miércoles, agosto 31, 2005

la calle es una fiesta

Viernes noche. La calle bulle de gente joven. Esta vieja ciudad debe ser el sitio donde hay más gente joven del mundo. La calle es una fiesta. Botellas. Coches. Música. Pandillas que llenan las plazas con bolsas de plástico y risas despreocupadas. No importas que haga frío y que pueda empezar a llover de un momento a otro. La gente quiere sentirse libre y en esta ciudad pequeña no hay más libertad que la noche y la calle. Yo camino con ganas hacia el bar donde hemos quedado. Me siento un pájaro que tiene abiertas las puertas de la jaula. Me siento la princesa del mundo.

David está esperándome cuando llego. Viene despeinado, con ese abrigo horrible y sus botas militares. Siempre igual. No se ha arreglado ni para mí y creo que ya está un poco borracho. Lo quiero. La verdad es que a mí, inexplicablemente, me parece el tío más atractivo del mundo. Me acerco a él y, antes de que me diga nada, le beso en la boca. Es un beso largo y que quiere decir todo lo que no voy a decirle. Cuando separamos las cabezas él me sonríe y la luz de su sonrisa eclipsa al mundo.
A partir de ese beso, la noche se nos abre a nuestros pies como una alfombra roja. No nos importa que se haya puesto a llover hace un rato y que parezca que no va a dejar de hacerlo en toda la noche. Hacemos, como en los viejos tiempos, la ruta de los bares, de la que David es quizás el mejor conocedor. Unos cierran a esta hora, otros abren a aquella. A pesar de la represión con los horarios que últimamente el ayuntamiento está llevando a cabo con los bares de copas, siempre hay un itinerario oculto, casi secreto, para estar bebiendo y bailando toda la noche hasta que amanezca. En “La Menta”, que es donde hemos quedado, cierran a las doce. Y hasta esa hora estamos allí bebiendo ron.
Estoy dispuesta a emborracharme esta noche hasta caer inconsciente.

spamtado me dejáis

Querida gente: ante la invasión de spam en los comentarios de los blogs que últimamente nos cerca, me he visto obligado a poner el rollo ése de teclear esas extrañas letras deformes que es, al parecer y según me ha dado norte el amigo Ángel, la mejor forma de pretegerse de estos robots insaciables que se dedican a colgar propaganda barata por todos lados. En fin, la red es de todos y esa maravillosa premisa trae algunas incómodas consecuencias como ésta.
A partir de ahora, quienes queráis añadir comentarios tendréis que pasar por un pequeñito trámite burocrático que no os llevará más de tres segundos. Espero que este pequeño incordio no os reprima y me (nos) dejéis oír vuestras palabras (ya sabemos lo nutritivos que son los comenarios para cualquier blog). Para mí vuestros escritos son purita gasolina.
Perdonen las molestias.
Que no decaiga la fiesta.

martes, agosto 30, 2005

me muero de ganas

El resto de la semana se me hace larguísimo. Es cierto que las cosas en casa no van mal. Mi hermano sigue aquí y apenas sale, como si estuviese queriendo purgar por sus errores. Está más o menos atento a mi madre y con las cosas de la casa así que puedo ir a clase todas las mañanas, aunque he estado descentrada y sin ánimo. Entre una cosa y otra, especialmente porque he resuelto algunas deudas que teníamos con el casero, los 300 euros han volado prácticamente. He guardado algo para mí porque si algo tengo claro es que este fin de semana voy a salir. Necesito desconectar.
El viernes a medio día, llamo al Guaqui y le doy un mensaje para el David. Mientras marco me entra la duda de si el Guaqui tendrá el mismo número. Si no logro localizarlo tendré que ir al piso. Pero no, el Guaqui me responde:

— ¿Ana? Joder, tía, ¿qué pasa, chula? ¡¡¡Pero joder, qué tiempo sin saber de ti!!!

Le da alegría de oír de nuevo mi voz, y a mí al suya. No sabía nada de él desde que dejé a David. Charlamos un rato y me cuenta cosas que no me cuentan nada: no llego a enterarme si le va bien, si le va mal… lo de siempre. Pero su voz entusiasta y golfa me deja reconocer al Guaqui de siempre. Luego le digo que realmente le llamaba para darle un mensaje para David, que no sé como dar con él.

— Podías haberte llegado al piso, tía, y hacernos una visita… bueno, para lo que paro yo allí, jejeje…
— Ya, sí, pero es que ando un poco liada
— Vale, tía, mira, esta tarde pensaba ir al piso si quieres le digo lo que sea.

Basta de luchar más contra mí misma. Le pido que le diga a David que nos veamos sobre las diez en “La Menta” esta noche. El Guaqui se ríe…

— Vaya, ¿eso es una cita de reconciliación?
— Venga ya, déjate de coña, es que quiero verlo y hablar con él… nada más.
— Sí, sí, jejeje –y su voz de pillo me transporta a otros tiempos más felices. O no.
— Bueno, tú díselo, por favor, no se te olvide, es importante…
— Venga, tranquila, que esta tarde seguro que lo veo.

Le mando un beso y cuelgo. Me quedo unos segundos mirando al teléfono mientras un cosquilleo de color celeste me recorre el vientre.
Me muero de ganas por ver a David.

lunes, agosto 29, 2005

una lamparita encendida

Trescientos euros en una hora y media. Pero ha sido el dinero más doloroso de mi vida. Lo que ha ocurrido esta vez supera mis límites. Aquellas cosas que Erika tenía en el dormitorio. Aquella cama. Aquel tipo desnudo. Aquellas feas palabras. Aquella cámara revolotenado a nuestro alrededor. Aquellos gemidos. Aquella forma en que el tío aquel nos ha tratado. Varias veces estuve a punto de salir de allí corriendo, pero Erika no me ha dejado. Nunca había hecho eso. Nunca pensé que fuera capaz de hacer nada de eso, ni con un hombre ni mucho menos con una mujer. Nunca más volveré a hacer eso. Nunca más. Trescientos euros en una hora y media. Pero ¿qué negocio puede hacer que se gane dinero tan fácilmente? Estoy confusa.

Camino de casa; en el autobús, todo me parece irreal. La gente está callada mientras fuera la noche se cierne sobre el mundo como un enorme gato negro que se repliega sobre sí mismo para irse a dormir. No hay estrellas y comienza a llover. Paraguas y chubasqueros, gabardinas y bufandas. El frío de diciembre ha bajado de golpe desde su cueva sideral. Me siento como una lamparita encendida dentro de una casa donde hace mucho que nadie entra.

la que no está

Ninguna tiene tanto éxito como La Que No Está. Aunque todavía es joven, muchos años de práctica consciente la han perfeccionado en el sutilísimo arte de la ausencia. Los que preguntan por ella terminan por conformarse con otra cualquiera, a la que toman distraídos, tratando de imaginar que tienen entre sus brazos a la mejor, a la única, a La Que No Está.

de Ana María Shua

domingo, agosto 28, 2005

voy a grabaros a los tres a la vez

Cuando entro en el piso, Arturo sale a recibirme con la misma ropa del primer día. Está igual de amable pero, nada más abrirme la puerta, me parece notar que está algo más nervioso. En el salón hay un chico y una chica. Los dos muy atractivos. No parecen de aquí. No puedo disimular mi sorpresa. No contaba con aquello. Aun así, Arturo sonríe y nos presenta.

— Mira, Ana, este es Claudio y ésta es Erika.

Nos damos unos besos y, ciertamente, compruebo que no son españoles. Claudio es italiano aunque habla perfectamente el español. Erika es Húngara y habla bastante peor. Pero ambos son simpáticos y, sentados en el sofá, tomamos unos zumos y charlamos amistosamente. Me relajo un poco aunque sé que aquello se va a complicar.
Y, efectivamente, después de un pequeño rato, Arturo entra en el tema y me dice que ellos van a participar también en la prueba.

— ¿Pero cómo? –le digo
— Contigo, voy a grabaros a los tres a la vez
— Pero no sabía que…
— Tranquila, Ana –interrumpe el italiano-. No vas a hacer nada que no quieras. Tú sólo déjate llevar…
— Pero sólo vamos a posar ¿no?
— Eso dependerá de ti –me dice Arturo sacando la cámara plateada de su funda negra– Nadie va a obligarte a nada. Sólo llegaremos hasta donde tú quieras. Eso sí, ya sabes que si te portas bien te pagaremos el doble.

Entonces Erika, alta, delgada, esbelta como una gata, me agarra por la cintura desde atrás y me dice con su acento extranjero:

— Tranquila, ven conmigo, relajarte, vamos yo y tú al dormitorio y hablemos solas. Déjate hacer, Ana, eres muy guapa ¿te lo dicen?

Y mientras acaricia mi vientre yo siento que ya no tengo posibilidad de echarme atrás.

sábado, agosto 27, 2005

las enseñanzas de wu ming

Pregunta: ¿Se puede hoy verdaderamente elegir entre estar dentro, fuera o al lado del sistema de la comunicación?
Respuesta: No nos gusta la palabra “sistema”, se usa para indicar demasiadas cosas a la vez. Si por “sistema de la comunicación” se entiende simplemente el “establishment” (los juegos de poder, los “talk shows”, las grandes kermesses, las recepciones con buffet) entonces es posible estar “con los pies en la plaza y un puño en el Palacio”. Pero si por “sistema” se entiende el circuito planetario integrado de los media (viejos y nuevos), estamos todos dentro, y sin excepciones, si se piensa que uno de los personajes más mediatizados del planeta es Su Santidad Tenzin Gyatso, 14º Dalai Lama del Tibet. La “separación” total es imposible. Es aquí dentro que se construyen nuevas comunidades, redes de resistencia, pajares para que duerman los partisanos. Si luego por “sistema” se entiende el capitalismo, ni siquiera el que pide limosna está fuera.

