martes, agosto 17, 2004

gatos

Mi gata ha parido. En un recóndito recoveco de la abandonada parcela vecina, entre hierbajos poderosos y salvajes, ha creado un nido perfecto en el que esconde a sus cachorros. Ni caja preparada con paños limpios y cálidos ni techumbre que los cobije: mi gata prefiere el resguardo felino y selvático de lo agreste y de lo frondoso. Ella sabrá. La naturaleza la ha dotado para la maternidad de mejores recursos que a mí, animal racional incapaz de entender los más elementales impulsos del sabio instinto. La miramos desde casa, en medio de tal exuberancia verdosa de matorrales y flores, y pienso en esos gatitos. Ya que no puedo (ni quiero) plantearme qué mundo hostil y venenoso les vamos a dejar a nuestros hijos, sí me pregunto qué futuro espera a esos gatos.
Hasta no hace mucho, la parte del mundo en donde vivo era una zona tranquila, llena de árboles, carriles encharcados, imperio de la hierba, los pájaros y el campo esplendoroso: un sitio perfecto para los gatos (los que viven en mi casa y que yo llamo míos sabiendo que realmente míos no son, o los cientos de gatos que habitan, con o sin dueño, por este territorio abierto y generoso). Hoy, mientras la gata amamanta a sus crías, aún con los ojos cerrados, ingenuos a lo que ocurre a su alrededor, veo crecer muros y balaustradas, mallas que cercan territorios geométricos y parcelas aplanadas, caen árboles al paso de las excavadoras, máquinas grises y apestosas asfaltan los caminos de tierra, alambradas y perros nerviosos cuadriculan el campo, coches y motos ruidosos trazan estelas de cadáveres (gatos, perros, erizos -algún día os hablaré de los erizos-...) en los arcenes de las carreteras. Y mi gata trae hijos al mundo ajena a tan perverso panorama de civilización y humanidad.
Poderes fácticos del planeta, imparables ejércitos de la destrucción, el capital, el progreso y la especulación, por favor, ablandad vuestros corazones de hormigón, pensad en las generaciones venideras, por favor... ¿qué siniestro mundo van a heredar mis gatitos?