miércoles, junio 01, 2005

párrafos ejemplares (XI)

Fue una tarde de ésas —julio, agosto— en que corroe el sol las tejas calcinadas, enceguece tapias y caseríos de la ciudad casi desierta, no consiente la siesta, resquebraja nidos, reseca torres y arroja, sobre el frescor último de las losas del suelo, a agotados racimos de hombres y de mujeres.
El Tili, peón de las bodegas y cabo de los servicios matinales que oficiaba el viejo tótem ante las visitas, debía comprobar el estado de una partida de azufre recién llegada al patio grande, y pasó junto a Matías con un sopletillo, desnuda la llama e invisible contra el resol de fuera.
Ante el semidiós, en el suelo terrizo, aparecía una peseta caída, y El Tili se inclinó a recogerla. La llama fue a rozar una mano de Matías; incorporándose, el obrero la retiró en el acto y se tocó la visera de la gorra con un turbado usted dispense.
Ya no vio a nadie.
Acababa de extinguirse el eco de un crepitar silbante y ominoso, instantáneo, y se estaba disipando a toda prisa el de un vivo olor a cosa quemada. Pero Matías no estaba. Sobre el butacón de pino y eneas, desplomados bajo el cojín ancestral, aparecían algunos chamuscados fragmentos de su ropa, no mayores que una servilleta de café, Y más abajo, oscureando entre esas deshechas panas menestrales, se veía alguna uña, botones, manchas y señas de quien no iría ya más a la bodega, del Matías volatilizado, como alcohol que era, por el breve roce de una llama, del hombre consumido en un fuego de fuegos, ido, desaparecido igual que una esponja empapada en gasolina y que alguien echa al incendio de un almacén de paja.

De Fernando Quiñones