lunes, diciembre 05, 2005

metiendo colillas pisoteadas dentro de una botella de kronenburg

El tipo se acerca a la barra y de debajo saca una coctelera enorme. La abre y saca dos bolsas. Las pone sobre la mesa. Son pastillas. Muchas pastillas. Rosadas. Las conozco bien, pero me intento hacer el interesante:

− ¿Son las mismas de las otras veces?
− Joder, ¿pero dónde te crees que estás? ¿En la puta puerta de un instituto? Estás en mi bar, tío, soy el Chan y el Negro sabe que lo que le paso es bueno, joder…

Parece que se ha molestado. Y se llama Chan. Me está mirando a los ojos con cara de mala leche. Yo aparto la vista y miro a la niña, sentada en el suelo, metiendo colillas pisoteadas dentro de una botella de Kronenburg.

− Tranquilo, sólo quería asegurarme.
− Tú no tienes que asegurarte de nada. Tú eres un mandado. El Negro sabe que lo que le paso es bueno, joder, ¿eres pipiolo, verdad?
− ¿Cómo?
− Que es la primera vez que haces esto ¿no?

La pregunta, así directa a mi cara, me desconcierta, incuso me molesta, casi me ofende, pero es verdad y decido no mentir.

− Bueno… sí.
− Te lo he olido desde que llegué. Pues mira, deja de hacerte el chulito mejor. En estos casos lo mejor es que sueltes la pasta, pilles las bolsas y pocas palabras. El Chan pilla el sobre y cuenta los billetes.

Yo agarro las dos bolsas y cuando las estoy metiendo de la mochila, debajo de una ropa sucia que he traído para disimular, me atrevo a decirle:

− Yo no las cuento porque están todas ¿verdad? ­
− Claro. El Negro sabe que soy legal. Están todas las que hablamos. Ni una más ni una menos.

El Chan se guarda el fajo de billetes en un bolsillo y agarra a la niña de un brazo.

− Venga, Susanita, se terminó el juego. Vámonos para casa.

La pobre niñita no protesta. Se deja arrancar de su juego resignada y silenciosa. Se ve que aquella criaturita está acostumbrada a obedecer. Salimos. El tiempo está que ni llueve ni deja de amenazar lluvia. Cuando el Chan está cerrando la reja del bar le pregunto si sabe a qué hora puedo pillar un autobús de vuelta

− Chungo. A las siete fue el último. ­
− Joder. No me digas… ¿y qué coño hago yo ahora?
− Mira, yo voy para Conil. Allí creo que sale uno más tarde que igual todavía te da tiempo a cogerlo. Si quieres te acerco.

Realmente no me apetece nada meterme en el coche con este cabrón ni tener que darle charla ni que me siga chuleando de la manera en que lo está haciendo, pero si no hay autobuses ya desde aquí, creo que tengo un pequeño gran problema. Por eso, ante su ofrecimiento, le digo:

− Hostias, sería cojonudo, me echarías un cablazo.
− Pues sube.

Y allá que vamos, aquel tipo charlando y yo de copiloto sin oír nada de lo que me dice, mirando por la ventanilla el paisaje de acebuches oscuros, chumberas espinosas y eucaliptos erguidos que bordean esta estrecha carretera.
Vuelvo a pensar que es realmente un hermoso paisaje el de esta parte de la costa. La niña va detrás muy calladita y yo lo que más deseo es llegar a casa y darle esta puta mochila al Negro porque ahora soy yo quien se la juega si me pillan.
De repente le suena el móvil y sin dejar de conducir contesta. No sé con quién ha hablado, pero la conversación ha sido corta y acaba de poner cara de contrariedad. Entonces suelta le teléfono y mirando por el retrovisor me dice:

− Mira, chaval, me ha surgido un imprevisto y tengo que volver a los Caños. Así que vas a tener que bajarte aquí.
− ¿Cómo has dicho? -digo convencido de que no le he oído bien y de que no ha dicho lo que me parece que ha dicho…
− Que tengo que volver, que te quedas aquí, lo siento…

Pues sí. Sí que lo había oído bien. Y entonces detiene el coche esperando a que yo salga.

− ¿Pero me vas a dejar aquí en medio?
− Tengo que volver con la niña. Sigue andando un poco y no tardarás en llegar. De todas formas por aquí pasan muchos coches, si haces dedo alguno te va a parar.

No puedo creerme que lo que aquel tipo me está planteando sea cierto: me va a dejar aquí, en mitad de ninguna parte, con esta mochila cargada de pastillas…

− Venga, que tengo prisa…

Así que de repente me encuentro allí, de pie en el borde de una agrietada carretera sin arcén, viendo con estupefacción cómo aquel tipo da la vuelta en un par de maniobras. Mientras oigo los guijarros crujir bajo sus ruedas, la niña me sonríe al otro lado del cristal. Luego me saca la lengua y veo cómo se aleja.
Y allí me quedo solo y desamparado mientras comienzan a lo lejos a encenderse luces. Hay grillos cantando entre las sombras. Se hace de noche muy deprisa. Está claro que tendré que caminar. Llevo la mochila en un hombro y el corazón en la suela de lo zapatos.
Dios. Estoy solo. Estoy perdido. Estoy enmarronado.
No lo puedo creer.


4 Comentarios:

Anonymous Ana SS dice...

Jajaja, te está saliendo un retrato picaresco buenísimo! Tiene todos los ingredientes.Además del ritmo tan ágil, el humor ácido y la tensión que provoca, lo mejor es el retrato de un mundo tan sórdido desde la perspectiva de un personaje inocente, absolutamente ingenuo.Me lo paso genial, qué pesha reí!

8:46 p. m.  
Anonymous Ana SS dice...

...quería decir un relato picaresco.

8:55 p. m.  
Anonymous mochuelo dice...

ojo, al final del todo: "en la suela de lo zapatos."

nos vemos mu prontico...

11:32 p. m.  
Blogger garcía argüez dice...

gracias por lo spiropos a los gatitos, SS, eres un encanto.
MOCH: errata anotada... ¡que nos vamo pa granadaaaaaa!

9:14 p. m.  

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