jueves, marzo 03, 2005

párrafos ejemplares (VIII)

La vinatería de Jesusita, la bruja vinatera, era un sitio profundo y húmedo de vino, un lagar maldito, todo de penumbra roja, vinácea, donde Jesusita despachaba vino al por mayor y también algunas botellas a los vecinos, mientras sus padres atendían otra vinatería más importante que tenían en otro barrio de la ciudad. Jesusita, la bruja vinatera, era una chica de un pálido oscuro, sucio, de un moreno blanquecino, enfermo, con muchos granos, espinillas, barrillos y cosas en la cara, toda aceitosa de rizos negros, con los ojos penetrantes (no hondos) y la boca cruel y pequeña, y la voz viva y siempre como un poco airada. Jesusita vestía siempre de negro, algo así como los lutos arrugados de su madre, y de vez en cuando se dejaba unos escotes en pico por donde aparecía el nacimiento seco de sus senos, todo de manchas amarillas y puntos negros. Sin embargo, Jesusita tenía aquella tarde allí, con ella, a Miguel San Julián, a quien por fin había conseguido atraer a su vinatería, nunca supe cómo, y allí estábamos los cuatro, pues María Antonieta también me había citado en la vinatería de Jesusita, y ésta había trancado la puerta por dentro, con mucho jaleo de cerrojos y estacas, y en las altísimas habitaciones, que eran una mezcla de bodega, despacho de vino y almacén, había una lejanísima bombilla que no nos iluminaba apenas. Estábamos sentados en pellejos y cubas de vino, y Miguel San Julián me miraba a veces con una complicidad que yo no sabía si quería decirme que por fin nos estábamos corriendo nuestra gran farra, la que habíamos perseguido tantas veces, inútilmente, en los domingos tristes del invierno. Jesusita nos servía vino rojo y oscuro de una frasca cuadrada, como aquellas que usan en las tabernas, y todos teníamos en nuestras manos unos vasos gordos, anchos, toscos y hermosos. María Antonieta rizaba el dedo meñique, como una voluta de exquisitez, cada vez que se llevaba el vaso a los labios.

De F. Umbral