sábado, julio 30, 2005

La ciudad donde vivo es pequeña, sucia y alegre

La ciudad donde vivo es pequeña, sucia y alegre. A media mañana, los parados se levantan y bajan al bar a tomar unas cervezas y a mirar pasar la gente. Las calles están llenas de colillas y cagadas de perro y a menudo las palomas se te acercan pidiendo limosna, con sus arrullos tristes y sus ojos negros. Hay un estruendo de pájaros en la alameda y las largas cañas de pescar se turnan en las murallas durante todo el día, como una guardia imparable de indiferencia y tabaco. Debajo, el mar desgasta amorosamente las piedras milenarias. Las gaviotas se cagan sobre los coches aparcados y dibujan sobre las azoteas extrañas figuras. Por todas las esquinas huele intensamente a bahía, a puchero y a desesperanza.

En el INEM hay cola. Creo llevar todos los papeles pero, al parecer, alguno se me ha olvidado. En la hilera hay rostros sombríos. Nadie se siente a gusto allí. Ni siquiera los que trabajan. La gente que me atiende al otro lado de la mesa es triste. Yo, por el contrario, me siento casi libre. Voy a tener dinero en una buena temporada. Y además sin ir a currar. Levantándome a la hora que me apetezca. El sueño de mi vida. Cierto es que, después de unos meses, la paga no dará para mucho, pero tampoco necesito más. Pagar el piso. Llenar la nevera. El tabaco. El costo. Y beber y pillar los fines de semana. Hasta hace no mucho tenía la certeza de que iba a viajar. Después de mi conversación con Ana no estoy seguro. Soy tan gilipollas que me siento dichoso de todo. Creo que sigo colgado por sus huesos y sus piernas delgadas, por su cara angulosa y su voz de jilguero.

Tengo que volver a la oficina un par de veces en la mañana, voy al curro a recoger no sé qué certificado, me he olvidado en casa el número de la cuenta y tengo que volver al piso y regresar al centro. Pero realmente no me importa. No tengo nada mejor que hacer. Camino por la calle y me siento el hombre más libre del mundo. La mañana me recibe con la mejor de las sonrisas. Hay un cielo luminoso. Es un placer ir de aquí para acá. Furgonetas de reparto caracolean nerviosas por las calles estrechas. Un par de tipos con mono azul hacen equilibrios sobre unas escaleras colocando la iluminación navideña. Pronto será navidad de nuevo. Recuerdo las últimas navidades con Ana. Tengo el pecho henchido de amor matutino, de sol de diciembre y de oficina del paro. Ni siquiera me sonríen cuando me dicen: todo listo, el mes que viene cobrarás la primera paga. Me paso por el banco a actualizar la cartilla. De aquí al mes que viene tengo un buen dinerillo aún. Las cosas no van nada mal. Vago por las calles. Hago rodeo con la intención de deambular sin rumbo muy claro. Me siento el hombre más libre del mundo.

3 Comentarios:

Anonymous inwit dice...

A la mierda el trabajo, dí que sí...

2:16 p. m.  
Blogger malatesta dice...

Nunca me gustó la ciudad que describes, pero un atardecer desde la alameda es una de las cosas más bonitas que he visto. Y para disfrutar de eso no importa el estado laboral.
Por cierto, perdón por la intromisión.

11:42 p. m.  
Blogger garcía argüez dice...

Nada de intromisión, malatesta, aquí tiene usted su casa, compañero.
(Y siento mucho que nunca le haya gustado esa ciudad pequeña, sucia y alegre donde me dejé un día dos tercios de mi corazoncito).
Besos.

9:06 p. m.  

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