miércoles, agosto 03, 2005

su cara de delfín

Nada más salir de Centraal Station comenzó a llover con verdadera obcecación y aún sigue así. Parece que nunca va a dejar de llover. Lleva así más de una semana. No es, ciertamente, una lluvia agresiva. Es más bien un aguacero suave y parsimonioso, pero te cala hasta los huesos y no tarda en hacerte tiritar. Amsterdam es en esta fecha del año una postal cursi y grisácea. Me he hospedado en un albergue de estudiantes en el Barrio Rojo, donde la comida es barata y la cama caliente. No ha dejado de llover desde que pisé esta ciudad. Salgo por la mañana, desayuno y entro en los coffees. Bebo cerveza. Fumo porros. Entro en los sex-shop y me refugio en las cabinas X. A veces me masturbo y a veces no. Vuelvo a cualquier coffee. Todo es aquí triste en estos momentos. Ni los rebaños de turistas de ojos colorados, con sus algarabías y sus desmadres, logran arrancar de las calles esta infinita laxitud. Me paso el día fumando porros, viendo guarrerías, comiendo papelones de patatas fritas con mahonesa y paseando sin rumbo, bajo la lluvia, refugiado en mi chubasquero color de aceituna.
En el hostal donde me hospedo me cruzo con gente que llega y gente que se va. Hay un trasiego constante y ruidoso de peña. Mochilas de todos los colores, pelos de todos los colores, gente de todos los colores. De todos los sexos. De todos los planetas. Algunos hablan mi idioma, pero la mayoría no. No tengo, de todas formas, muchas cosas que contarle a nadie. Me he dado cuenta de que se me ha esfumado cualquier tema de conversación. No sé de qué hablar. No sé nada del mundo. No oigo noticias ni leo periódicos. No sé nada de lo que ocurre fuera de mí. Hablar de la lluvia pertinaz no es muy original. Aquí a nadie, al parecer, le resulta rara esta permanente cortina de agua fina. Me traje un par de libros, pero ya los he leído. No me apetece leer en inglés y no tengo ni idea de esta lengua, entre áspera y musical, que habla la gente de aquí. El cine me salva a veces. Aquí hay de todo. Hay muchas cosas donde elegir. Suponiendo que realmente te apetezca hacer algo. No tengo ganas de exposiciones, ni de teatro, ni de museos, creo que estoy hasta los huevos del arte. Ni siquiera me apetece ir a algún concierto. Y eso que los hay todos los días. Y para todos los gustos. ¿Pero adónde voy yo con este tiempo? Llueve de día y llueve de noche. No deja de llover. Cuando estoy en la cama pienso en la ciudad, toda ebria de agua, con canales henchidos de languidez y calles encharcadas de nostalgia.
No dejo de pensar en Ana. Procuro no hacerlo, pero lo hago.
Todas las chicas que veo por la calle quieren tener su cara de delfín.