miércoles, octubre 20, 2004

los errantes

En La Palabra Itinerante estamos todos como niños estrenando traje nuevo, contentos como ascuas, alegres como soles, porque el amigo, el hermano, el maestro Juan Antonio Bermúdez ¡al fin! ha acabado su tan esperado libro y tan incendiaria mercancía rula ya por los correos electrónicos de la familia como una buena nueva que nos llena de dicha y nos confirma que la espera ha merecido la pena. El señor J. A. Bermúdez es uno de los poetas más pudientes y perezosos que conozco. Si no el más. Y su libro “Los Errantes” es una de las lecturas más abrumadoras, intensas, emocionantes y cegadoras que me he echado a los ojos en mucho (y digo mucho) tiempo. Sabíamos que algo gordo fraguaba en su lentitud y su parsimoniosa demora por los poemas que nos había ido dejando caer con cuentagotas, pero el resultado es sencillamente demoledor. He leído verso a verso con la calma y la fruición del matemático perverso que mira la foto de la pequeña Alicia y he perdido el aliento, he gemido de gusto, me he echado las manos a la cabeza, he vuelto los ojos en blanco, he sentido ganas de saltar e incluso (y no es coña) se me han saltado las lágrimas en algunos momentos de la lectura (¡dios mío, qué poema final!). Si estamos entre todos escribiendo un puzzle, hermanos, el bueno de Juan Antonio acaba de hacer encajar de golpe varias piezas de ésas de las más complicadas. No quepo en mí. No cabemos en nosotros. Este libro va a llegar muy lejos. Muy hondo (bueno, si no se queda apalancado en un cajón por la habitual huevonería bermudiana - que ya nos encargaremos de que no-).
Con los ojos cerrados (da igual qué versos, todos son enormes) selecciono dos poemas.

Equivocaciones, vocaciones

Casi todos los papeles que me nombran mienten
me he visto en fotografías que nunca me hicieron
los que me elogian o me insultan jamás han compartido el pan conmigo
publican su veredicto sin mirarme a los ojos
como el que firma un contrato sin leerlo

yo mismo escribo en un idioma que aún no aprendí
recuerdo ciudades que no he visitado
tengo todavía en los labios el sabor de una mujer que tal vez no me besó

mis dedos aprietan el aire caliente que dejó su piel
como el que abraza el cadáver de un desconocido

Génesis (versión muy libre)

Una mujer y un hombre alumbran
con la luz de sus ojos
el agujero negro de los siglos

un hombre y una mujer pintan
sobre una noche en blanco
la bóveda con sus constelaciones

una mujer y un hombre siembran
el árbol de la ciencia
en el filo desnudo de la sangre

un hombre y una mujer cuentan
en su piel arrugada
las anillas de un tronco milenario

una mujer y un hombre inventan
el nombre de los peces
en el albor de todos los idiomas

un hombre y una mujer bailan
en coro con sus padres
sus hijos y los hijos de sus hijos

Taxidermistas

Somos de fuego y adoramos la ceniza
nos da pavor la quemadura y somos llamas

taxidermistas, traficantes
del ingrato suicidio rutinario
del miedo y la renuncia

embutimos la muerte en las agendas
con estopa de planes y proyectos
mientras la vida pasa y nos invita
a su delirio de molinos
al soberbio festín de las palabras
al aguacero de la música
a los masajes y a los dátiles

guiña un ojo la vida en su columpio
y apartamos la vista

nos da pavor la quemadura y somos llamas


de Juan Antonio Bermúdez