domingo, septiembre 25, 2005

otro de esos deliciosos picos

Y me voy. Al otro lado de la barra. No quiero saber nada de él cuando está tan borracho. Lleva muy mala carrera últimamente. Eso de que la Ana lo dejara para regresar con su novio de toda la vida no le ha hecho ningún bien. Ahora que parecía que estaba enmendándose. Cada vez que lo veo está tarumba. Eso me hace recordar que debe de hacer como dos semanas que no voy por el piso. ¿Dos semanas? Joder. En estos últimos días he dormido en sitios que nunca había visto antes. He conocido a la gente más extraña de mi vida. A penas he comido y por supuesto, de aparecer por el piso nada de nada. De hecho, salvo los zapatos, creo que ninguna de la ropa que llevo puesta ahora mismo es mía. Debería acercarme a la casa, dar señales de vida, pillar alguna ropa. Además, el Gafas debe estar como loco conmigo porque este mes aún no he pagado mi parte del alquiler. Joder. Se me ha olvidado. Pues ahora que tengo pasta, igual debería darle las pelas al David y que él las lleve a casa. Un nuevo vistazo al David, apoyado ridículamente en la barra mientras la camarera le llena un chupito con cara de no estar convencida del todo, me hace desistir. ¡Cualquiera se acerca ahora a ese y le da unos billetes y le explica que es para que se los dé al Gafas para que le pague al casero! Será mejor, definitivamente, que me acerque por el piso yo mismo antes de que el casero le eche la bronca al Gafas y el pobre Gafas se mosquee conmigo, si no está ya mosqueado. Así que pido otro vodka para mí y un ron para el Negro y dejo allí al Davilito, tambaleante, farfullando algo a la camarera que al verme salir me mira como pidiéndome ayuda con sus bonitos ojos marrones. Paso de ti y paso del David. Y paso del Gafas y paso del casero. Me está dando otro subidón. Otro de esos deliciosos picos. Tengo la cabeza rellena de alambres tensos que rugen.
Me interno en la muchedumbre sudorosa y, entre los cuerpos y la penumbra surreal de las luces locas, busco al Negro pero no lo encuentro.