Wu Ming

viernes, agosto 26, 2005

su sonrisa y su voz vienen a mí constantemente

Mi madre ya estaba despierta, la he levantado, la he vestido y le he dado el desayuno. Mi hermano ronca en su habitación. Le he dicho a mi madre que voy a clase y no me ha gritado, sólo ha farfullado algo que no he oído. O no he querido oír. Luego he avisado a mi hermano de que me iba y de que mamá ya estaba en el salón. Que vuelvo a la hora de almorzar. Que en la cocina le he dejado la lista de la compra y algo de dinero. Que puede preparar unas lentejas, que anoche las metí en remojo. No sé si me ha oído, pero yo he salido a la calle y no había sol.
Puede decirse que así ha sido el inicio de la semana. He estado en clase tres días consecutivos, lo que para mí es todo un record. Mi hermano se está portando y eso me da cierto margen. Puede que, finalmente, las cosas no vayan tan mal. Todos los días he tenido tentaciones de llamar a David, pero las he resistido. No estoy segura de que deba hacerlo. Me conozco. Y lo conozco a él. Creo que quedó claro que somos incompatibles y que todo lo que nos pasó debe servirnos para aprender. Pero lo cierto es que, aunque intente mantener mi cabeza entretenida y trate de pensar en él lo menos posible, su sonrisa y su voz vienen a mí constantemente. Por otro lado también me acuerdo de Juan Carlos. La verdad es que es un buen partido. Es un chico formal, con un gran futuro como aparejador en la empresa de su padre, uno de esos que mi madre llama “un hombre de su casa”, un buen marido, y encima de una familia de dinero. Quizás esté haciendo la tonta si lo dejo escapar. A veces me avergüenzo de mí misma por pensar estas cosas.
Pero a veces, no.
Además, Arturo me llamó ayer y me dijo que a su jefe le habían gustado mucho las pruebas que le había enseñado y que quería hacer otras tomas. Por supuesto, me recalcó, serán pagadas como las otras. Incluso dijo que si me portaba bien, podríamos subir hasta 300 euros. No me gustó mucho eso que “si me portaba bien”, pero la cifra me hizo disipar las dudas con respecto a si iría o no. Le dije que no podría por la mañana, pero sí por la tarde, porque estaba en clase. Me dijo que no había problema.

— ¿A las cinco está bien?
— Cinco y media mejor.
— Okei, sé puntual, cariño. Un beso.

Así que son las cuatro y media de la tarde. Voy caminando hacia el piso de Arturo por estos callejones caracoleros, llenos de balcones y casas de piedra vieja, y al cruzar cada esquina siento un extraño escalofrío, como si un enorme tiburón escondido fuese a atacarme por sorpresa.

jueves, agosto 25, 2005

Tengo la regla y cientos de peces nadan a mi alrededor queriendo entrar dentro de mí

Todo está inundado. Estoy dentro de un palacio enorme, agarrada a una tabla. Todo está inundado. Las escaleras de mármol se hunden como si condujesen a una oculta galería submarina. Floto sobre el agua. No tengo miedo, pero no puedo hacer nada. Sólo floto a merced de las aguas agarrada a esto que por momentos es un tronco y por momentos el trozo de algún mueble. Extrañas corrientes me mueven por aquellos enormes salones. Atravieso las puertas abiertas y una sala conduce a otra sala. Desde la pared, seres extraños me saludan desde los cuadros. Debieron ser duques y marquesas, muertas pero vivas. Los techos están llenos de pinturas extrañas y de suaves colores. Se oye un ruido de gotas que caen, pero no las veo. Creo que estoy buscando de dónde sale todo esta agua. Por una claraboya que hay en el centro de una cúpula que corona en salón, se asoma un policía o un bombero o un militar, no llego a verlo claro, y me pregunta si he cerrado ya el grifo. Pero yo le respondo que no sé de qué grifo me habla y que aquí no se ve nada. Le digo que sí que se oye un sonido de gotas y entonces el cura, porque ahora es ya un cura, me dice que debo rezar porque si no nunca dejará de llover. Pero lo cierto es que no llueve. Entonces me pregunto si toda esta agua será dulce o salada y tomo un poco en la palma de mi mano y me la llevo a la boca. Es agua salada. Muy salada. Y es entonces cuando me entra el miedo. Comienzo a notar que hay peces allí y siemto cómo empiezan a rozar mis muslos. Porque estoy de nuevo desnuda y veo cómo empiezan a llegar peces y peces, todos a mi alrededor, como atraídos por mis piernas. Comienzo a dar manotazos en el agua para apartarlos pero cada vez hay más peces. Intento protegerme mi entrepierna con la palma de la mano y es entonces cuando noto que estoy sangrando. Dios. Tengo la regla y cientos de peces nadan a mi alrededor queriendo entrar dentro de mí. Siento que el miedo empieza a vencerme, empiezo a gritar mientras palmoteo con furia inútil las aguas que parecen hervir de peces. Entonces es cuando, entrando en el salón por la puerta principal, veo la enorme aleta negra del tiburón.

Me he despertado asustada y he tardado varios segundos en descubrir que estoy en mi cama y que es la hora de levantarse.

miércoles, agosto 24, 2005

y click, piiiiiiiiiiiiiiiii

El domingo termina mientras anochece con prontitud. Desde la ventana de la cocina veo gatos pardos salir de sus guaridas mientras preparo algo de cena. En el salón mi madre y mi hermano ven la tele. Entonces suena el teléfono. Tengo una corazonada.

- ¡Yo lo cojo!

Que sea David. Que sea David. Que sea David.
Levanto el auricular. Efectivamente, el corazón me da un vuelco. Su voz suena en mis oídos como el canto de un ángel.

- ...
- Hola, David
- ...
- Sí. Pasé cerca y me apeteció saber de ti.
- ...
- Bueno, me abrió un chico al que no conozco. ¿Un nuevo compañero de piso?
- ...
- Me dijo que no estabas.
- ...
- Ya, pero no sé. Es que no le conocía y además me pareció un poco cortón ¿Y el Guaqui? ¿Qué hay de él? Tampoco estaba en el piso.
- ...
- Hace mucho que no os veía. Me apetecía haceros una visita.
- ...
- No seas borde, tío. A mí ni mi novio ni nadie me tiene que dejar la correa suelta. Además… hemos roto.
- ...
- Hace un par de semanas. Supongo que te alegrarás ¿no?
- ...
- No sé. Confusa, como de costumbre...
- ...
- No empieces a ponerte borde, tío. Sólo me apetecía saber de ti. ¿Cómo andas?
- ...
- Me han dicho que andas un poco engolfado.
- ....
- Sí. Otra vez estás privando como antes. Sé que el Luini y la Rosa te han tenido que llevar a casa casi cadáver varias veces últimamente.
- ...

Piiiiiiiiiiiii.... Oigo cómo la máquina le pide más monedas. Suena un chasquido metálico, luego sigo.

- Una que se entera de todo... ¿y el curro?
- ...
- Lo siento.
- ...
- ¿Y la facultad?
- ....
- Ah
- ...

Su tono de voz ha cambiado. Siento como si me susurrara al oído. Esos susurros siempre me han hecho sentir tan dichosa.

- ...

Me pregunta cómo estoy. No contesto y dejo pasar unos segundos en que oímos nuestros silencios. Entonces pronuncia mi nombre, como preguntando si sigo en el teléfono.

- ...

Las palabras se me escapan de los labios como polluelos asustados que corren hacia su madre.

- Tengo ganas de verte
- ....
- No. Mañana no: tengo que salir con mi madre.
- ...
- No. Bueno, no sé. Voy a estar liada toda la semana.
- ...
- Venga, tío, es que no sabría decirte ahora. Mejor me paso yo por el piso.
- ....
- No. Te repito que yo te buscaré.
- ...
- Lo haré. Lo he hecho hoy ¿no?
- ...
- No te hagas la víctima, que ya nos conocemos. Venga, un beso, te buscaré en cuanto encuentre un hueco.
- ...

La forma en que me ha dicho que me echa de menos me ha acelerado el corazón.

- Hasta pronto.

Y click, piiiiiiiiiiiiii


no es chacota la vida

No es chacota la vida.
La tomarás en serio,
como lo hace la ardilla, por ejemplo,
sin esperar ayuda ni de aquí ni de allá.
Tu más serio quehacer será vivir

No es chacota la vida.

