domingo, octubre 17, 2004

el día de la resurrección

Y llegó el día de la resurrección.
Tan doloridos y cansados nos levantamos de la tierra
que casi hubiésemos preferido
quedarnos, amor mío, en las cálidas mortajas.
¡Qué sabor a luciérnagas endrinas
en las negras gargantas de la noche!
Había luces y antorchas,
hogueras a lo largo del campo
y un extraño deambular de almas
perdidas, soñolientas y asustadas.
¿Y dónde está ahora Dios?
decían algunos temblando de frío,
¿para qué se nos ha hecho salir
del dulce sueño de la muerte,
la oscura y apacible maternidad
de este sueño sin escamas?
Vagamos, amor mío, en la noche sin saber
qué hacer ni adónde ir.
Te busqué lentamente
entre aquella muchedumbre
de sombras aturdidas, amor mío,
pero sólo vi extraños cuerpos
y rostros asustados.
Pasaban las horas y el frío crecía,
y crecían también el miedo y la extrañeza.
Dios no aparecía y fue entonces
cuando todos decidimos regresar a la tierra,
a los tibios brazos del sueño del cáncer
y acurrucados al fin en nuestros huesos amarillos
tuvimos, amor mío, la triste certeza
de que alguien, mucho tiempo atrás,
nos había estafado con extrañas promesas.