viernes, agosto 05, 2005

a veces la vida es extraña

Inicio, resignado, el camino de vuelta. Ni los árboles me parecen ya tan hermosos, ni los canales tan idílicos, ni los patos tan felices. Mierda. Si pasase al menos un coche, quizás podría acercarme unos kilómetros. La carretera está absolutamente vacía. No se oye nada salvo el viento y los pájaros. Me siento un poco ridículo. De qué estúpida manera pueden torcerse las cosas. Incluso un agradable paseo en bici. El viento mueve las copas de los árboles. Las nubes oscuras se ponen en movimiento. Por un instante, pienso en la posibilidad de que se ponga otra vez a llover. No. No creo. Sería el colmo de la mala suerte. Allí en medio de la nada, bajo una cortina de agua. Ni siquiera me he traído el chubasquero. Sé que ha sido una imprudencia, pero, en realidad ahora no puede ponerse a llover ¿verdad? sería demasiado ridículo. No es posible. Así que, lógicamente, empieza a llover.
Lo que comienza siendo un suave aguacero no tarda en arreciar hasta ser un pequeño diluvio. Grito bajo la lluvia maldiciones sin nombre. Me irrito hasta la cólera. Luego decido calmarme. No hay nada que hacer. Las cosas han salido todo lo mal que podían salir. No hay nada que hacer. Continúo caminando, empujando la bici que arrastra la cadena por el arcén como las tripas de un animal despanzurrado. Cada vez llueve más fuerte. Cuando ya he asumido que por aquella carretera no va a pasar nadie, oigo a mi espalda el ruido de un coche. Me detengo y miro. Efectivamente, se acerca ayuda. Uno de esos enormes 4x4, de ruedas rotundas y ciclópeos parachoques viene siseando sobre la carretera mojada. Me siento de repente el hombre más dichoso del mundo. El coche se acerca y puedo ver el interior. Una mujer lo conduce. Una mujer joven que se apiadará de mí y me llevará a la ciudad. Saco la mano y levanto el dedo pulgar tratando de poner la cara de lástima más honda del mundo. Señorita, por favor, mire la papeleta que tengo, no puede usted dejarme aquí tirado en medio de la nada. Pero algo va mal. No aminora la marcha. A penas puedo creer lo que estoy viendo cuando la veo pasar justo por delante de donde estoy. Va a ignorarme. A través del parabrisas veo una dentadura blanca y perfecta, un pelo largo y brillante, pendientes brillantes, ropa cara. Me mira sonriendo y pasa de largo. Es una hermosa muchacha a la que todo en la vida debe irle bien: joven, guapa, adinerada, despiadada. Tendrá unos papás ricos y un novio elegante y triunfador. Llevará a su perro a peluqueros especializados. Invertirá sus ahorros en acciones de la empresa de papá. Todo el mundo será amable con ella. Nunca guardará cola en sitio alguno. Viajará por todo el mundo. Tendrá baño con burbujas y gastará en lencera fina más que mi madre en llenar la nevera. Su coche enorme gira una curva y se pierde en el recodo de la carretera. Hija de puta. Me siento tan hundido bajo la lluvia que no puedo hacer otra cosas más que lanzar maldiciones, agarrado al manillar como un imbécil. Hija de puta. Pija de mierda. Ojalá te estrelles con tu puto coche. Hija de puta.
Agarro con ira la bici y continúo caminando. Comienzo a pensar en que aquí, cara a cara, acabo de contrastar la famosa hospitalidad holandesa. La otra cara del viejo tópico. Y es entonces que el corazón me da un vuelco: oigo el coche derrapar, un chirrido largo de neumáticos que patinan sobre el suelo mojado y noto en el aire el estruendo brutal del choque. Luego, sólo de nuevo la letanía obsesiva de la lluvia. Continuo andando hasta girar la curva y, efectivamente, el 4x4 de la chica se ha empotrado contra un enorme árbol a un lado del arcén. Me detengo y, sin acercarme, observo aquel amasijo en que se ha convertido toda la parte delantera del coche. Huele a gasolina. Tras los cristales rotos me parece ver su cuerpo caído sobre el volante, allí dentro, inmóvil, roto, con la melena colgando de la cabeza y el tirante de su vestido caído de un hombro. Algo espeso y oscuro gotea sobre el suelo. No se si es grasa o es sangre. Miro unos instantes cómo la lluvia comienza a limpiar el asfalto. A lo lejos se oye el motor de un coche que se acerca. Suspiro. Agarro el manillar y me alejo caminando bajo la lluvia.
Pienso que a veces la vida es extraña.