La tomarás en serio,
pero enserio a tal punto
que, puesto contra un muro, por ejemplo,
con las manos atadas,
o en un laboratorio,
de guardapolvo blanco y con grandes anteojos,
tú morirás por que vivan los hombres,
aun aquellos hombres
cuyo rostro ni siquiera conoces.
Y morirás sabiendo, ya sin ninguna duda,
que nada es más hermoso, más cierto que la vida.
La tomarás en serio,

que a los setenta años, por ejemplo,

plantarás olivares,
no para que les queden a tus hijos,
sino porque, aunque temas a la muerte,
ya no creerás en ella,
puesto que en tu balanza
la vida habrá pesado mucho más.

de Nâzim Hikmet



martes, agosto 23, 2005

y al séptimo descanso (crónicas del anticristo)

Ya hemos hablado aquí alguna que otra vez de memento mori, una bitácora que trato de visitar a menudo y que me resulta especialmente conmovedora... sus textos son frescos, inquietantes, inteligentes, y a veces de una socarronería sosprendente. Jose Antonio a veces lo clava.
Aquí un texto que acabo de leer.

El primer día destruyo al hombre y los animales de la tierra según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras.
Después destruyo las aguas y los seres que habitan en ellas, y los pájaros del cielo.
Al día siguiente, acabo con las luces en la bóveda de los cielos, esas luces que separan el día de la noche y alumbran a la tierra.
El cuarto día destruyo los continentes y la tierra que verdea y engendra semilla.
Para el quinto día dejo la destrucción de la bóveda llamada cielo y que separaba aguas de aguas.
El sexto día es el día en el que son destruidos definitivamente el cielo y la tierra, y en el que deja de existir la luz.
Y al séptimo día, cuando sólo quedo yo, me tomo un más que merecido descanso, ahíto de satisfacción.
Para la nueva semana, comienzo a autodestruirme.

a veces hay barcos y a veces no

A media tarde he subido a la azotea a recoger la ropa tendida. Desde aquí se ve el mar. Un mar inmenso y azul o gris que difumina al atardecer el contorno borroso de las cosas y que a veces tiene barcos y a veces no. En mi mente se van alternando las caras de Juan Carlos y de David, y luego las de la Tere y la de Arturo.

Cierro los ojos y llena con amplitud mi pecho con el aire que llega del mar y que nunca huele igual. Unas tardes trae el olor a bajamar de la playa cercana, ese regusto poderoso de las algas arrastradas por las olas, la sal incrustada en las piedras y el aire caliente que desprende la arena que se enfría poco a poco. Hay otras veces un olor pletórico a marea llena, a espuma encabritada que se rompe contra las murallas y peces felices que se comen con dulzura los unos a los otros. Otras tardes, el viento ha cambiado y trae el olor del puerto, la huella que en el aire va dejando el combustible quemado, el óxido de los enormes containers que dormitan en las dársenas como cadáveres esperando pacientes el largo milagro lento de la resurrección, los camiones y las grúas, el olor a puchero y a desesperanza que se queda aferrado como la mangla pegajosa en los muros de esta ciudad pequeña, obscena y solitaria. Las puestas de sol son sublimes desde aquí arriba. Una extraña acuarela parece disolverse a lo lejos.

Finalmente, en mi cabeza sólo queda la carita de David. Mi hermano llega entonces y se pone a ayudarme con la ropa. Está especialmente amable y conversador, así que aprovecho para pedirle ayuda. Necesito que me ayudes más. No se en qué andas metido ni voy a decirte nada, pero tienes que ayudarme. Yo no puedo más. Mamá está insoportable. Necesito salir a buscar dinero, buscarme algún trabajo, no sé si podré seguir con la carrera. Y no te pido que tú hagas nada de eso, Pitu, pero necesito que estés más en casa y que me ayudes con mamá. Que no lo dejes todo para mí. Es la madre de los dos, así que, Pitu, por favor, repartámonos la carga. No te vayas así de casa y no te tires tantos días sin aparecer. Pongámonos de acuerdo. Yo también quiero tener algunos días para salir. Lo necesito. Ya te habrá dicho mamá que he roto con Juan Carlos, pero necesito salir un poco. Si no voy a volverme loca, todo el día aquí pendiente de mamá. Y yo no quiero dejar los estudios, por favor, tienes que ayudarme. Y mi hermano me dice que sí, que es que a veces se le va la olla, pero que ya no va volver a pasar más, que lo entiende todo y que me quiere mucho y que quiere mucho a mamá. Y los dos nos abrazamos mientras el mar se traga los últimos destellos de un sol anaranjado y violeta.

— Yo también te quiero – le digo- Y a mamá también, lo sabes.

Y luego pienso para mis adentros, que ya me conozco esta situación.

Dios. A ver cuánto dura esta vez.

lunes, agosto 22, 2005

tus muertos vamos a tener eso

Regreso a casa pensando con nostalgia aún en David, pero sin haber perdido la sensación de triunfo que me da el dinero que llevo encima. Pero las buenas noticias no han acabado aún. Cuando entro mi hermano está en casa, preparando unos macarrones en la cocina. Hombre, el hijo pródigo. Le doy dos besos. ¿Dónde has estado, Pitu? Me tenías preocupada. Pero él no contesta y sólo me devuelve dos besos enormes y sonoros. Está de buen humor y mi madre también. Por un momento, siento ganas de gritarle a mi madre y reprocharle que por qué no le dice ahora todo lo que me dice a mí cuando él no está, que por qué no le llama golfo y niñato. Claro, como siempre ha sido su ojito derecho… Pero no soy capaz. No quiero enfadarme y creo que será mejor dejar correr el asunto y tratar de disfrutar de este anómalo paréntesis de placidez familiar. Mi madre me pide que le acerque a la cocina que tiene ganas de hablar con mi hermano, y él, mientras remueve la olla hirviente y calienta el tomate de lata, como un niño modelo que nunca ha roto un plato, como si no acabase de llegar después de más de una semana desaparecido en la calle, yo empujo la silla y mi hermano dice que va a ponerle al tomate un secreto que ha aprendido, que si tenemos curry. Entonces no puedo aguantarme.

— Tus muertos vamos a tener eso.
— No le hables así a tu hermano, niñata ¡encima que está haciéndote hoy la comida! - me dice mi madre.

Yo voy a responder, pero, definitivamente, me callo. No quiero estropear lo bien que va la mañana. Me dedico a poner la mesa.
Comeremos los tres juntitos.
Como una familia feliz.

luz de la victoria


A partir de un artículo de Manolo en su bitácora Los Peligros, esta página sobre la iluminación de la playa de la Victoria en Cadi.
No comments.



sábado, agosto 20, 2005

patria

¿Para qué quiero la patria que sale en los libros
si en los libros de la patria no sale mi barrio?

de Juan C. Aragón

epístola

Carísima mía:

Te juro que cuanto más mayor me hago menos sentido le veo a esto de convertirme en un hombre o como esto se llame, que es en realidad lo mismo que hacerse en un ciudadano adulto, honrado, trabajador y sumiso. Y es que me está dando la impresión de que ya ni siquiera expresar las ideas de uno tiene demasiado sentido hoy, cuando nos han secuestrado el lenguaje y las palabras ya sólo significan lo que ellos quieren que signifiquen. Así, claro, no hay forma humana de entendernos, por mucho que tú leas esto que ahora escribo y por mucho que yo escriba esto que tú probablemente estás leyendo en este momento.
Me acuerdo ahora de ti, desnuda en una alcoba penumbrosa, así, respirando lentamente, sin darle demasiada importancia al mundo. Exacto. Así deben ser las cosas. Pero es que no sé qué hacer ni qué decir. Tengo todo en mi contra. No se te olvide, amor mío, que soy un hombre joven, insatisfecho, culto, bobo y sin rumbo. Es decir, reúno en mí todas las características necesarias para descubrir la gran estafa que es esta vida. No me ha sido, pues, difícil darme cuenta de que todo lo que me han dicho (y te han dicho a ti) en el colegio, en la familia y en la televisión es, básicamente, mentira. Y que conste que no quiero que hoy me aflore demasiado esa estúpida vena existencialista-pesimista-lúdico-pueril que estás acostumbrada a verme y que tanto llega a aburrirnos a los dos, pero es que cada vez que me pongo a escribirte sobre nosotros acabo siempre desolado de pensar en lo tristes que son las cosas, a la vez que termino excitado de pensar en lo suaves que son tus muslos.
Así que, en estas largas tardes de sol invernal, nunca llego a tener claro si es mejor escribirte una carta o un poema, o a lo sumo, encerrarme en mi cama y hacerme el amor a solas pensando que estoy contigo. Y es que a veces pienso que lo único que tiene sentido en este mundo es tu coño.
Por lo demás, ya lo sabes, amor mío: prefiero ser moro antes que europeo, indio antes que abogado y cocinero antes que fraile. Ya ves. Alguien se ha equivocado y no nos ha cortado la vida a la medida. A veces creo que todo me viene grande. Todo menos tu cuerpo, al que me ajusto siempre como un guante.
Te quiero, no lo olvides.
Todo tuyo.

D.

viernes, agosto 19, 2005

compañías

Les siento ahora, aquí, a mi lado.

Quienes saben de la condena del tiempo,
de la constante contienda entre amaneceres y estertores.
Quienes callan cuando un pájaro los mira.
Quienes apartan en silencio la nieve de la leña.
Quienes en la fábrica de maderas se detienen
ante el rincón donde se acumulan
las virutas y el serrín.
Quienes acarician el puente que salva
el cauce de un río seco.
Quienes lanzan los dados a oscuras contra una pared.
Quienes acuden a un entierro donde nadie les conoce.
Quienes cubren con tierra las brasas del odio.
Quienes conjugan ternuras en los días inciertos.
Quienes cuentan las horas en las ondas del agua.
Quienes rastrean las huellas de un animal que murió.
Quienes guardan debajo de la cama zapatos rotos.
Quienes lloran sin querer saber por qué.
Quienes emprenden el amor, quienes lo desaprenden.

