jueves, julio 21, 2005

el olor a sopa de sobre

Arreglar la nevera ha costado 42 euros. Más de lo que esperaba. Así que mientras, sola en la cocina, escurro la olla y preparo la bandeja para darle de comer a mi madre me siento morir. 42 euros. Es un gasto extra con el que no contaba. Hace mucho que nos comimos el dinero de mi beca y las cosas se están poniendo cada vez más difíciles. 42 euros. Y aún no he pagado el recibo del teléfono. Tengo que ir a primeros de semana o igual nos lo cortan. Mi madre me dice que está harta de comer macarrones, que si ella pudiera valerse enseguida íbamos a comer las porquerías que comemos. Que no sabe cómo puede tener una niña tan inútilcomo yo, con lo bien que ella sabía llevar una casa para adelante y que si no me hubiera emperrado en estudiar ahora yo sabría por lo menos guisar. Yo no la oigo mientras como en la mesa, delante de la tele. Me siento morir. 42 euros. Siento ganas de llorar. Me levanto y entro en el baño. Sólo faltaba que mi madre me viera llorar. Seguro que se ensaña conmigo. No lloro mucho, apenas unos gemidos acuosos a puerta cerrada. Luego tiro de la cisterna. Me miro en el espejo. Tengo los ojos brillantes. Cuando voy a secármelos, descubro que casi se ha acabado el papel higiénico. 42 euros. El teléfono. La compra. La beca. 42 euros. Me siento morir. Me vuelvo a mirar en el espejo. Mis pezones, enhiestos por no sé qué extraña sensación, están tontamente erizados bajo la camisa. Me siento morir. Quisiera llorar otra vez. Entonces pienso en el trozo de papel que me dio la Tere.

...


Esa misma tarde, con la noche ya cayendo pesadamente sobre el mundo, he bajado a una cabina. No he querido a usar el teléfono de casa, porque paso de que mi madre me haga preguntas y además a esta hora es más barato desde la calle. O al menos eso me parece cuando rebusco unas monedas en el monedero. He llamado al número y un hombre que ha dicho llamarse Arturo me ha respondido muy amablemente y me ha citado a la mañana siguiente. Tiene que hacerme una prueba. Ha sido cortés y muy risueño. He oído varias veces su risa clara a través del teléfono y casi me ha hecho reír a mí con su tono desenfadado. Luego antes de cortar me ha preguntado si sé exactamente en qué consiste el trabajo y le he respondido que sí. Me ha preguntado quién me ha dado el teléfono y le he dicho que una amiga que se llama Tere. Al principio no ha caído, pero luego le he dado algunas pistas y la ha recordado. “Una buena chica, tu amiga, trabaja muy bien. Te habrá dicho que está encantada, no?”. Le he dicho que sí y que si llamo es porque confío mucho en Tere. Me ha vuelto a decir que no me arrepentiré, que es un buen empleo, pero que tiene que conocerme antes y hacerme unas pruebas, que trate de ser puntual y que me vista sexi. No he sabido muy bien qué ha querido decir con vestirme sexi, porque hay hombres a los que les parecen sexis unas medias de red y otros que prefieren unos sencillos vaqueros, pero no he querido entrar en detalles así que no he respondido nada. He vuelto a asegurarme de tener bien apuntada la dirección y he colgado sonriendo. Luego he rebuscado unas monedas sueltas y he llamado a Tere. Le he contado todo y le he pedido que me acompañe.

- Joder, tía, mañana por la mañana no puedo. Qué putada. Lo siento. Pero no te preocupes. Arturo es un encanto. Todo va a ir bien... Al medio día te llamo para ver cómo te ha ido...

Luego he colgado el teléfono y me he quedado unos momentos quieta, mirando aquel papel con la dirección. Por unos segundos todo me ha parecido irreal, esa sensación extraña de estar fuera de mi cuerpo y fuera del mundo con que abro los ojos todas las mañanas. Entonces he vuelto a pensar en David. He estado a punto de llamarlo, pero al final he pasado. Luego he subido a casa a preparar la cena para mi madre.
Cuando subía la escalera, se ha apagado la luz automática y, a oscuras, he palpado el barandal oxidado. En la penumbra, he sentido el murmullo de las teles encendidas saliendo de debajo de las puertas y el olor a sopa de sobre. Por el hueco de las escaleras ha subido la música de los telediarios, el tufo del aceite requemado, el llanto de un niño, los huevos fritos, el asqueroso rito del fin del día en las oscuras casas de los pobres, el revulsivo momento de la cena familiar, los niños y los padres y las madres y las viejas y los viejos dando gracias sin saberlo al fin de un día más.
Me he quedado a oscuras y he sentido ganas de llorar.