viernes, noviembre 12, 2004

párrafos ejemplares (v)

Darío Álvarez Alonso había comenzado a colaborar en el periódico local haciendo unas reseñas de libros franceses que firmaba con su nombre sonoro y sus dos apellidos vulgares que, encabalgados uno sobre el otro, perdían vulgaridad y ganaban musicalidad. Cuando, en lugar de firmarle el artículo arriba, con su nombre armónico y sus dos apellidos, se lo firmaban abajo, por azares tipográficos, con las iniciales (D.A.A.), le veía yo mover la melena, oscurecer la frente, afilar la miopía y amargar el gesto de la boca: «Me quieren hundir, me quieren hundir». Era, ya, el gran escritor sufriendo las tormentas de la literatura, las injusticias de la historia, como sabía yo que las habían sufrido los grandes, pero sin que este sufrimiento fuese nunca algo mediocre, como un dolor de muelas, por ejemplo, sino con una grandeza de lámina, porque había que ser sublime sin interrupción, incluso en la adversidad de los tipógrafos.

De F. Umbral