lunes, julio 18, 2005

seiscientos euros

Lunes de mañana. Hay nubes que pasan de largo. El cielo es un collage blanco y azul. Un sol tímido comienza a secar los huesos del mundo. Desde el teléfono que hay en la cafetería de la facultad, he llamado a Juan Carlos a su móvil y ha flipado. Le he dicho que le echo de menos y él ha querido verme enseguida. Le he dicho que no, que nos veremos el fin de semana. Ha insistido en que necesitaba verme antes, que hoy es lunes y que no podría aguantar esperando toda la semana. Yo le he dicho que también tengo ganas de verlo, pero que, por favor, me deje unos días. No sé si ahora mismo soy capaz de hablarle. Estoy confusa. Estoy fría. Tengo sueño.
He salido de clase antes de la hora porque tenía que hacer la compra. Al regresar a casa cargada con las bolsas del ultramarino de abajo, mi hermano me dice que me ha llamado un tal Arturo. Que ha dicho que lo llame sin falta. Mi madre, desde el salón, me pregunta gritando que quién es ese Arturo y yo le digo que es un compañero de la Facultad. Y ella, volviendo la cara a la tele, farfulla que esta niña, acaba de romper con su novio y ya está con tonteando con otros tíos, si es que me ha salido una despendolada y bla, bla, bla… yo me hago como la que no la oigo y me meto en la cocina. Mi hermano entonces entra en la cocina y me dice que no vuelva a dejarlo solo todo el fin de semana como he hice. Yo le digo que peor es lo que él me hace y él me empieza a decir que ya está harto, que no puede estar así, que necesita salir y despejarse y yo, que no tengo ganas de discutir aunque ahora mismo lo que debería hacer era gritarle todo lo que no le he dicho, me callo y le digo que está bien, que esta semana yo me hago cargo y que si él se queda aquí por las mañanas para preparar la comida, yo me quedo los fines de semana, que lo único que le pido es que me ayude a tener tiempo para ir a clase. Él no dice nada y sale. Por la ventana miro a los gatos que toman el sol sobre el pretil de la azotea de enfrente.
Después de comer llamo a Arturo y me cita para el miércoles a las once de la mañana. Tengo clase, pero aun así le digo que sí con la boca pequeña. Él me ha notado indecisa. Aun así, cuando vamos a despedirnos, me dice:

— No faltes. Tenemos seiscientos euros para ti. Es la última prueba. Mi jefe va a estar aquí. Quiere conocerte.

Me juré que no iba a volver a aquel piso. Nunca más. Seiscientos euros. Me paso toda la tarde dándole vueltas. Seiscientos euros. Debo olvidar a David, debo volver con Juan Carlos. Seiscientos euros. No me importa sacrificar mis fines de semana mientras pueda terminar la puta carrera. Es mi única salida. Eso tiene que entenderlo mi hermano. Seiscientos euros. Yo no soy una puta. ¿Qué tendré que hacer por seiscientos euros? Ha dicho que será la última prueba. Coge el dinero y corre. Yo no soy una puta. Seiscientos euros. David. Tere. Seiscientos euros. Nunca más. Seiscientos euros. Lo juré. Seiscientos euros.
Quisiera ser un gato.