Los que mueren. Los que resisten.
Los que besan. Los que huyen.
Los que nacen. Los que mienten.

Todos ellos me habitan. Por ellos me transito.
Junto a su herida está inscrita mi herida
en las blancas galerías de la soledad.

Ellos forman la trama
y son mis argumentos.

de Jose M. Gómez Valero.

aquellas hermosas noches de sol

Estoy ante la puerta de David y aún no sé si quiero llamar. He estado, de hecho, a punto de detener el ascensor mientras subía y bajar de nuevo. No debería verle. Me prometí que no volvería a verle. Me juré a mí misma que esto no iba a pasar de nuevo. Da la vuelta y huye, Ana. No llames a esa puerta. No lo hagas. Knock, Knock.

El timbre sigue sin funcionar. Oigo unos pasos que se aceran. Dios, estoy tan nerviosa. Quiero verlo. Quiero verlo. Y cuando oigo que se abre el pestillo, pongo la más bonita sonrisa de que soy capaz, justo para ver que no es David. Al abrirse la puerta, asoma su cara un chico al que no conozco. Es feo, delgado y con unas gafas horribles. No sé quién de los dos está más sorprendido, si él o yo.

— Hola… eh… perdona… aquí vive todavía David ¿no?
— Ehhh… David… sí… aquí vive.
— Ah, es que como no te conozco.

El tipo debe ser realmente tímido. No se atreve siquiera a mirarme a los ojos. Le pregunto:

— ¿Y no está?
— ¿Quién?
— Pues David.
— No… no está ahora mismo.
— Vaya…

El tío este no tiene realmente ganas de hablar conmigo. Mi ropa debe gustarle, porque me mira de reojo las marcas de los pezones. De pronto me siento fuerte. Cualquiera diría que me tiene miedo. Así que no dejo de sonreír y lo miro a los ojos haciéndome la interesante. Se lo estoy haciendo pasar realmente mal.

— ¿Y no sabes cuándo va a volver?
— No.
— Mira es que soy una colega suya… ehhh… ¿y el Guaqui? ¿Sigue viviendo aquí el Guaqui?
— Sí, pero tampoco está…
— ¿Y tú vives aquí?
— Sí…
— Pues no te había visto antes.
— No, llevo poco aquí.

Está realmente nervioso. Me siento perversa en este juego de hacerle sufrir. Debe ser el tío más tímido del mundo. Creo que está hasta sudando.

— Bueno, pues yo me llamo Ana
— Ana
— Sí…

Me quedo unos segundos esperando a que me diga su nombre, pero no es capaz. Sigue mirando al suelo. Tengo su corazón en mi puño. Una malsana sensación de poder me obliga a apretarle aún más las tuercas a aquel pobre diablo. Le digo sonriendo maliciosamente:

— Bueno… ¿puedo pasar dentro y esperar al David?

Aquello es demasiado para ese chico. Se pone visiblemente nervioso. De pronto comienzo a sentir lástima por él. Me siento mala. No debí haberle hecho esto.

— Es que… es… es que tengo que salir ahora mismo.

Ha sabido encontrar una salida digna. Por un momento pensé que iba a cerrarme la puerta en las narices. O que iba a echarse a llorar.

— Bueno, pues ¿le podrías decir que he estado aquí?
— Sí. Se lo diré.
— Gracias.

Y me cierra la puerta sin decirme ni adiós. Vaya tipo más raro. Bajo de nuevo a la calle tratando de imaginar cómo ese pobre chico, con esa cara de empollón introvertido, puede compartir el piso con dos golfos como el Guaqui y David.

David. No recuerdo haber sentido tantas ganas de verlo desde los tiempos felices.

Aquellos días hermosos de estrellas.

Aquellas hermosas noches de sol.

miércoles, agosto 17, 2005

mi vieja ciudad enferma

Anochece cuando veo los primeros destellos de la bahía. Una luz mortecina va desplegando un muestrario de sombras sobre las marismas. Casi diría que puedo oler la cercanía del mar. Gaviotas se retiran dormir a las antípodas negras de los caños. Las enormes grúas de los astilleros recortan sus siluetas decadentes sobre los escombros violetas de la puesta de sol que acaba de terminar. Los coches encienden las luces y nubes extrañas se apelotonan en silencio y conspiran a lo lejos, sobre el filo del mar.

El autobús, silencioso y nocturno, cruza el puente que atraviesa la bahía. Aquí dentro la gente comienza a desperezarse. Han sido casi ocho horas de travesía y el tipo que hay a mi lado se despierta de la profundidad de su letargo y bosteza con la boca de un ogro somnoliento. La ciudad nos recibe ahí delante con su rosario de farolas amarillas y su aburrido trasiego de coches encendidos. Mi ciudad. Mi vieja ciudad enferma, anestesiada por los siglos y la humedad, me recibe sin mirarme a los ojos. Es casi media noche. La luna no ha salido a alumbrar nuestro cansancio.

Cuando llegamos a la parada todos nos levantamos con la lentitud de los convalecientes. Ahí fuera algunos esperan. Las puertas se abren y vamos saliendo uno a uno. Cuando salgo, veo a mi alrededor muchos besos y abrazos pero ninguno es para mí y entonces al autobús se le abre su vientre geométrico y nos vamos acercando y sacamos las maletas. Hace frío esta noche. Este frío que se te mete en los huesos y te va royendo sin que te des cuenta. Aún me queda una caminata hasta mi cama, pero no me importa andar un poco. Las luces navideñas de la avenida rielan sobre el asfalto empapado por la humedad.

De nuevo en casa. De nuevo en ninguna parte.

domingo, agosto 14, 2005

la piel de un tambor más viejo que sus guerras

No fue difícil encontrar un vuelo de regreso a Madrid. Al llegar a Barajas me he planteado pasar unos días con algún colega en la capital, pero recuerdo que es casi Navidad. Madrid es una ciudad horrible pero en Navidad es sencillamente vomitiva. Además hace un frío del carajo. Juraría que hace mejor tiempo en Ámsterdam que aquí. Por eso he pillado el primer Secorbus que me devuelva al sur y aquí estoy, encajado en un sillón incómodo mientras fuera desfila un paisaje aburrido y anciano. El horizonte de Castilla es la piel de un tambor más viejo que sus guerras. Tras la irritada garganta de Despeñaperros, paramos en Guarromán para hacer el cambio de conductor y me he fumado un porro y me he tomado un dyc cola que no me ha sentado ni bien.

A mí lado va sentado un tipo que no ha hecho más que roncar desde que salimos de la Estación Sur. Dios ¿cómo puede alguien dormir así en un sitio como éste? La película que han puesto debe ser de un saldo de un videoclub que cerró hace años. De todas formas, trato de verla pero con el puto auricular éste no se oye nada. Y además al ratito me duele la oreja. A la mierda la película y a la mierda este puto autobús. Trato de dormir un poco reclinándome sobre el respaldar del asiento, pero no hay manera. Acabo pensando que realmente estoy perdido, que, como me ha dicho ya el Guaqui, llevo muy mal camino con la priva y que a lo mejor si cambiara Ana no andaría jugando así conmigo. Luego pienso que mi vida es un desastre y que tengo que salir del agujero. Y luego pienso otra vez en Ana y luego pienso en el cabrón éste que no deja de roncar. Y entonces me digo que paso de Ana, que le den por el culo, que se vaya con su puto novio y desaparezca de una vez de mi vida, y que paso del Guaqui, que mira quién va a darme consejos, y que paso de todo el mundo y que no debo hacerle caso a nadie. Que ya soy mayorcito para saber qué me conviene y si debo o no beber. Que se meta todo el mundo sus consejos por el culo. Que yo soy el capitán de mi nave y nadie mejor que yo sabe cuál es el rumbo. Y que dando bandazos se descubre mejor el camino. Y que en cuanto llegue voy a beberme un millón de cubatas a la salud de todos los hijos de puta que hay en este mundo.

Y entonces de nuevo me digo a mí mismo que mi vida es una mierda, que ojalá me muriera esta noche mismo y que tengo frío. Mucho frío.

Pero por dentro.

viernes, agosto 12, 2005

sangro, dios, soy un ratón

Cuando me despierto es ya mediodía. Betty no está. Al abrir los ojos, lo primero que veo es un ratón que husmea bajo un viejo mueble al fondo en al pared. Ha salido, como en los dibujos animados, de un pequeño agujero que hay en la pared. Curiosea con urgencia, se acerca a una mochila que hay en el suelo. Da unas vueltas nerviosas y luego se para, como si pensara en algo. Nada debe realmente interesarle porque de pronto vuelve sobre sus pasos y regresa al agujero. Aquí realmente no hay nada atractivo, sólo peligros, así que vuelve a la maternal seguridad de su ratonera. Oscura pero inexpugnable. Sabia decisión.

