viernes, agosto 26, 2005

su sonrisa y su voz vienen a mí constantemente

Mi madre ya estaba despierta, la he levantado, la he vestido y le he dado el desayuno. Mi hermano ronca en su habitación. Le he dicho a mi madre que voy a clase y no me ha gritado, sólo ha farfullado algo que no he oído. O no he querido oír. Luego he avisado a mi hermano de que me iba y de que mamá ya estaba en el salón. Que vuelvo a la hora de almorzar. Que en la cocina le he dejado la lista de la compra y algo de dinero. Que puede preparar unas lentejas, que anoche las metí en remojo. No sé si me ha oído, pero yo he salido a la calle y no había sol.
Puede decirse que así ha sido el inicio de la semana. He estado en clase tres días consecutivos, lo que para mí es todo un record. Mi hermano se está portando y eso me da cierto margen. Puede que, finalmente, las cosas no vayan tan mal. Todos los días he tenido tentaciones de llamar a David, pero las he resistido. No estoy segura de que deba hacerlo. Me conozco. Y lo conozco a él. Creo que quedó claro que somos incompatibles y que todo lo que nos pasó debe servirnos para aprender. Pero lo cierto es que, aunque intente mantener mi cabeza entretenida y trate de pensar en él lo menos posible, su sonrisa y su voz vienen a mí constantemente. Por otro lado también me acuerdo de Juan Carlos. La verdad es que es un buen partido. Es un chico formal, con un gran futuro como aparejador en la empresa de su padre, uno de esos que mi madre llama “un hombre de su casa”, un buen marido, y encima de una familia de dinero. Quizás esté haciendo la tonta si lo dejo escapar. A veces me avergüenzo de mí misma por pensar estas cosas.
Pero a veces, no.
Además, Arturo me llamó ayer y me dijo que a su jefe le habían gustado mucho las pruebas que le había enseñado y que quería hacer otras tomas. Por supuesto, me recalcó, serán pagadas como las otras. Incluso dijo que si me portaba bien, podríamos subir hasta 300 euros. No me gustó mucho eso que “si me portaba bien”, pero la cifra me hizo disipar las dudas con respecto a si iría o no. Le dije que no podría por la mañana, pero sí por la tarde, porque estaba en clase. Me dijo que no había problema.

— ¿A las cinco está bien?
— Cinco y media mejor.
— Okei, sé puntual, cariño. Un beso.

Así que son las cuatro y media de la tarde. Voy caminando hacia el piso de Arturo por estos callejones caracoleros, llenos de balcones y casas de piedra vieja, y al cruzar cada esquina siento un extraño escalofrío, como si un enorme tiburón escondido fuese a atacarme por sorpresa.