viernes, agosto 19, 2005

aquellas hermosas noches de sol

Estoy ante la puerta de David y aún no sé si quiero llamar. He estado, de hecho, a punto de detener el ascensor mientras subía y bajar de nuevo. No debería verle. Me prometí que no volvería a verle. Me juré a mí misma que esto no iba a pasar de nuevo. Da la vuelta y huye, Ana. No llames a esa puerta. No lo hagas. Knock, Knock.

El timbre sigue sin funcionar. Oigo unos pasos que se aceran. Dios, estoy tan nerviosa. Quiero verlo. Quiero verlo. Y cuando oigo que se abre el pestillo, pongo la más bonita sonrisa de que soy capaz, justo para ver que no es David. Al abrirse la puerta, asoma su cara un chico al que no conozco. Es feo, delgado y con unas gafas horribles. No sé quién de los dos está más sorprendido, si él o yo.

— Hola… eh… perdona… aquí vive todavía David ¿no?
— Ehhh… David… sí… aquí vive.
— Ah, es que como no te conozco.

El tipo debe ser realmente tímido. No se atreve siquiera a mirarme a los ojos. Le pregunto:

— ¿Y no está?
— ¿Quién?
— Pues David.
— No… no está ahora mismo.
— Vaya…

El tío este no tiene realmente ganas de hablar conmigo. Mi ropa debe gustarle, porque me mira de reojo las marcas de los pezones. De pronto me siento fuerte. Cualquiera diría que me tiene miedo. Así que no dejo de sonreír y lo miro a los ojos haciéndome la interesante. Se lo estoy haciendo pasar realmente mal.

— ¿Y no sabes cuándo va a volver?
— No.
— Mira es que soy una colega suya… ehhh… ¿y el Guaqui? ¿Sigue viviendo aquí el Guaqui?
— Sí, pero tampoco está…
— ¿Y tú vives aquí?
— Sí…
— Pues no te había visto antes.
— No, llevo poco aquí.

Está realmente nervioso. Me siento perversa en este juego de hacerle sufrir. Debe ser el tío más tímido del mundo. Creo que está hasta sudando.

— Bueno, pues yo me llamo Ana
— Ana
— Sí…

Me quedo unos segundos esperando a que me diga su nombre, pero no es capaz. Sigue mirando al suelo. Tengo su corazón en mi puño. Una malsana sensación de poder me obliga a apretarle aún más las tuercas a aquel pobre diablo. Le digo sonriendo maliciosamente:

— Bueno… ¿puedo pasar dentro y esperar al David?

Aquello es demasiado para ese chico. Se pone visiblemente nervioso. De pronto comienzo a sentir lástima por él. Me siento mala. No debí haberle hecho esto.

— Es que… es… es que tengo que salir ahora mismo.

Ha sabido encontrar una salida digna. Por un momento pensé que iba a cerrarme la puerta en las narices. O que iba a echarse a llorar.

— Bueno, pues ¿le podrías decir que he estado aquí?
— Sí. Se lo diré.
— Gracias.

Y me cierra la puerta sin decirme ni adiós. Vaya tipo más raro. Bajo de nuevo a la calle tratando de imaginar cómo ese pobre chico, con esa cara de empollón introvertido, puede compartir el piso con dos golfos como el Guaqui y David.

David. No recuerdo haber sentido tantas ganas de verlo desde los tiempos felices.

Aquellos días hermosos de estrellas.

Aquellas hermosas noches de sol.