sábado, agosto 06, 2005

la ciudad alegre y confiada

Como en Amsterdam esta noche apenas llueve, salgo a tomar unas copas. Hay bares para todos los gustos. Pero no me gusta ninguno. Da igual. Un bar no tiene que gustarte. Sólo sirve para beber y, a veces, para hablar con alguien. Apenas logro sacar conversación a una camarera morena y dicharachera, de escote valiente y pelo muy negro, que sirve copas al otro lado de la barra mientras baila salsa barata. El último grito en la capital de la modernidad: la música latina. El ritmo barato y pegajoso made in Miami que, creen aquí, todos los que no somos rubios y blancuzcos llevamos en la sangre. Oh, me dice la camarera mientras yo miro cómo mueve su cintura recogiendo los vasos, Espania, me encantia Espania, me custa musho la música espaniola, me encanta touda la música latina, adoruo a ricki martin, yeah, and... do you know gluoria stefan? Uau, el caribe profundou, África y América juntas en ese ruitmo, la música de gluoria es tan... nou sé... tan... visceral, tan auténtica, tan animal.... Apuro el mojito de un trago, pago y huyo de allí.

El Planet Rock está repleto. En la gran pantalla del fondo ponen videos antiguos. Un concierto de Led Zeppelin que apenas logro oír. Hay un estruendo enorme en todo el bar. Copas que vienen y van. Jarras de cerveza, hamburguesas, patatas fritas, hojas de lechuga en platos redondos y volátiles. La terraza está llena después de varias noches en que la lluvia no dejaba a la gente estar sentada frente al canal. Uhhh, bay, baby, baby, babyyyyyyy, I’m gonna left youuuuu. Las luces de los espectáculos porno en directo rielan sobre las aguas negras del canal. Ámsterdam florece bajo el cielo semi estrellado, semi nublado, semi festivo. Los camellos han salido de sus guaridas y acechan alegremente apostados al lado los puentes. Un enjambre de bicis y paseantes llena el corazón de esta vieja babilonia de las sonrisas. Sentado en la terraza, con una copa en la mano, suspiro y me siento torpemente tranquilo. Plácidamente solo. Abiertamente eufórico. Tal vez la pastilla rosada que me he comido hace un rato tenga algo que ver. Miro Ámsterdam y Ámsterdam me sonríe. De las transitadas calles a los bares apacibles, de los bazares psicodélicos a las patatas fritas con mahonesa, de los paseos en bicicleta a la cerveza espesa como el caldo, del queso con especias a la resina afgana, del nostálgico fluir de los canales a los hongos alucinógenos, de las cabinas X al museo Vincent van Gogh, del tranvía al éxtasis. Todo en esta ciudad parece hecho para el placer. En una Europa monacal donde todo se oscurece por momentos, Ámsterdam, la ciudad alegre y confiada, me sigue pareciendo una isla impermeable donde todo el mundo parece seguir sintiéndose joven y alborozado, bullicioso y ufano, vivo y libre como en pocos sitios. Estas calles siguen siendo las más epicúreas, las más hedonistas, las más excitantes, las más divertidas. La calzada es esta noche una amable cordialidad de casas estrechas, cofee-shops jaraneros, deambulantes barquitas, cervezas en las terrazas, escaparates morbosos y esculturales muchachas desnudas que contornean sus caderas y te llaman desde el otro lado del cristal. He hecho bien en venirme a pasar unas semanas aquí. A pesar del mal tiempo. A pesar del hastío y del poco apetito vital. ¡Bendita Sodoma! Cuando el mar reclame lo que es suyo y te trague para siempre, espero estar entre tus brazos amables y venenosos.

3 Comentarios:

Anonymous inwit dice...

Ya no puedo más, tengo que saberlo: está usté allí o sólo recrea? :¬)

3:37 p. m.  
Blogger garcía argüez dice...

estoy en mi casa acabando esta novela

6:37 p. m.  
Anonymous inwit dice...

Mierda, lo sabía...! Qué arte!

3:37 p. m.  

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