martes, julio 12, 2005

No llegan los padrinos de este duelo

No llegan los padrinos de este duelo
de deseo y de carne enajenada.
Aquí estoy. Desarmado, sin la espada,
sin la guerra, hirviendo ante tu pelo.
El guante de tu piel está en el suelo
esperando a la muerte anaranjada.
Sabemos que, esta noche ensimismada,
debajo de la cama duerme el cielo.
En mi escudo, muralla milenaria,
con los vientos, las lluvias y los cardos
se ha marchito la dulce flor de lis.
Nada queda, tan sólo la plegaria
y el duelo de panteras y leopardos
que llevas en tus ojos, Anaïs.