viernes, julio 22, 2005

Las chicas y los chicos no temen a la muerte mientras bailan

En el bar, las chicas y los chicos bailan dichosos de ser como son. Bailan y sudan y beben y sudan y bailan y se miran y sonríen y agitan sus caderas y bailan y sudan y beben y sonríen. Unos a otros se miran sus cuerpos estirados y a veces se besan mientras bailan y tratan de decir con sus lenguas lo que las palabras nunca aciertan a decir. Se intercambian besos y pastillas de colores y sudan y bailan mientras sienten esta música imparable como el latido enorme del enorme corazón del mundo. Las chicas y los chicos no temen a la muerte mientras bailan. Ni temen al futuro ni saben del pasado. Bailan extasiados y repletos de sí mismos y exploran cada calambre bienhechor que les atiza sus sistemas nerviosos y sienten dilatarse cada poro de sus pieles radiactivas y se miran mientras bailan con los ojos cerrados y se ven sin mirarse y se hablan sin hablar.
Estamos los tres en la barra. Hemos pedido urgentes gintónics y el limón flota sobre los cubitos de hielo. Miramos a las niñas y hablamos de cosas que no nos interesan a ninguno de los tres. El Pitu saluda a unas tías que debe conocer. Ellas pasan y sonríen. El Negro le pregunta si las conoce y el Pitu dice que claro. El Negro saca el speed del bolsillo y le dice al Pitu que agarre y que las invite. Pitu se queda sorprendido por esa inesperada muestra de amabilidad. A mí me parece condescendencia.

- Venga, llévatelas al servicio, invítalas a un tiro y tírate el rollo. Que no falte de nada esta noche, joder.

El Pitu, casi eufórico por la propuesta, agarra la bolsita y corre tras las niñas. Les habla sonriendo y los tres se van desaparecen entre la multitud. El Negro se apoya entonces en la barra a mi lado y me dice “Ese tío es un capullo”. Yo sonrío y digo que un poco gili sí que es, pero que no es mala persona. El Negro se ríe y me repite que es un capullo y que a él no le gusta trabajar con capullos.

- Mira -me dice- antes en el coche te he mentido. No me han dicho que posiblemente nos vuelvan a encargar.
- ¿Ah, no? -digo dando un trago.
- No. Me han hecho otro encargo directamente. Un trabajo enorme. Yo diría que es un pelotazo.

No sé exactamente qué es lo que está tratando de decirme. Él sigue hablando sin mirarme.

- Lo que te estoy diciendo es que no pienso trabajar con capullos, Guaqui ¿Tú eres un capullo?
- Vete a la mierda, Negro. Sabes que no.
- Sí que lo sé, y por eso te estoy contando esto. Pero ese tío sí que es un capullo
- ¿El Pitu?
- Sí, ése, un capullo de categoría. Lleva aquí en la frente la palabra capullo ¿entiendes? Así que si quieres que lo hagamos juntos, lo haremos. Necesito a alguien y puedes ser tú. Pero a ese capullo ni en pintura ¿entiendes?

Tengo una confusa mezcla de sensaciones en el pecho y en la cabeza. No es sólo el speed y las pastis, es también el alcohol, la intensidad emocional de la larga tarde de hoy y, sobre todo, la conversación con el Negro. Está a punto de proponerme un negocio de ésos grandes de los que tanto he oído hablar. El Negro es un tío respetado. No entiendo cómo teniendo tanta gente me va a proponer algo importante a mí, cuando apenas hace tres semanas que nos hemos fumado el primer porro juntos. Así que mi corazón comienza a acelerarse a la vez que me habla del bisnes. Hay que traer de los Caños muchas pastillas. Muchas. Cuando me dice el número casi me asusto. Eso no es un trapi de barrio. Es una cosa muy seria. Comienzo a ponerme nervioso, pero bebo con firmeza largos tragos del vaso para que el Negro no note que, realmente, estoy empezando a asustarme. Él me habla de los detalles. No será muy difícil. No echaremos más de tres horas en toda la operación. Hay que entregarlas donde mismo, en la nave aquella de la zona Franca. Cuando le pregunto por el dinero se calla, acaba su gin-tonic, se vuelve a la chica de la barra, pide otro. Espera largamente a que le llenen el vaso como si yo no le hubiera preguntado nada. Está callado mirando el culo de la chica que agarra la botella de Beefeater de la estantería. Luego da otro trago largo y paladeando el sabor ácido de la tónica me dice la cantidad. Entonces sí que mi corazón se vuelve loco. El lo nota, se ríe un poco y me dice “ya te dije que esto no era cosa para capullos”. Yo suspiro y le digo que sí siguiéndole el comentario.

- Bueno ¿qué? -me dice- ¿Va o no va?

Yo, tratando de que la voz no me tiemble, le digo:

- Cuenta conmigo, Negro, no te arrepentirás.
- Cojonudo. Vamos a meternos una raya.
- Pero si le has dado la mijita que te quedaba al Pitu.

Y él quitándose de la barra y agarrando el vaso me dice:

- Que te crees tú eso

.

2 Comentarios:

Anonymous inwit dice...

ín-vieo, dile al Guaqui que ande con ojo...

Aunque a veces me quede callado te leo desde lejos y muy de cerca... Besos, vivir!

2:48 p. m.  
Blogger garcía argüez dice...

Sé que andas por ahí, Inwit, como ando yo, como andamos todos, leyendonos unos a otros aunque sea en silencio. Para eso nos escribimos.
Y el pobre Guaqui no sabe dónde se está metiendo, pero así son las cosas.
Besísimos.

8:51 p. m.  

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