Me levanto, me visto y bajo al salón comunal. A la luz del día aquel sitio parece más cutre y sucio aún. Pregunto por ella pero nadie me entiende. O quizás nadie quiere entenderme. Unos duermen y otros preparan algo de comer. Otros charlan en el salón fumando hierba. Suena el puto Bob Marley, así que decido huir de allí lo más rápidamente posible. Es justo al salir a la calle cuando me cruzo con el maromo rubio con el que Betty estaba la noche anterior. Al principio no le reconozco pero cuando se abalanza sobre mí blasfemando en inglés me doy cuenta de la situación. Un novio despechado no es la mejor forma de comenzar el día. Me agarra por el cuello y me empuja contra la pared. Trato de zafarme, pero descubro que aquel tipo está dispuesto a partirme la cara, así que, de forma casi instintiva, estrello un puñetazo contra su mandíbula que quizás me duele más a mí que a él. Cuando veo que los tres tipos que viene con él, de cuya presencia no me había percatado hasta ahora, me rodean y se arrojan gritando hacia mí es cuando comprendo que voy a pagar caro, muy caro, ese puñetazo. Me agarran, me golpean, me sacuden sin compasión. Cuando caigo roto al suelo me dan aún algunas patadas. Trato de protegerme, pero todo es tan rápido y tan brutal que apenas puede creer lo que está sucediendo.

Quedo en el suelo encogido y les oigo alejarse mientras me siguen diciendo no sé qué. Sangro. Trato de respirar tirado en la acera porque, categóricamente, sé que no puedo levantarme. Entonces quiero llorar pero apenas me salen unos hipidos ridículos. Pienso en Ana y de repente, sin saber por qué, la imagen de un pequeño ratón asustado regresando a su guarida me viene nítidamente a mi mente.

Dios, estoy roto. Sangro. Soy un ratón. Así que de pronto me doy cuanta de que, en realidad, nada hay en esta ciudad que me convenga.

Ya estoy yo volviendo a mi ratonera.

paco ortega

El músico y productor Paco Ortega siempre me ha caído bien a pesar de que nunca me ha interesado mucho su trabajo. Pero me parece un tipo lúcico y, en cierta medida, muy auténtico, no sé.
He leído esta entrevista, de la que extraigo un fagmento :

Internet es un universo cojonudo para hacer llegar tu música a los demás. ¿Por qué no lo utilizan más para dar oportunidad a los que son despreciados por las discográficas?
Internet es un gran invento pero el problema que tiene con respecto a los otros canales que ya conocíamos es el mismo: se difunde bien lo que se promociona bien y se promociona bien aquello a lo que se arrima mucho dinero. Tú puedes tener una página espléndida pero si no pones los medios para que los motores de búsqueda la sitúen en un buen plano, no la ve nadie.


jueves, agosto 11, 2005

aviso

Amigas y amigos: me he percatado de que estos últimos días algunos comentarios han desaparecido inexplicablemente. Incluso míos. No soy el responsable y no sé a qué se deberá, pero si notáis que, inexplicablemente, algunos comentarios vuestros o respuestas estaban y ya no están, os aseguro que no es cosa mía.
De todas formas, mil perdones si alguien se siente afectado... besos.

hay alguien follando bajo unas sábanas oscuras

En la casa ocupada hay mucha gente de fiesta. Entramos juntos, abrazados, y todo el mundo se vuelve a saludarnos. Realmente la saludan a ella, pero yo me siento bienvenido también. Suena reggae y la gente baila anestesiada al hipnótico ritmo del bajo. Realmente odio el reggae, pero ahora mismo ni lo recuerdo. Alguien se acerca y nos pasa un porro. Nos pregunta en inglés si queremos beber algo, que aún queda mucha cerveza. Betty, sin consultarme siquiera, dice que no, que estamos muy cansados y que subimos al dormitorio. Yo no puedo, ni quiero, contradecirla.
El dormitorio es una habitación grande al final de una escalera de caracol. Hay colchones y mochilas por el suelo, velas que tiritan por todos sitios y un olor extraño, mezcla de la suciedad y el incienso. Se oyen susurros y gemidos. Hay alguien follando allá, bajo unas sábanas oscuras. Tirado sobre un viejo sofá, un tipo gordo duerme una soberana borrachera. En un rincón está su cama, una colchoneta hinchable bastante amplia. Nos quitamos la ropa el uno al otro con urgencia.
Aunque los vapores del alcohol comienzan a disiparse tiernamente, la imagen difusa de Ana no se aparta de mi cabeza.

La insurgencia nómada

Los granjeros poseen la tierra y la trabajan. Posesión y trabajo son las actividades básicas para definir a los granjeros. Los nómadas atraviesan el espacio y lo transforman mediante el juego – movimiento y juego son las actividades básicas de los nómadas. Los granjeros necesitan hábitos, rituales, consistencia, unidad. Los nómadas rompen los hábitos, transforman, fluctúan, diversifican. Los granjeros deifican el orden. Los nómadas crean el caos.
Cosechar es el origen de la ética del trabajo, porque el granjero es aquel cuya vida es construida a partir del trabajo de la granja. Los granjeros no pueden crear ningún momento propio que choque con las necesidades del trabajo en la tierra -de otra manera, la granja fracasa y el granjero pierde su identidad, y posiblemente su supervivencia-. El tiempo, una medida segura y estandarizada – es esencial para el granjero – su movimiento a través del espacio no es un movimiento a través del espacio – no esencialmente – sino de trabajo en la tierra. Esta basado en el orden, la regla de los ciclos medidos.
El nomadismo, al menos en la actitud, es esencial para la autonomía. El rechazo de la permanencia … el rechazo de un hogar. Cuando todo el espacio y el tiempo es formalmente dominado por las relaciones que constituyen el contexto social, la autonomía consiste en no estar ahí…El secreto de esta invisibilidad es un movimiento constante…Encontrando las grietas donde la dominación formal no es real … desafiando a la sociedad con la propia creatividad autónoma ahí… desapareciendo antes que las actuales fuerzas de dominación puedan reprimir el desafío… una astuta y arriesgada danza.
El movimiento físico no es necesario para esta estrategia: es la habilidad para escapar de las etiquetas, para evitar ser pillado.

de Feral Faun

miércoles, agosto 10, 2005

do you wanna marry me?

Debería estar tomando agua, pero no dejo de beber ginebra. Debería ayudar a la pastilla a hacer su trabajo debidamente, pero no dejo de beber ginebra. Debería limitarme a reponer lo que sudo y no meterme más alcohol en el cerebro, pero no dejo de ver ginebra. Debería ser sensato, pero no dejo de beber ginebra. Así que llega un momento en que todo se vuelve confuso a mi alrededor. Trato de bailar, pero mis movimientos son ridículos y peligrosos. Tropiezo con cuerpos, pierdo el equilibrio, la música no tiene sentido. Luego ocurren cosas que yo ya no puedo comprender. Me siento llevar en volandas, alguien me zarandea, unas voces me gritan algo que no entiendo, trato de seguir bailando, me zafo, me agarran, me llevan, la música se para, el aire fresco me da en la cara, me empujan con fuerza, caigo al suelo, me doy un golpe que me hace reaccionar, tirado sobre la acera, veo a los dos gorilas de la disco volver a entrar. Mierda. Creo que me han echado. Siento ganas de vomitar, pero no lo haré. Vomitar es la muerte. Vomitar es lo peor del mundo. Vomitar es la señal de que todo ha salido mal. Seguro que cuando dios terminó de crear el mundo, vomitó desde los cielos.

......

No sé cuánto tiempo he estado tirado en la acera incapaz de levantarme. He estado oyendo gente pasar, risas, algún coche. Comienzo a sentir el frío del suelo traspasando mis ropas. Entonces noto cómo las manos de un ángel me mueven los hombros suavemente.

- Hey, do you need help?

No son sólo las manos de un ángel, sino también la voz de un ángel.

- Are you sick, boy?

Entreabro los ojos y veo, efectivamente, la cara de un ángel. El corazón me da un vuelco.

- ¿Ana? ¡Ana! ¿¿¿Qué haces aquí!!!!
- Whaaat? I’m not Ana, my name is Betty.

Betty... ¿Quién coño es Betty? Trato de enfocarla con mis ojos desafinados. Efectivamente, no es Ana. Es la chica con la que he estado flirteando en la disco. Sonrío y trato de farfullar algo.

- Hey, Betty, I love you. Do you wanna marry me?

