lunes, mayo 02, 2005

párrafos ejemplares (IX)

¿Cómo valorar los últimos momentos en la vida de un hombre que aún no sabe que va a morir? ¿Cómo calibrar los pequeños movimientos que conforman un momento vulgar llamado a convertirse en excepcional a su pesar? ¿Qué sentido tiene esto y, por extensión, qué sentido tie­ne todo lo demás?
El vendedor de pianos abrió la verja de su tienda en la calle John a las siete treinta y cinco exactamente, tal y como había hecho todos los días laborables durante los últimos cuarenta años y no porque hubiera mucho o nada que hacer a esa hora, ni a ninguna otra ya que estamos, porque el negocio de compraventa de pianos es de por sí un negocio con poco movimiento, más aún en tiempos de recesión, sino porque Arnold Grumberg, como tantos otros hombres, había acabado encerrándose en una rutina intrascendente que le daba a su existencia, si no sentido, sí al menos algo de orden, un ritmo, una cadencia de gestos pre­cisos, fijados y luego cumplidos, un abecedario que llevase su vida suavemente de «a» a «b» y de «b»a «c» y así en adelante, sin tener que someterse al vértigo de la incertidumbre.
Revisó el contestador por si hubiera habido algún cliente cargo madrugador. Era algo que también hacía a diario, por más que supiera a ciencia cierta que nadie se levanta a las seis de la mañana necesitando urgentemente comprar un piano. Por supuesto en el contestador no había mensajes. Después empezó a preparar café y mientras escuchaba el tranquilizador goteo de su máquina Hubdolt, una antigualla aún en perfecto estado, se puso a revisar las existencias. Las cosas iban mal y bien al mismo tiempo. La recesión económica le había llenado el almacén de magníficos pianos a precio de ganga, lo cual supondría un buen negocio: si algún día la dichosa recesión se terminaba. Tal vez mucha gente no lo sabe, pero el negocio de compraventa de pianos es uno de los indicadores puntuales más certeros ­en el desarrollo de una crisis económica en el mundo occidental. Algo así como los pajaritos que llevaban anti­guamente en las minas para avisar de las fugas de gas.
Arnold sabía, por ejemplo, que un Stenway práctica­mente nuevo conseguido por debajo de los dos mil quinientos dólares marcaba el inicio de una crisis con mayor claridad que las cifras trimestrales del paro. Si a eso se le­ sumaba un Petrof de cola entera por tres mil quinientos en el transcurso del a misma semana sabía que la crisis iba ­a ser larga. Viendo la impresionante colección que había acumulado en los últimos seis meses, Arnold estaba seguro de que las cosas iban a empeorar mucho antes de mejorar. El café ya estaba listo.
Arnold salió del almacén y cerró la puerta con llave.

de Ray Loriga