martes, agosto 10, 2004

peña

La casa ha amanecido este domingo llenita de amigos, amigos adormilados, amigos que se levantan sonriendo recordando todo lo que anoche pasó, algunos ya marcharon y otros abrían los ojos para volver al mundo y volver a regarse por la casa, la casa llena con los escombros de una fiesta que nos dejó dichosamente demolidos hacia dentro y nos dejó incandescentes de química y amor. Esta casa es feliz cuando está llena de gente que ríe, y gente que canta, y gente que bebe, y gente que ama. Esta casa que nunca es triste pero a la que siempre falta algo, esta casa que es como nuestro propio corazón: casi siempre encantado de latir exclusivamente para nosotros mismos pero en realidad pletórico cuando late por los demás. Amaneció y la fiesta seguía y hasta la casa parecía tener resaca, y sus muros y sus ventanas, y sus dormitorios y su cocina, y su jardín y sus arbolitos, todos sonreían recordando las mil y una aventuras que la noche anterior sucedieron en la larga jornada lúdica de la fiesta. Botellas y colillas, vasos de plástico y bolsas de basura. Las virutas de la fiesta, la basurilla del juego.La peña que llenó la casa y llenó nuestras vidas. La peña. Como decían los versos del maestro Porlan:

Ha pasado la noche llevándose la fiesta
tal que una nube leve de tul y de merengue
que la borrasca empuja con hálito implacable.
La hipnótica o narcótica inocencia
se hace dulcemente con la peña
ahora que la luna vuelve a entrar en su hucha
ahora que la aurora de oriente se apodera
y he aquí la mañana la mañana
que llega irresistible
galopando en fulgores y en sirenas
Definitivamente
son distintas las cosas bajo la luz del día.
Corramos los piadosos cortinajes.
Detengamos los rayos inspectores
Reparemos las puertas reventadas
Deshojemos las flores. Y sembremos
sus pétalos sobre estos cuerpos yertos
liberados al fin de todo peso.

Pues el sueño ha llegado con su esponja de nieve.

de Alberto Porlan
(algún día hablaremos del gran Alberto, maestro de maestros)