Ella se ríe ruidosamente y me ayuda a levantarme. El aire fresco de la noche me despierta, esa brisa que sube desde los canales y llena todos los rincones oscuros de la noche flamenca. Me apoyo en ella y ella me pregunta dónde estoy hospedado. Y entonces yo le digo que no sé, que no recuerdo. Que no sé ni quién soy. Ella se ríe y me dice que si quiero dormir en su casa. La miro y veo su mirada fija en mis ojos ebrios. Sí, Ana, daría cualquier cosa por dormir contigo esta noche. He dicho la frase en español, así que ella no ha entendido nada, excepto que es una afirmación. La brisa me refresca. Ya me siento mejor. Pasamos por los puentes, atravesando canales negros donde fluyen lentas las aguas a la luz de las farolas. Nos besamos en cada esquina. Ella ríe y yo trato de no perder el equilibrio. Bebo de su boca con el ansia de un perro perdido en la playa. Ella recorre con sus manos nerviosas mi pelo revuelto y mi espalda. Me lleva por callejones estrechos y penumbrosos, adoquines antiguos, puertas pequeñas, edificios estrechos. No tengo ni idea de dónde estoy, pero me dejo llevar encantado.
El barrio se cierne a nuestro alrededor como se ciernen en invierno las mantas sobre la cama de un niño.

casería de ossio

Anoche asistimos en plena playa de la Casería al estreno de un documental sobre la barbarie urbanística que se planea hacer (y de hecho ya se está haciendo) allí mismo, peli que está dedicada especialmente al bar de Bartolo, ese irrepetible reducto con olor a pescao frito y tardecitas luminosas, a algas que hierven bajo el sol y a flamencos (los que vuelan y los que cantan) hedonitas que ronronean mirando a la playa. Una amorosa y reivindicativa cita de un montón de gente que, bajo las estrellas, asistimos a ese encuentro mientras olía intensamente a bajamar. Hace unas semanas ya hablamos aquí del emergente movimiento social que está surgiendo como resistencia a ese macro proyecto especulativo que acabará con uno de los rincones más auténticos de toda la Bahía de Cádiz.
La peli, rodada por Pitu y David con frescura y mucho amor, fue por momentos hermosa, por momentos triste, por momentos divertida y por momentos rebelde (sobre todo rebelde).
Nadie tiene muchas esperanzas para detener este cáncer de dinero y hormigón, pero al menos que nos dejen abrazarnos en mitad de maremoto.
Si pinchas aquí podrás ver un trailer del documental.

martes, agosto 09, 2005

somos sólo carne

No sé cómo, dado mi lamentable aspecto y mis desconcertados movimientos, el gorila de la puerta me ha dejado entrar aquí. Hay mucha gente. La música aplasta el mundo. Todo el mundo baila poseído. Focos de un millón de colores nos barren con nerviosismo y fogosidad. Muchachitas extasiadas se retuercen en la pista. Piercings y ombligos adolescentes centellean bajo el edredón de luces de colores que todo lo cubre. Me acerco a la barra. Cuando pienso qué voy a pedir, un eructo de saturación se escapa de mi estómago. Creo que ya ni una cerveza más. Va siendo hora de pasar al alcohol duro. Me clavarán. Lo sé. No quiero imaginar cuánto costará aquí el cubata. Ni qué minúsculo será. Me pido un par de chupitos. Me apoyo en la barra y vuelvo a mirar. Cuerpos sudorosos hundidos en aquella vorágine arrebatadora de decibelios. Ropa de diseño. Camisetas breves. Pantalones ajustados. El ritual ancestral del trance, el chamán de las drogas y el ruido, el misticismo colectivo del abandono en el caos y el misterio. La comunión de la carne y las almas sonámbulas. Un D.J. desde el altar de su cabina, sudoroso y con una botella enorme de agua a la que no para de dar tragos largos, pone una música acojonante. Siento ganas de dar botes. Me interno en aquel remolino de gente endemoniada y me dejo llevar.

No tardo en comenzar a sudar como un cerdo. Cierro los ojos y ya sólo existe la música. Muevo los brazos en el vacío negro de mi ceguera, agito mi cabeza frenético y feliz. Mi puño choca con algo. O con alguien. Abro los ojos y veo a una chica a la que he debido dar un manotazo. Hace malabares pero no se le derrama su copa. La miro en medio de aquel estruendo y sonrío pidiendo disculpas.

- Sorry
- Don´t worry.

Me mira sonriendo y, al ver mi sudoroso aspecto me ofrece su vaso para darle un trago.

- You want?
- Thank you

Es delgada y muy guapa. Tiene el pelo trenzado y sucio, castaño con ráfagas azuladas. Sus labios me parecen, por un momento, la cosa más hermosa del mundo. Le devuelvo su copa y, sin dejar de sonreír, se acerca a un maromo rubiazco que me mira por un momento con los ojos de gato que marca territorio. Se van. Ella gira la cabeza y me mira mientras se aleja. Me sonríe. Él también me mira, pero no sonríe. Que te jodan, guiri, digo. Pero en aquel estruendo, apenas me oigo ni yo. Trato de hundirme de nuevo en la fiesta pero aquella sonrisa se ha quedado instalada en mis pensamientos borrachos. Bailando no puedo evitar de mirar de soslayo a la chica. Compruebo que, aunque bailotea con otra gente, cruza a veces sus ojos con los míos. Disimuladamente, nos vamos acercando el uno al otro. Cuando menos nos damos cuenta, estamos de nuevo juntos. Nos sonreíamos. Me ofrece otro trago de su gin-tonic. Seguimos bailando y, a gritos, tratamos de charlar un rato. Por lo que logro entender, ha venido de Londres con el novio en el Inter-rail y lleva en Ámsterdam dos semanas, en una casa ocupada. Yo le digo que soy español y, como era previsible, también confiesa amar España. Pobres europeos. Qué poco saben de nada. Del bolsillo trasero de su pantalón saca una pastilla blanca. Se la mete entre los dientes, la parte por la mitad y me mete en la boca un buen trozo. Mis labios rozan la punta de sus dedos y siento un manso escalofrío. Bailamos como posesos. La veo sudar. Miro sus piernas delgadas, en ese pantalón vaquero cernido a su culito y abierto sobre sus sandalias de tacón. Miro su ombligo donde reluce una argollita. Más arriba su ajustada camisetita marcando sus pezones. Su cuello estirado, sus caderas locas, sus brazos desnudos, su melena ondeante, sus ojos cerrados... me la comería ahora mismo. Así, enterita, con el envoltorio. Me la comería con ropa y todo.

Debo haberla mirado sin demasiado disimulo porque el rubio de nuevo se acerca con cara de pocos amigos y la agarra de un brazo. Ella abre los ojos como quien ha sido bruscamente despertado de la siesta y farfulla algo en inglés. Yo sigo bailando mientras discuten delante de mí. La música me posee. La pasti me está subiendo por derecho. Se gritan en medio del estruendo. Incluso forcejean. Yo lo miro todo como el que, desde la ventanilla del autobús, ve algo pasar en la calle. Nada me parece del todo real. No puedo dejar de bailar. Tengo el cuerpo lleno de música y la cabeza de química. Cuando él la agarra por el brazo y empieza a tirar de ella, un calambrazo de placer me recorre la espina dorsal. Los veo alejarse entre la multitud discutiendo violentamente. La muchedumbre que danza, frenética y olorosa, se los traga. La música va subiendo de intensidad. Los colores llenan el fondo de mis ojos. Bailo endemoniado. Me disuelvo entre estos cuerpos febriles en movimiento perpetuo. Somos carne que se mueve. Somos carne que suda. Somos carne que no piensa. Somos carne que sólo siente. Somos sólo carne viva. Somos sólo carne ciega. Somos sólo carne.

lunes, agosto 08, 2005

capturers

Aquí un muy interesante foto-blog colectivo.

sábado, agosto 06, 2005

terrible hechicero anarquista

Desde que descubrí esta bitácora le he pillado un especial cariño. Os invito, amigas y amigos, a que de vez en cuando echéis un vistazo a Terrible Hechicero Anarquista, un ácido alarde de lucidez y humor de potentes cualidades alimenticias. Tomando el relevo de clásicos (ya desgraciadamente extintos) de las primeras irreverencias anarcovirtuales como aquel inolvidble Sonotone, este fragmento de un post al azar.

Recuerdo la crónica periodistica sobre el suicidio de un militante vasco. Tras huir por las montañas se pegó un tiro. Decía que le habían puesto en las muelas un mecanismo con el cual podían encontrarle las Fuerzas de Seguridad. Efectivamente todo el mundo creía que estaba bajo un ataque psicótico.
Lo curioso de este caso, es que el forense certificó que le habían sacado las muelas después de muerto...

la ciudad alegre y confiada

Como en Amsterdam esta noche apenas llueve, salgo a tomar unas copas. Hay bares para todos los gustos. Pero no me gusta ninguno. Da igual. Un bar no tiene que gustarte. Sólo sirve para beber y, a veces, para hablar con alguien. Apenas logro sacar conversación a una camarera morena y dicharachera, de escote valiente y pelo muy negro, que sirve copas al otro lado de la barra mientras baila salsa barata. El último grito en la capital de la modernidad: la música latina. El ritmo barato y pegajoso made in Miami que, creen aquí, todos los que no somos rubios y blancuzcos llevamos en la sangre. Oh, me dice la camarera mientras yo miro cómo mueve su cintura recogiendo los vasos, Espania, me encantia Espania, me custa musho la música espaniola, me encanta touda la música latina, adoruo a ricki martin, yeah, and... do you know gluoria stefan? Uau, el caribe profundou, África y América juntas en ese ruitmo, la música de gluoria es tan... nou sé... tan... visceral, tan auténtica, tan animal.... Apuro el mojito de un trago, pago y huyo de allí.

