viernes, agosto 12, 2005

sangro, dios, soy un ratón

Cuando me despierto es ya mediodía. Betty no está. Al abrir los ojos, lo primero que veo es un ratón que husmea bajo un viejo mueble al fondo en al pared. Ha salido, como en los dibujos animados, de un pequeño agujero que hay en la pared. Curiosea con urgencia, se acerca a una mochila que hay en el suelo. Da unas vueltas nerviosas y luego se para, como si pensara en algo. Nada debe realmente interesarle porque de pronto vuelve sobre sus pasos y regresa al agujero. Aquí realmente no hay nada atractivo, sólo peligros, así que vuelve a la maternal seguridad de su ratonera. Oscura pero inexpugnable. Sabia decisión.

Me levanto, me visto y bajo al salón comunal. A la luz del día aquel sitio parece más cutre y sucio aún. Pregunto por ella pero nadie me entiende. O quizás nadie quiere entenderme. Unos duermen y otros preparan algo de comer. Otros charlan en el salón fumando hierba. Suena el puto Bob Marley, así que decido huir de allí lo más rápidamente posible. Es justo al salir a la calle cuando me cruzo con el maromo rubio con el que Betty estaba la noche anterior. Al principio no le reconozco pero cuando se abalanza sobre mí blasfemando en inglés me doy cuenta de la situación. Un novio despechado no es la mejor forma de comenzar el día. Me agarra por el cuello y me empuja contra la pared. Trato de zafarme, pero descubro que aquel tipo está dispuesto a partirme la cara, así que, de forma casi instintiva, estrello un puñetazo contra su mandíbula que quizás me duele más a mí que a él. Cuando veo que los tres tipos que viene con él, de cuya presencia no me había percatado hasta ahora, me rodean y se arrojan gritando hacia mí es cuando comprendo que voy a pagar caro, muy caro, ese puñetazo. Me agarran, me golpean, me sacuden sin compasión. Cuando caigo roto al suelo me dan aún algunas patadas. Trato de protegerme, pero todo es tan rápido y tan brutal que apenas puede creer lo que está sucediendo.

Quedo en el suelo encogido y les oigo alejarse mientras me siguen diciendo no sé qué. Sangro. Trato de respirar tirado en la acera porque, categóricamente, sé que no puedo levantarme. Entonces quiero llorar pero apenas me salen unos hipidos ridículos. Pienso en Ana y de repente, sin saber por qué, la imagen de un pequeño ratón asustado regresando a su guarida me viene nítidamente a mi mente.

Dios, estoy roto. Sangro. Soy un ratón. Así que de pronto me doy cuanta de que, en realidad, nada hay en esta ciudad que me convenga.

Ya estoy yo volviendo a mi ratonera.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dice...

"Menos tu vientre"

10:39 p. m.  

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