martes, julio 19, 2005

con el corazón atorado en la garganta

Me levanto a media tarde, casi ya anocheciendo, con el estómago vacío y exaltado, gruñendo de hambre y revuelto de la noche anterior. La tele resuena en el salón. El Gafas está en el sofá, comiéndose un bocadillo de salchichas con mayonesa y el gato dormita enroscado sobre una silla: toda una enternecedora escena doméstica. El Gafas es un tío raro. Apenas sale más que para ir a clase. Está la mayor parte del tiempo encerrado en su cuarto, supongo que estudiando. Si no, está aquí mirando la tele. Si llega una visita inesperada casi siempre se mete en su dormitorio, sin duda el más ordenado de los tres dormitorios. Si es una mujer la que ha llegado, no sale ni para beber un vaso de agua. Cuando en el piso hemos tenido fiesta se ha atrincherado en su cuarto con cualquier excusa idiota: que si tengo que estudiar mucho, que si tengo un trabajo pendiente que acabar esta noche, que si estoy muy cansado de todo el día... La fiesta sin él ha sido, de todas formas, exactamente igual. Nunca ha protestado a pesar del jaleo aunque a buen seguro jamás habrá podido estudiar ni descansar ni hacer nada con el ruido que suele armarse en casa cuando hay jarana. El Gafas pasa siempre absolutamente desapercibido. Parece una sombra. Los colegas que llegan al piso apenas le ven. Es misterioso y timidísimo. Sólo bebe cocacola. A todas horas. Mañana, día y noche. Incluso a veces le he visto desayunar tostadas con un vaso negro que, aunque pareciese café, no lo era. El Gafas es, de todas formas, un buen chico: paga religiosamente su parte del alquiler, cumple su parte en las tareas domésticas y nunca le he visto un mal gesto o una palabra más alta que otra. Le tengo cierto aprecio. Incluso lo comprendo, a pesar de que muchas veces, sobre todo al principio de vivir juntos, le he insistido hasta la saciedad para que saliese a conocer gente, a divertirse, a follar, qué sé yo, a desintoxicarse con el aire festivo y abierto de la calle. Jamás lo he conseguido. Los estudios deben irle muy bien, aunque no habla demasiado de ello. Estudia Enfermería, creo. Una vez vinieron sus padres: un matrimonio de freakis católicos que quería ver dónde vivía exactamente su hijito. Su hijito único. Creo que desde aquel día comprendo mejor al Gafas. Llegaron de Córdoba o yo qué sé de dónde, porque el Gafas es de fuera y estudia aquí por no sé qué de las notas de selectividad o algo así. Los días previos a la visita de sus padres, el Gafas estuvo nervioso y un poco más hablador. Nos dijo que sacáramos del piso el ejército de botellas vacías de cerveza que, como un trofeo absurdo, almacenábamos en la terraza, nos rogó que mientras durase la visita no fumásemos porros ni dejáramos por la casa evidencia alguna de ello, me pidió, por favor, que no trajese ninguno de mis amigos esa tarde y le dijo al Guaqui que el día D en cuestión no apareciese por casa. No quería que sus padres supieran que su hijo vivía con algo como el Guaqui. El Guaqui se mosqueó y se negó en redondo y tuve que ser yo quien lo convenciera porque, en verdad, yo comprendía al Gafas. Es que el Guaqui es mucho Guaqui y no creo que ninguna madre del mundo quiera a un energúmeno como el Guaqui como compi de piso para su hijo. Finalmente, el Guaqui entró en razón y ese día no apareció. Luego el Gafas me pidió que le ayudara a limpiar a fondo el piso, y ahí ya se pasó. No lo limpio para mí, lo voy a limpiar para tus padres, tío. Además, la semana pasada yo ya hice mi parte. Quien debería apechugar es el Guaqui que es el que se escaquea de estas cosas, el cabrón. Vale, vale, al Guaqui vamos a dejarlo lejos hoy. Pero conmigo no cuentes, si quieres impresionar a tu vieja limpia tú. A mí, de todas formas, me parecía que el Gafas estaba exagerando un poco y sacaba las cosas de sitio, pero cuando vi llegar a aquel matrimonio comprendí que, efectivamente, toda precaución fue poca. No entraba en mis planes pero, cuando se sentaron en el sofá, no tardé en inventarme cualquier excusa para salir por patas de allí. Por suerte sólo estuvieron un par de horas. El tiempo de que el Gafas les preparara un té y unas galletas compradas expresamente para la ocasión. No sé qué hablarían, pero cuando regresé al piso el Gafas estaba en su cuarto abrazado a su almohada llorando como un niño. No supe si reírme o llorar. Posiblemente hice algo mezcla de las dos cosas. No dije nada. Me lié un porro y me lo fumé mirando por la terraza mientras lo oía gemir con el corazón atorado en la garganta.