El Planet Rock está repleto. En la gran pantalla del fondo ponen videos antiguos. Un concierto de Led Zeppelin que apenas logro oír. Hay un estruendo enorme en todo el bar. Copas que vienen y van. Jarras de cerveza, hamburguesas, patatas fritas, hojas de lechuga en platos redondos y volátiles. La terraza está llena después de varias noches en que la lluvia no dejaba a la gente estar sentada frente al canal. Uhhh, bay, baby, baby, babyyyyyyy, I’m gonna left youuuuu. Las luces de los espectáculos porno en directo rielan sobre las aguas negras del canal. Ámsterdam florece bajo el cielo semi estrellado, semi nublado, semi festivo. Los camellos han salido de sus guaridas y acechan alegremente apostados al lado los puentes. Un enjambre de bicis y paseantes llena el corazón de esta vieja babilonia de las sonrisas. Sentado en la terraza, con una copa en la mano, suspiro y me siento torpemente tranquilo. Plácidamente solo. Abiertamente eufórico. Tal vez la pastilla rosada que me he comido hace un rato tenga algo que ver. Miro Ámsterdam y Ámsterdam me sonríe. De las transitadas calles a los bares apacibles, de los bazares psicodélicos a las patatas fritas con mahonesa, de los paseos en bicicleta a la cerveza espesa como el caldo, del queso con especias a la resina afgana, del nostálgico fluir de los canales a los hongos alucinógenos, de las cabinas X al museo Vincent van Gogh, del tranvía al éxtasis. Todo en esta ciudad parece hecho para el placer. En una Europa monacal donde todo se oscurece por momentos, Ámsterdam, la ciudad alegre y confiada, me sigue pareciendo una isla impermeable donde todo el mundo parece seguir sintiéndose joven y alborozado, bullicioso y ufano, vivo y libre como en pocos sitios. Estas calles siguen siendo las más epicúreas, las más hedonistas, las más excitantes, las más divertidas. La calzada es esta noche una amable cordialidad de casas estrechas, cofee-shops jaraneros, deambulantes barquitas, cervezas en las terrazas, escaparates morbosos y esculturales muchachas desnudas que contornean sus caderas y te llaman desde el otro lado del cristal. He hecho bien en venirme a pasar unas semanas aquí. A pesar del mal tiempo. A pesar del hastío y del poco apetito vital. ¡Bendita Sodoma! Cuando el mar reclame lo que es suyo y te trague para siempre, espero estar entre tus brazos amables y venenosos.

viernes, agosto 05, 2005

a veces la vida es extraña

Inicio, resignado, el camino de vuelta. Ni los árboles me parecen ya tan hermosos, ni los canales tan idílicos, ni los patos tan felices. Mierda. Si pasase al menos un coche, quizás podría acercarme unos kilómetros. La carretera está absolutamente vacía. No se oye nada salvo el viento y los pájaros. Me siento un poco ridículo. De qué estúpida manera pueden torcerse las cosas. Incluso un agradable paseo en bici. El viento mueve las copas de los árboles. Las nubes oscuras se ponen en movimiento. Por un instante, pienso en la posibilidad de que se ponga otra vez a llover. No. No creo. Sería el colmo de la mala suerte. Allí en medio de la nada, bajo una cortina de agua. Ni siquiera me he traído el chubasquero. Sé que ha sido una imprudencia, pero, en realidad ahora no puede ponerse a llover ¿verdad? sería demasiado ridículo. No es posible. Así que, lógicamente, empieza a llover.
Lo que comienza siendo un suave aguacero no tarda en arreciar hasta ser un pequeño diluvio. Grito bajo la lluvia maldiciones sin nombre. Me irrito hasta la cólera. Luego decido calmarme. No hay nada que hacer. Las cosas han salido todo lo mal que podían salir. No hay nada que hacer. Continúo caminando, empujando la bici que arrastra la cadena por el arcén como las tripas de un animal despanzurrado. Cada vez llueve más fuerte. Cuando ya he asumido que por aquella carretera no va a pasar nadie, oigo a mi espalda el ruido de un coche. Me detengo y miro. Efectivamente, se acerca ayuda. Uno de esos enormes 4x4, de ruedas rotundas y ciclópeos parachoques viene siseando sobre la carretera mojada. Me siento de repente el hombre más dichoso del mundo. El coche se acerca y puedo ver el interior. Una mujer lo conduce. Una mujer joven que se apiadará de mí y me llevará a la ciudad. Saco la mano y levanto el dedo pulgar tratando de poner la cara de lástima más honda del mundo. Señorita, por favor, mire la papeleta que tengo, no puede usted dejarme aquí tirado en medio de la nada. Pero algo va mal. No aminora la marcha. A penas puedo creer lo que estoy viendo cuando la veo pasar justo por delante de donde estoy. Va a ignorarme. A través del parabrisas veo una dentadura blanca y perfecta, un pelo largo y brillante, pendientes brillantes, ropa cara. Me mira sonriendo y pasa de largo. Es una hermosa muchacha a la que todo en la vida debe irle bien: joven, guapa, adinerada, despiadada. Tendrá unos papás ricos y un novio elegante y triunfador. Llevará a su perro a peluqueros especializados. Invertirá sus ahorros en acciones de la empresa de papá. Todo el mundo será amable con ella. Nunca guardará cola en sitio alguno. Viajará por todo el mundo. Tendrá baño con burbujas y gastará en lencera fina más que mi madre en llenar la nevera. Su coche enorme gira una curva y se pierde en el recodo de la carretera. Hija de puta. Me siento tan hundido bajo la lluvia que no puedo hacer otra cosas más que lanzar maldiciones, agarrado al manillar como un imbécil. Hija de puta. Pija de mierda. Ojalá te estrelles con tu puto coche. Hija de puta.
Agarro con ira la bici y continúo caminando. Comienzo a pensar en que aquí, cara a cara, acabo de contrastar la famosa hospitalidad holandesa. La otra cara del viejo tópico. Y es entonces que el corazón me da un vuelco: oigo el coche derrapar, un chirrido largo de neumáticos que patinan sobre el suelo mojado y noto en el aire el estruendo brutal del choque. Luego, sólo de nuevo la letanía obsesiva de la lluvia. Continuo andando hasta girar la curva y, efectivamente, el 4x4 de la chica se ha empotrado contra un enorme árbol a un lado del arcén. Me detengo y, sin acercarme, observo aquel amasijo en que se ha convertido toda la parte delantera del coche. Huele a gasolina. Tras los cristales rotos me parece ver su cuerpo caído sobre el volante, allí dentro, inmóvil, roto, con la melena colgando de la cabeza y el tirante de su vestido caído de un hombro. Algo espeso y oscuro gotea sobre el suelo. No se si es grasa o es sangre. Miro unos instantes cómo la lluvia comienza a limpiar el asfalto. A lo lejos se oye el motor de un coche que se acerca. Suspiro. Agarro el manillar y me alejo caminando bajo la lluvia.
Pienso que a veces la vida es extraña.

jueves, agosto 04, 2005

¿pero quién es aquí el pirata?

Encontré este texto en la bitácora de mi amigo Juan y la verdad es que me he quedado helado. No sé si es una broma. Me temo que no.

Elija segun su criterio la accion que tendria que estar mas penada por la ley.

PREGUNTA:
(a) Juan fotocopia una página de un libro.
(b) Juan le da un par de puñetazos a su amigo por recomendarle ir a ver la película ?Los Ángeles de Charlie?.

RESPUESTA:
La acción más grave desde un punto de vista penal
sería la "a" puesto que la reproducción, incluso
parcial, sería un delito con pena de 6 meses a dos
años de prisión . Los
puñetazos, si no precisaron una asistencia médica o
quirúrgica, serían tan solo una falta en virtud de lo
dispuesto en el artículo 617 en relación con el 147
del Código Penal.

PREGUNTA:
(a) Ocho personas se intercambian copias de su
música favorita.
(b) Ocho personas participan en una riña
tumultuosa utilizando medios o instrumentos que pueden
poner en peligro sus vidas o su integridad física.

RESPUESTA:
Es menos grave participar en una pelea que
participar en el intercambio de compactos. Participar
en una riña tumultuosa tiene una pena de tres meses a
un año (art. 154 del Código Penal) y el intercambio
tendría una pena de 6 meses a 2 años (art. 270 del
Código Penal). Si algún día te ves obligado a elegir
entre participar en un intercambio de copias de CDs o
participar en una pelea masiva, escoge siempre la
segunda opción, que es obviamente menos reprobable

PREGUNTA:
(a) Alfonso se descarga una canción de Internet.
(b) Alfonso decide que prefiere el disco original
y va a El Corte Inglés a hurtarlo. Una vez allí, y
para no dar dos viajes, opta por llevarse toda una
discografía. La suma de lo hurtado no supera los 400
euros.

RESPUESTA:
La descarga de la canción sería un delito con pena
de 6 meses a dos años. El hurto de la discografía en
El Corte Inglés ni siquiera sería un delito sino una
simple falta (art. 623.1 CP).

PREGUNTA:
(a) Alfonso se descarga una canción de Internet.
(b) Alfonso va a hurtar a El Corte Inglés y, como
se la va la mano, se lleva cincuenta compactos por
valor global de 1.000 euros.

RESPUESTA:
Seguiría siendo más grave la descarga de Internet.
El hurto sería un delito porque supera los 400 euros,
pero sería de menor pena que la descarga (artículo 234
C.P.).

PREGUNTA:
(a) Pedro se graba la película El Resplandor del
VHS de su amigo.
(b) Pedro, irritado por el doblaje de la película,
amenaza de forma leve a Verónica Forqué exigiéndole
que no vuelva a hacerlo nunca más. Pedro usó un arma
en la amenaza.

