lunes, octubre 31, 2005

camino del purgatorio

Vistas desde aquí, las luces cadavéricas y amarillas de las grúas de Astilleros tiritan en las aguas negras de la bahía y allí, al fondo, relucen los faros de los coches atravesando el puente en mitad de la noche. Me gusta venir aquí a estas horas. Estos viejos solares abandonados en otros tiempos fueron un hervidero de máquinas y una encendida colmena de trasiego obrero. Hoy, el abandono se extiende como una gangrena sobre los terrenos de la moribunda industria naval de esta ciudad.
El Pitu y yo atravesamos las vallas metálicas llenas de alambres y agujeros, desfilamos bajo rotas farolas sin luz ni cristales, pasamos por entre estos contenedores oxidados donde crían las ratas, pisamos sobre el hormigón ajado por cuyas grietas estiran sus pescuezos hierbajos alargados y resecos. Aquí, a esta horas de la noche, desde esta vieja grúa, puede verse una visión espectral de este mar, negro e invisible, pero cercano y oloroso. Ahí debajo vienen a morir espesas olas lentas. Mientras el Pitu se lía el porro de antes de irnos a dormir, yo lanzo trozos de cristales rotos hacia el mar negro que gime ahí debajo. La negrura se traga el cristal y luego suena un plop acuoso y siniestro. Sin que me lo espere, el Pitu me pregunta a bocajarro:
− Oye, Guaqui ¿tú eres feliz?
− Pero ¿qué carajo de pregunta es esa, tío?
− Venga ya dime ¿eres feliz o no?
− Yo qué sé… feliz… supongo que sí o a lo mejor no, no sé…
− ¿Qué es para ti la felicidad, Guaqui?
− Tío, pero ¿Qué coño te pasa esta noche? ¿Qué preguntas son esas?
− Venga dime ¿qué es para ti ser feliz?
− Yo qué sé, tener billetes, yo qué sé, follar mucho, no sé… mira, no me comas la olla con esas paranoias…
− Es que creo que yo he descubierto qué es para mí la felicidad…
Está claro que el Pitu necesita decirme algo, pero yo no tengo ganas de mantener aquella estúpida conversación. Me quedo callado un rato mientras sigo tirando guijarros al abismo sin fondo de la negrura. Las olas mantienen extrañas conversaciones con las arenas de la orilla. La bahía resuella adormilada y a lo lejos las luces de los coches que se alejan por la autovía parecen almas en pena camino del purgatorio. Entonces siento un poco de lástima por aquel niñato y me levanto a mear y mientras lo hago de espaldas sobre aquellas vallas retorcidas y oxidadas, noto un viento largo que presagia lluvia. Entonces pregunto al Pitu sin mirarle:
− Bueno, señor filósofo, y qué coño es para ti la felicidad.
Y oigo como me dice:
− Para mí la felicidad es que mi madre se muera.


La narración continúa aquí

3 Comentarios:

Anonymous inwit dice...

Tus personajes son tan insensibles... son unos cabrones, vaya! :-) Besos!

8:43 a. m.  
Blogger garcía argüez dice...

bueno, inwit, quizás no lo sean tanto. Ya veremos.
Besos

6:23 p. m.  
Blogger Kampanilla Punk dice...

Creo que no, que todo lo contrario. ¿Quien podría ser tan insensible ante tales situaciones?

Me parecen de lo más humanos, incluso me recuerdan a mí en algunos aspectos.No es más humano el que más siente?
Sigue así. Besísimos de Kampanilla

6:31 p. m.  

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