lunes, julio 18, 2005

con ella sería capaz de irme a vietnam a matar chinos

Es un día gris y yo me despierto en una cama que no es la mía, en una habitación que no es la mía, en una casa que no es la mía. Ana, aún dormida, se revuelve a mi lado, bajo la cálida coraza del edredón. Abrazo su carne caliente y me siento feliz. Si fuese un gato empezaría a ronronear como un cabrón. De momento, recorro con mis manos el atlas abierto de su cuerpo desnudo y la despierto a besos. No hay nada como comenzar el día follando en la penumbra de una alcoba.
Se oye a alguien trasteando en la cocina. Ana se levanta y se estira. La observo mientras se viste con lentitud. Le digo: te he echado mucho de menos. Y ella responde: tengo hambre, vamos a desayunar algo.
Al levantarme recuerdo a la colega de Ana y a su marido el militar golfo. Hemos pasado la noche en su casa. Mientras me pongo la ropa encuentro en un bolsillo el folleto de una pensión en Ámsterdam. Ese papel lleva unos días pegado a mí, quizás sea una señal. Hay cosas que uno no quiere perder y al menor descuido desaparecen misteriosamente. Pero hay otras sin embargo que uno no se preocupa en conservar y, de forma inexplicable, siempre están ahí. La vida es extraña.
Un desayuno caliente y poderoso nos espera en la mesa. Yo, de todas formas, sólo me tomo un café. No podría tragar ni una puta pastillita Juanola. Entre los vapores de un tazón de colacao y unas tostadas oscuras, María José le pregunta a Ana qué vamos a hacer. Es Sábado. Largo Sábado. Santo Sábado.

- No sé. No sabemos. ¿Alguna propuesta? -le dice Ana.

Está preciosa. Miro detenidamente su melena mientras su amiga le explica no sé qué de una excursión al campo y no sé qué de unos ecologistas. Ana vuelve la cabeza y me pilla con mis ojos fijos en su pelo.

- ¿Vamos?

Le digo que sí.
Con ella hoy sería capaz de irme a Vietnam a matar chinos.