jueves, septiembre 01, 2005

no hay nada en el mundo que deseemos más esta noche

Cuando cerramos allí, nos vamos a “La Indiana”, un bar con una curiosa decoración donde una preciosa camarera de acento vasco nos pone copas sin parar. Hacía tiempo que no fumaba porros y David no deja de hacérselos en mi honor. Allí nos encontramos con el Guaqui. Hacía tiempo que no lo veía. La alegría es mutua. Nos invita a unas rayas. Entramos los tres riendo en un pequeño servicio lleno de espejos. Apenas cabemos, pero el Guaqui, con su habitual destreza, logra hacerse los tres tiros. Dios. Cuánto hacía que no me metí nada. De allí pillamos los tres un taxi y nos vamos a una nave ocupada donde hay un concierto ruidoso que me agobia un poco. Niñatillos locos bailan dándose empujones unos a otros. Sobre el escenario, cuatro chicos gritan y mueven la cabeza enloquecidos. Allí, en un rincón, David y yo nos sentamos en un destartalado sofá. Hablamos, nos besamos y flotamos como plumas de ganso en medio de aquel estruendo de guitarras y gritos. Decidimos irnos. Buscamos al Guaqui pero no hay manera de dar con él. Esperamos al taxi refugiados en un escaparate de la Avenida. Volvemos al centro. David me lleva a un bar que parece cerrado. Toca un timbre oculto y abre un tipo que saluda a David con familiaridad y nos deja entrar.

— Daros prisa, entrad pronto y que nadie os vea, que está hoy la cosa muy mala.

Suena música tecno a volumen brutal. El bar está lleno. La barra está llena. La pista está llena. La música hace temblar las paredes. Nadie que pasara por la puerta de la calle podría imaginar lo que hay aquí dentro. David trata de pedir otro par de copas con esfuerzo entre la multitud que se agolpa. Me apetece bailar así que, como buenamente podemos, nos embutimos en esta muchedumbre febril que danza al compás de la música. Bailamos el uno frente al otro. Somos felices y estamos borrachos. Me doy cuenta de que a nuestro lado está una colega a la que hacía tiempo que no veía. Nos abrazamos de alegría. Apenas podemos hablar del estruendo. Es María José, una de esas viejas amigas de instituto a la que hacía mucho que perdí el rastro. Me cuenta que se casó este verano pasado y que todo le va muy bien. Me presenta a su marido, un joven sargento de la Marina que trabaja en La Isla, un militar progre que lee poesía y es socio de Greenpeace, según deduzco que lo que ella me va diciendo a gritos. Yo le presento a David, que ni es sargento, ni trabaja, ni lee poesía, ni se preocupa del agujero de ozono, aunque esto no se lo digo. Realmente no le digo nada, salvo que se llama David.

Bailamos los cuatro y los cuatro bebemos. La música no se detiene. En mitad del ruido y el sudor, el marido de María José nos da una pastilla para que la compartamos. David la parte con los dientes y me da la otra media entre sus labios. Le como su boca y con la lengua, traigo hacia mí la pastilla. Un buen trago y a bailar. Bailamos y bebemos. La noche se retuerce. La música me retuerce. Creo que soy feliz. Cuando los cuatro salimos de allí ya ha dejado de llover. Al menos de momento. No tardará mucho en amanecer.

Maria José y su marido nos invitan a que nos vayamos a su casa, a tomar la penúltima, que allí tienen algunas botellas. Viven en Bahía Azul. Un salón enorme y un par de mullidos sofás, alrededor de una mesa de cristal de colores. Luz tenue. Un sitio perfecto donde esperar que nos bajen las sustancias que nos fluyen por la sangre. Cuando nos proponen que nos quedemos a dormir en el cuarto de invitados David y yo nos miramos.

No hay nada en el mundo que deseemos más esta noche.

7 Comentarios:

Anonymous Anónimo dice...

Qué bonito, y qué real.

12:12 a. m.  
Blogger David Franco Monthiel dice...

ke gustan esos boquetes de llamar.facilis descensus averno ejjejeje

5:20 a. m.  
Anonymous jclavijo dice...

Oh, dios de la vida y del amor!!!, como decía Manolo García cuando aún existía El Último.

Qué movimiento tiene este post, qué bizarría! Me encanta!

3:35 p. m.  
Blogger garcía argüez dice...

Gracias de nuevo por lo piropos. Mientras sigan vuestras mercede stan generosos en sus lecturas y sus halagos, les advierto que seguiré dando la brasa con más fragmentos de la novela.
DAVID: Usted, que es un gran conocedor de la tóxica noche gaditana, seguro que ya ha reconocido sitios, lugares y antros disimulados tras otros nombres, don't you?
Besos.

7:01 p. m.  
Blogger ana dice...

Por dios, cómo enganchan estos fascículos!

7:26 p. m.  
Blogger David Franco Monthiel dice...

el nomadismo tóxico gaditano es muy reconocible, jajajaj, los trastorn y yo dudamos en el último bar, pero los otros están fichaos.
besos.
deseando de leerla entera
más besos

8:07 p. m.  
Blogger garcía argüez dice...

Pues es un sitio que había en la Avenida, cerca del Hotel Playa, un antro con una sola puerta roja y negra, creo, donde había que bajar unas escaleras oscuras para entrar(lo de la puerta con timbre era cierto) un antro oscuro, lleno de humo y música brutal, muy heavy (en el texto lo que suena es tecno duro, que a veces también pinchaban). Este cubil infecto creo que hace tiempo que no existe. Lo frecuenté algunas veces, el año que viví en Cádiz, siempre de madrugada (así que imagina las condiciones para recordarlo exactamente). Creo que se llamaba... El Infierno... ¿puede ser? Te hablo de hace ¿10? ¿12 años? Tantea.

8:55 p. m.  

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