio que se presenta como modelo de omnipotencia. Cuando la catástrofe era todavía un pronóstico, Bush, con su clásico talante de cow-boy, alentó a los muchachos del Sur a que cogiesen el volante de la caravana y pusieran a sus familias a salvo de la pérfida naturaleza. Misión cumplida, debió pensar esa noche. En el país que se sostiene sobre el mito del éxito individual el mejor consejo para los malos momentos es el éxodo individual; en caso de peligro lo primero es salvar el culo sin preocuparse del vecino.

viernes, septiembre 02, 2005

diez haikus diez

- I -

Mordiéndome
las palabras, estos pájaros
indomables

No identifico
si dioses o enemigos
quienes conspiran

Yo te escribía
con sangre de palabras
y arena seca

Firmas poemas
mientras arden las calles
aquí abajo

Como un poeta
voy de mi ordenador
a mis asuntos


- II -

Se prevén lluvias
arriesgaré encharcarme
por todas partes

Mar en calma
tus pies y mis sentidos
a ras de agua

Desnúdame
quítate los poemas
y el sombrero

Llueven mis manos
párate entre mis piernas
antes de irte

Se presintieron
se vieron se tocaron
se confundieron

de María Gómez

jueves, septiembre 01, 2005

no hay nada en el mundo que deseemos más esta noche

Cuando cerramos allí, nos vamos a “La Indiana”, un bar con una curiosa decoración donde una preciosa camarera de acento vasco nos pone copas sin parar. Hacía tiempo que no fumaba porros y David no deja de hacérselos en mi honor. Allí nos encontramos con el Guaqui. Hacía tiempo que no lo veía. La alegría es mutua. Nos invita a unas rayas. Entramos los tres riendo en un pequeño servicio lleno de espejos. Apenas cabemos, pero el Guaqui, con su habitual destreza, logra hacerse los tres tiros. Dios. Cuánto hacía que no me metí nada. De allí pillamos los tres un taxi y nos vamos a una nave ocupada donde hay un concierto ruidoso que me agobia un poco. Niñatillos locos bailan dándose empujones unos a otros. Sobre el escenario, cuatro chicos gritan y mueven la cabeza enloquecidos. Allí, en un rincón, David y yo nos sentamos en un destartalado sofá. Hablamos, nos besamos y flotamos como plumas de ganso en medio de aquel estruendo de guitarras y gritos. Decidimos irnos. Buscamos al Guaqui pero no hay manera de dar con él. Esperamos al taxi refugiados en un escaparate de la Avenida. Volvemos al centro. David me lleva a un bar que parece cerrado. Toca un timbre oculto y abre un tipo que saluda a David con familiaridad y nos deja entrar.

— Daros prisa, entrad pronto y que nadie os vea, que está hoy la cosa muy mala.

Suena música tecno a volumen brutal. El bar está lleno. La barra está llena. La pista está llena. La música hace temblar las paredes. Nadie que pasara por la puerta de la calle podría imaginar lo que hay aquí dentro. David trata de pedir otro par de copas con esfuerzo entre la multitud que se agolpa. Me apetece bailar así que, como buenamente podemos, nos embutimos en esta muchedumbre febril que danza al compás de la música. Bailamos el uno frente al otro. Somos felices y estamos borrachos. Me doy cuenta de que a nuestro lado está una colega a la que hacía tiempo que no veía. Nos abrazamos de alegría. Apenas podemos hablar del estruendo. Es María José, una de esas viejas amigas de instituto a la que hacía mucho que perdí el rastro. Me cuenta que se casó este verano pasado y que todo le va muy bien. Me presenta a su marido, un joven sargento de la Marina que trabaja en La Isla, un militar progre que lee poesía y es socio de Greenpeace, según deduzco que lo que ella me va diciendo a gritos. Yo le presento a David, que ni es sargento, ni trabaja, ni lee poesía, ni se preocupa del agujero de ozono, aunque esto no se lo digo. Realmente no le digo nada, salvo que se llama David.

Bailamos los cuatro y los cuatro bebemos. La música no se detiene. En mitad del ruido y el sudor, el marido de María José nos da una pastilla para que la compartamos. David la parte con los dientes y me da la otra media entre sus labios. Le como su boca y con la lengua, traigo hacia mí la pastilla. Un buen trago y a bailar. Bailamos y bebemos. La noche se retuerce. La música me retuerce. Creo que soy feliz. Cuando los cuatro salimos de allí ya ha dejado de llover. Al menos de momento. No tardará mucho en amanecer.

Maria José y su marido nos invitan a que nos vayamos a su casa, a tomar la penúltima, que allí tienen algunas botellas. Viven en Bahía Azul. Un salón enorme y un par de mullidos sofás, alrededor de una mesa de cristal de colores. Luz tenue. Un sitio perfecto donde esperar que nos bajen las sustancias que nos fluyen por la sangre. Cuando nos proponen que nos quedemos a dormir en el cuarto de invitados David y yo nos miramos.

No hay nada en el mundo que deseemos más esta noche.