jueves, agosto 04, 2005

dos manzanas rojas y brillantes

Esta mañana me levanto temprano y descubro con cierto júbilo que no llueve. No hay, de todas formas, rastro del sol por ningún rincón del cielo y todo parece igualmente cerrado y plomizo. Pero no llueve. Por los canales de los tejados resbalan aún aguas despistadas. Pero llover, lo que es llover, no llueve, aunque puede hacerlo de un momento a otro. Desayuno copiosamente, con apetito y optimismo. Un sándwich de queso fresco con mermelada, unas salchichas con puré de guisantes, un huevo duro y café. Estos poderosos desayunos europeos, calientes y nutritivos, sientan muy bien. A veces. Me fumo un buen porro y decido que hoy va a ser un gran día. Cerca del hostal alquilo una bicicleta y pedaleando por las orillas de los canales, hoy quizás menos oscuros que de costumbre, respiro profundamente. El olor a lluvia me llena los pulmones. El aire es frío, hay charcos por todos lados y yo me siento feliz. Me dirijo a las afueras. En cuanto sales del centro de Ámsterdam, comienzan a tener más importancia los coches. Aun así, los carriles para las bicis son cómodos y seguros. Pedaleo cada vez con más entusiasmo. Pasan autobuses llenos de gente, coches llenos de gente, las aceras están cada vez más vacías. Bajo por Amstelveen buscando el exterior. Antes de salir de la ciudad, me detengo en un cruce donde una vieja ha montado un pequeño quiosco. Vende fruta y quesos. Ella no habla inglés. Yo no hablo neerlandés. No importa. Señalando con los dedos ella me entiende. Compro un par de piezas. Dos manzanas rojas y brillantes. Huelen muy bien. Le señalo también unas lonchas de queso con especias. Me las envuelve en un papel y me las da. La vieja me sonríe. Tiene cara de ser la madre más amorosa del mundo. Tengo ganas de darle un beso, pero, obviamente, no lo hago. Pongo la fruta en la pequeña cesta de la bicicleta y me lanzo de nuevo a la carretera. Las casas de las afueras me parecen aún más hermosas y no tardo en comenzar a ver campos enteros llenos de flores. Millones de flores. La bicicleta rueda con seguridad, por aquellas carreteras planas y oscuras. Las típicas estampas holandesas que todos hemos visto son verdad. Son tópicas, pero reales. Ahora parece que atravieso a cierta velocidad una de esas postales para turistas. Las vacas de manchas bancas y negras, los molinos, los inmensos campos de tulipanes alargándose hasta el horizonte.
Hay nubes grises y oscuras volando bajo sobre mi cabeza.
Me desvío por una estrecha carretera que se pierde en el bosque. Serpenteo por un camino rodeado de árboles. Todo es verde y frondoso. Todo huele a lluvia reciente. A veces, al borde de la carretera, pequeños canales oscuros aparecen de entre los árboles. Hay patos felices nadando dentro. Llevo ya un buen rato pedaleando. Noto el cuerpo caliente y, aunque hace algo de frío, sudo. Estoy buscando un recodo agradable en el que detenerme, comerme una manzana y fumar cuando algo se rompe en la bicicleta. Los pedales se han atascado con algo. Ha sido un ruido muy desagradable, así que, sea lo que sea lo que se ha roto, debe ser importante. Me detengo y la inspecciono. Pronto descubro que la cadena se ha salido. Bueno. En realidad podría ser peor. Me aparto a un lado, sobre la hierba, bajo un árbol enorme y, cuando me dispongo a colocar la cadena de nuevo en el piñón, descubro que en realidad no podría ser peor. No se ha salido. Se ha roto. Mierda. Se ha roto. Mierda y mierda. Compruebo que no hay arreglo posible. No, al menos, allí en medio, sin herramientas. No sé qué hacer. Trato de imaginar alguna solución, aunque sé que no la hay. No puedo hacer realmente nada, salvo caminar de vuelta arrastrando la bici. No es un simple paseo. Calculo que, con paso firme y si no me despisto en el camino de vuelta, no llegaré en menos de tres o cuatro horas. Mierda.