jueves, marzo 24, 2005

la gran fiesta de la contradicción

A estas alturas no hace falta discutir que la Semana Santa es, básicamente, la gran fiesta de la contradicción. Es donde con más poder aflora esa paradójica visión del mundo que a menudo tenemos aquí, en este sur del sur. Por eso, esta inquietante tradición arraiga con tan inquebrantable y desconcertante pasión en estos lares andaluces: porque todos somos, en gran medida, así de confusos y desconcertantes en nuestros adentros. Por eso nos resultan tan hermosos estos enfermizos saraos de la vida y de la muerte.
La Semana Santa es, por un lado, la gran orgía barroca de los sentidos desbordados a la vez que el frío existencialista y el recogimiento interior. Es el gran canto a la victoriosa resurrección de la vida a la vez que un morboso festín donde abunda el regusto por la muerte, lo cadavérico, la tortura, el dolor y la sangre derramada. En sus siniestras cabalgatas, se conjugan los más íntimos votos personales, el más privado ruego y pagamento a la promesa cumplida, con el espectáculo callejero, festivo y colorista, el público exaltado y jaranero junto al rezo a susurros y la penitencia más honda. Se juntan en ellas el más ingenuo sentimiento cristiano con la rivalidad y la pueril envidia de las comadres de patio bajuno, la caridad cristiana con la ostentación ofensiva, la pompa fastuosa y el oropel millonario con el “déjalo todo y sígueme” de las largas hileras cabizbajas de los fieles, las flores de vivos colores junto al fúnebre fulgor de las velitas, el oro y el moro junto a la desnudez de los pies descalzos, el olor psicotrópico y espiritual del incienso junto al olor a colonia de las multitudes bien arregladas para salir a la fiesta, las luces y las sombras de una tierra siempre a medio camino entre la fe y la superchería, la superstición y la teología, el sacramento y el circo, la vida y la muerte, el silencio y el estruendo, la catequesis y la farsa, siempre la contradicción, siempre la paradoja, siempre la belleza deslumbrante, absurda y encendida. Y es esto lo que la hace tan sugestiva. Tan extraña. Tan desconcertante.