viernes, octubre 15, 2004

párrafos ejemplares (II)

Estaba pensando en la Antigüedad, cuando los romanos llegaron a este lugar, hace mil novecientos años, hace tan sólo unos días. Y desde entones, la luz brilla sobre este río, sí, pero es como una luz que brilla un instante en la distancia o como un relámpago entre las nubes. Vivimos el instante que dura esa luz y ¡ojalá dure mientras nuestra vieja tierra siga dando vueltas! Pero la oscuridad dominaba este lugar ayer mismo. Imaginen lo que sentiría el capitán de una magnífica -¿cómo se llamaban?- trirreme del Mediterráneo al recibir la orden de trasladarse al norte: lo llevan por tierra, a través de la Galia y le dan el mando de una de esas naves que los legionarios -que debían ser unos hom­bres muy habilidosos- construían a centenares y según parece, en uno o dos meses, si es que debemos creer cuanto se es­cribe. Imagínenlo en este lugar, en los confines del mundo, con un mar del color del plomo, un cielo del color del humo, en un barco menos recio que un acordeón, y remontando este río con abastecimientos, bancos de arena, pantanos, bosques, bárbaros, muy poco que comer para un hombre civilizado y nada que beber aparte del agua del Támesis. Ni hablar de vino de Falerno, ni hablar de bajar a tierra. Aquí o allá, como una aguja en un pajar, algún campamento militar aislado en territorio hostil, frío, niebla, tormentas, enfermedades, el exilio y la muerte, la muerte acechando en el aire, en el agua, en la maleza. Debieron ha­ber muerto como moscas. Oh, sí, pero él lo logró. Y le fue muy bien, sin duda, y, además, sin pensar demasiado en ello, excepto después, quizás para jactarse de todo lo que había tenido que pasar. Era lo bastante hombre para enfrentarse a las tinieblas. (…) Desembarca en un pantano, atraviesa los bosques y, en algún enclave del interior, se topa con la barbarie, con la verdadera barbarie, que lo rodea por todas partes, con toda esa misteriosa vida salvaje que acecha en los bosques, en las selvas, en el corazón de los salvajes. Y no existe iniciación a tales miste­rios. Tiene que convivir con lo incomprensible, que también es detestable. Claro que también posee cierta fascinación que lo va atrapando. La fascinación de lo abominable, ya saben.

De Joseph Conrad