RESPUESTA:
La copia sería un delito y la amenaza, incluso con
un arma, una simple falta (620.1 C.P).

dos manzanas rojas y brillantes

Esta mañana me levanto temprano y descubro con cierto júbilo que no llueve. No hay, de todas formas, rastro del sol por ningún rincón del cielo y todo parece igualmente cerrado y plomizo. Pero no llueve. Por los canales de los tejados resbalan aún aguas despistadas. Pero llover, lo que es llover, no llueve, aunque puede hacerlo de un momento a otro. Desayuno copiosamente, con apetito y optimismo. Un sándwich de queso fresco con mermelada, unas salchichas con puré de guisantes, un huevo duro y café. Estos poderosos desayunos europeos, calientes y nutritivos, sientan muy bien. A veces. Me fumo un buen porro y decido que hoy va a ser un gran día. Cerca del hostal alquilo una bicicleta y pedaleando por las orillas de los canales, hoy quizás menos oscuros que de costumbre, respiro profundamente. El olor a lluvia me llena los pulmones. El aire es frío, hay charcos por todos lados y yo me siento feliz. Me dirijo a las afueras. En cuanto sales del centro de Ámsterdam, comienzan a tener más importancia los coches. Aun así, los carriles para las bicis son cómodos y seguros. Pedaleo cada vez con más entusiasmo. Pasan autobuses llenos de gente, coches llenos de gente, las aceras están cada vez más vacías. Bajo por Amstelveen buscando el exterior. Antes de salir de la ciudad, me detengo en un cruce donde una vieja ha montado un pequeño quiosco. Vende fruta y quesos. Ella no habla inglés. Yo no hablo neerlandés. No importa. Señalando con los dedos ella me entiende. Compro un par de piezas. Dos manzanas rojas y brillantes. Huelen muy bien. Le señalo también unas lonchas de queso con especias. Me las envuelve en un papel y me las da. La vieja me sonríe. Tiene cara de ser la madre más amorosa del mundo. Tengo ganas de darle un beso, pero, obviamente, no lo hago. Pongo la fruta en la pequeña cesta de la bicicleta y me lanzo de nuevo a la carretera. Las casas de las afueras me parecen aún más hermosas y no tardo en comenzar a ver campos enteros llenos de flores. Millones de flores. La bicicleta rueda con seguridad, por aquellas carreteras planas y oscuras. Las típicas estampas holandesas que todos hemos visto son verdad. Son tópicas, pero reales. Ahora parece que atravieso a cierta velocidad una de esas postales para turistas. Las vacas de manchas bancas y negras, los molinos, los inmensos campos de tulipanes alargándose hasta el horizonte.
Hay nubes grises y oscuras volando bajo sobre mi cabeza.
Me desvío por una estrecha carretera que se pierde en el bosque. Serpenteo por un camino rodeado de árboles. Todo es verde y frondoso. Todo huele a lluvia reciente. A veces, al borde de la carretera, pequeños canales oscuros aparecen de entre los árboles. Hay patos felices nadando dentro. Llevo ya un buen rato pedaleando. Noto el cuerpo caliente y, aunque hace algo de frío, sudo. Estoy buscando un recodo agradable en el que detenerme, comerme una manzana y fumar cuando algo se rompe en la bicicleta. Los pedales se han atascado con algo. Ha sido un ruido muy desagradable, así que, sea lo que sea lo que se ha roto, debe ser importante. Me detengo y la inspecciono. Pronto descubro que la cadena se ha salido. Bueno. En realidad podría ser peor. Me aparto a un lado, sobre la hierba, bajo un árbol enorme y, cuando me dispongo a colocar la cadena de nuevo en el piñón, descubro que en realidad no podría ser peor. No se ha salido. Se ha roto. Mierda. Se ha roto. Mierda y mierda. Compruebo que no hay arreglo posible. No, al menos, allí en medio, sin herramientas. No sé qué hacer. Trato de imaginar alguna solución, aunque sé que no la hay. No puedo hacer realmente nada, salvo caminar de vuelta arrastrando la bici. No es un simple paseo. Calculo que, con paso firme y si no me despisto en el camino de vuelta, no llegaré en menos de tres o cuatro horas. Mierda.

miércoles, agosto 03, 2005

su cara de delfín

Nada más salir de Centraal Station comenzó a llover con verdadera obcecación y aún sigue así. Parece que nunca va a dejar de llover. Lleva así más de una semana. No es, ciertamente, una lluvia agresiva. Es más bien un aguacero suave y parsimonioso, pero te cala hasta los huesos y no tarda en hacerte tiritar. Amsterdam es en esta fecha del año una postal cursi y grisácea. Me he hospedado en un albergue de estudiantes en el Barrio Rojo, donde la comida es barata y la cama caliente. No ha dejado de llover desde que pisé esta ciudad. Salgo por la mañana, desayuno y entro en los coffees. Bebo cerveza. Fumo porros. Entro en los sex-shop y me refugio en las cabinas X. A veces me masturbo y a veces no. Vuelvo a cualquier coffee. Todo es aquí triste en estos momentos. Ni los rebaños de turistas de ojos colorados, con sus algarabías y sus desmadres, logran arrancar de las calles esta infinita laxitud. Me paso el día fumando porros, viendo guarrerías, comiendo papelones de patatas fritas con mahonesa y paseando sin rumbo, bajo la lluvia, refugiado en mi chubasquero color de aceituna.
En el hostal donde me hospedo me cruzo con gente que llega y gente que se va. Hay un trasiego constante y ruidoso de peña. Mochilas de todos los colores, pelos de todos los colores, gente de todos los colores. De todos los sexos. De todos los planetas. Algunos hablan mi idioma, pero la mayoría no. No tengo, de todas formas, muchas cosas que contarle a nadie. Me he dado cuenta de que se me ha esfumado cualquier tema de conversación. No sé de qué hablar. No sé nada del mundo. No oigo noticias ni leo periódicos. No sé nada de lo que ocurre fuera de mí. Hablar de la lluvia pertinaz no es muy original. Aquí a nadie, al parecer, le resulta rara esta permanente cortina de agua fina. Me traje un par de libros, pero ya los he leído. No me apetece leer en inglés y no tengo ni idea de esta lengua, entre áspera y musical, que habla la gente de aquí. El cine me salva a veces. Aquí hay de todo. Hay muchas cosas donde elegir. Suponiendo que realmente te apetezca hacer algo. No tengo ganas de exposiciones, ni de teatro, ni de museos, creo que estoy hasta los huevos del arte. Ni siquiera me apetece ir a algún concierto. Y eso que los hay todos los días. Y para todos los gustos. ¿Pero adónde voy yo con este tiempo? Llueve de día y llueve de noche. No deja de llover. Cuando estoy en la cama pienso en la ciudad, toda ebria de agua, con canales henchidos de languidez y calles encharcadas de nostalgia.
No dejo de pensar en Ana. Procuro no hacerlo, pero lo hago.
Todas las chicas que veo por la calle quieren tener su cara de delfín.

martes, agosto 02, 2005

carta al jardinero de stravinsky

Querido Alexei:

Has de saber que lo primero a tener en cuenta para hacer música de un árbol es la precisa elección de la especie a la que someterás estos consejos. Se sabe que el olivo es poco amigo de la música y prefiere mantenerse callado, retorciéndose en silencio durante el mayor tiempo de su vida. Se han oído en ocasiones noticias sobre algún olivo anciano que ha roto su atávico silencio y ha prorrumpido en aullidos y estertores, pero nadie ha podido hasta el momento acreditar rumores tales. Los almendros, por contra, se muestran cantarines sobre todo durante los días en que estallan en florecillas menudas y blancas, pero es su voz tan sutil y delicada que difícilmente un oído humano logrará percibir su tenue cantinela.
Será pues conveniente elegir árbol robusto y maternal, de ramas retorcidas y hojas grandes y frondosas y no alcancen, por supuesto, una altura incómoda a tus brazos. La especie más propicia a requerimientos tales es, sin duda, la higuera.
Una vez escogida la higuera en cuestión, habrás de tomar un papel de lija y hoja por hoja, irás una a una limando hasta que cada una de ellas alcance un grosor diferente, de forma que al ser golpeada o agitada emitan una nota previamente elegida. De esta forma, las hojas superiores deberán ser afinadas en Re mayor, las inmediatamente inferiores en Sol menor y así sucesivamente hasta alcanzar las hojas más bajas que estarán templadas todas en Mi (o en su defecto en Ti)
Una vez concluido todo el afinado, bastará con sentarse bajo la sombra del árbol nuestro a esperar con paciencia a que un suave chaparrón de primavera o una impetuosa ventolera del atardecer comiencen a agitar las hojas para que la higuera, en una amalgama de notas perfectamente organizadas, nos deje oír su música antigua.
Para escuchar fragmentos más complejos como una allegro de Haydn o una pieza del divino Mozart, habrás de buscar la ayuda de un director de orquesta que dirija la operación de limado, al que pagaremos su labor con una oronda cesta colmada de higos frescos y dulzones.

cuento de horror

La mujer que amo se ha convertido en un fantasma.
Yo soy el lugar de las apariciones.

de Juan José Arreola