lunes, septiembre 05, 2005

claroscuros de la tarde

El resto del fin de semana sigue su curso lento de glacial hacia el deshielo, por eso el domingo, cuando la tarde se derrumba sobre sí misma, nos vamos, como cuando estábamos juntos en clase, a asomarnos al balcón de la Alameda.
Estamos los dos callados. David se fuma lentamente un porro y yo miro al horizonte. Hay una brisa fría que llega de la Bahía, comienzan a tiritar a lo lejos las luces de El Puerto. Allá abajo, la marea sisea contra las murallas en un beso espumoso y secreto que debe estar durando ya miles de años. El agua viene aquí morir. Y muere hirviendo. Este lugar es quizás donde puede sentirse con más claridad el latido subterráneo que mantiene viva esta extraña ciudad. Esta ciudad es un libro abierto que está escrito en lengua extraña. Esta ciudad es una casa que no tiene techos. Es una princesa desterrada de un cuento. Es una bajamar de algas muertas. Es una ballena varada en la arena de una playa desierta. Es una paloma sabia encerrada en la hondura negra de una campana. Miro al frente y confirmo que esta ciudad, definitivamente, es un catálogo de atardeceres. Y entonces, sin dejar de mirar al mar digo casi en susurros:

— Voy a volver con Juan Carlos

Ni siquiera he pensado en esa frase. Simplemente me ha salido. Todo el día pensando en cómo decírselo y al final la frase sale sola. Brutalmente sola.
David no dice nada. Ni siquiera me mira. Entonces yo le beso la mejilla y me voy. Él se queda allí, apoyado en el pretil, mirando a ningún sitio.
La sirena de un barco gime en el puerto.
Claroscuros de la tarde.