lunes, julio 25, 2005

párrafos ejemplares (XIV)

Se le ocurrió que una ciudad puede ser hermosa aunque no lo parezca a primera vista. Puede serlo por sus esquinas lamidas, por sus callejas torturadas, por el roce humano que la termina transformando en algo que se ocupa y se soba, en algo que alienta y que está más cerca de un animal o de una persona que de una cosa. Una ciudad co­mo es debido no está hecha de avenidas impolutas, de nobles edificios mantenidos es­crupulosamente, de jardines trazados con cartabón, de soberbias plazas adoquinadas o de estrechos canales dormidos en los que se estrellan los mil oros del crepúsculo, no señor. Así que da lo mismo que tenga o no tenga catedral y que haya sido edificada en medio de un páramo absurdo. Una ciudad, se decía Navarro, puede ser hermosa por el modo en que recibe y devuelve los rayos de sol, por la sorpresa de sus callejones sin salida, e incluso por la manera en que está distribuida y disimulada su miseria. Y lo es, siempre, por la presencia o la ausencia que la resume, que la canta, que la celebra, que la llora, que la recuerda, que la hace patente e indiscutible. Que la pregona. Las ciuda­des de veras hermosas no son bellas pasivas, sino pícaras activas. Han aprendido a es­ponjar sus piedras, a redondear sus ángulos, a cansarse de sus propios encantos e inclu­so a escamotear sus detalles más bellos bajo las sábanas húmedas y remendadas que cuelgan de sus tendederos. Vuelan los colores de los calcetines en las cuerdas y son aves tropicales desplegando sus alas entre la floresta; reflejan la luz sus charcos aceitosos y son irisaciones minerales con las que un sultán decoraría los más secretos muros de su palacio. Cuando la ciudad es bella suena a violín o a martillo, huele a jazmín o a fango, pero jamás posa.

De Alberto Porlan